Reencuentro en Montjuïc
Un Raphael reconstituido, más conciso y puro en el Palau Sant Jordi
El cantante de Linares se mostró en plena forma vocal, un año después del linfoma cerebral que sufrió hace un año, en un concierto en el que interpretó con pulcritud canciones de sus seis décadas de carrera, dentro la gira ‘Raphaelísimo’
Raphael, impecable en su regreso a los escenarios con un público completamente entregado en Mérida

Concierto de Raphael en el Palau Sant Jordi / Jordi Otix

Raphael, de nuevo, “con la fuerza de los mares” y “el ímpetu del viento”, ajeno a toda señal de flaqueza, como si nada hubiera ocurrido desde la última vez, ni siquiera un linfoma cerebral de nada que tan solo lo apeó de la carretera por unos meses. No será la primera vez que se crece tras un susto clínico (recordemos la mejora vocal tras su trasplante de hígado de 2003), aunque siempre impresiona esa convicción a prueba de bomba con la que nos dice que su oficio no es de los que se ejercen a medias, sino volcándose en él todos los días y noches.
El de este sábado en el Sant Jordi (formateado para 6.000 personas, cifra de la promotora The Project) fue el Raphael de siempre, como remarcó al cantar ‘Yo sigo siendo aquel’, aunque el concierto fuera algo más acotado en minutaje (una hora y 45 minutos) y algunas canciones pausadas las cantara sentado en una butaca (‘Hablemos del amor’). Da igual, estuvo vocalmente pletórico, modulando incluso los arranques hiperexpresivos tan suyos, más conciso.
Así fue desde que salió atacando ‘La noche’, pimpante y lozano él, con patillas setenteras y una chaqueta con brillos que pronto voló por los aires para dejarle en riguroso uniforme de negro, de ‘chansonnier’ existencialista. La canción francesa está en sus cimientos y a ella dedicó su último álbum, ‘Ayer… aún’ (2024), del que no cantó su tema titular, ‘Hier encore’ (de Charles Aznavour), pero sí hasta cuatro adaptaciones del repertorio de Édith Piaf, con el toque de acordeón en su sitio: primero, de un tirón, ‘Padam padam’, ‘La vida en rosa’ y el ‘Himno al amor’, y más adelante, la argentina ‘Que nadie sepa mi sufrir’ (‘La foule’), a voz y guitarra. Raphael sentido y pulcro, diciendo cada estrofa y acompañándola del repertorio gestual, alzando la mano diestra para sellar el último verso.
Clásicos no habituales
El rey del pentagrama de esta gira ‘Raphaelísimo’ no es otro que Manuel Alejandro, autor de medio repertorio, incluyendo rescates de algunos clásicos no siempre citados, caso de ‘Desde aquel día’. Oportunidad para degustar canciones de una tenue intimidad y tendentes al remolino dramático. Dominó el arreglo sobrio, atento a las versiones originales (sutil y fiel el de ‘Digan lo que digan’) y solo en ‘Yo soy aquel’ entró en acción un trote electrónico presuntamente actualizador, sin mayor trascendencia. Álgidas revisiones de ‘Amor mío’ y ‘Cuando tú no estás’. Raphael no es muy de ‘medleys’, pero sí de adaptaciones abreviadas, su modo de acomodar hasta 26 temas, como observamos en ‘Cierro mis ojos’.
Fue un Raphael resolutivo, que no estuvo para perder el tiempo con parlamentos y que no dio las buenas noches más que para despedirse. Al grano, aprovechando cada minuto y dejando que sus canciones hablaran por él. Su repertorio es gigante y se deslizó hacia el ‘kitsch’ navideño en ‘La canción del tamborilero’ y la dinámica pop en los hitos ‘Ámame’ y ‘Escándalo’. Economizando recursos, filtrando tics, cantó como en sus mejores días y dejó las aguas encrespadas por el maremoto final de ‘Como yo te amo’, confirmando de nuevo que, tras un percance de salud, no sale un Raphael devaluado sino más puro.
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