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Crítica de 'Avatar: Fuego y ceniza': James Cameron continúa superándose tecnológicamente, pero el relato es repetitivo
Lo que ha ganado en aparato tecnológico, Cameron lo ha perdido como narrador y esta nueva entrega no aporta nada relevante
James Cameron: "‘Avatar’ es una plegaria; o acabamos con nuestros hábitos con el planeta, o ellos acabarán con nosotros"

Una imagen de la película / EPC

'Avatar: Fuego y ceniza'
Dirección: James Cameron
Intérpretes: Sam Worthington, Zoe Saldaña, Stephen Lang
Estreno: 19/12/2025
★★★
La tercera entrega de la saga 'Avatar', algo así como el proyecto de vida de James Cameron –tiene prevista estrenar una cuarta en 2029 y la quinta en 2031– es tecnológicamente insuperable. En cuestiones de avances del CGI, nadie ha obtenido tantos logros como Cameron: la segunda parte de 'Terminator', realizada en 1991, es hoy, en cuanto a efectos especiales, tan moderna como lo era hace más de tres décadas.
Pero lo que ha ganado en aparato tecnológico, lo ha perdido como narrador. 'Avatar: Fuego y ceniza' no aporta nada relevante en relación con 'Avatar: El sentido del agua', el segundo filme. Es a nivel estructural casi idéntico, tiene débiles líneas argumentales, repite similares esquemas –la rebeldía adolescente del hijo Lo’ak, las cuestiones cósmicas de la hija Kiri– y se reduce a una sucesión de secuencias de acción por tierra, mar y aire que no compensan los 195 minutos que dura el filme, los mismos que el segundo y 35 menos que el primero, el más logrado de todos por la presentación del mundo de los avatares y por la condensación de los hechos narrados.
Volvemos a presenciar los peñascos flotantes que recuerdan tanto a las ilustraciones de Roger Dean para discos de rock sinfónico. Las armaduras inteligentes que llevan los militares humanos siguen evocando a la que utilizaba Sigourney Weaver en 'Aliens', la contribución de Cameron a otra rentable franquicia. Aumenta la relación con el género wéstern, las películas de seminolas y mohicanos y escenas como las del descubrimiento de las armas de fuego por parte de los Na’vi, tan parecida a la de cualquier película del Oeste con los apaches o los sioux descubriendo el poder de los rifles de repetición.
El joven Lo’ak sigue en duelo por la pérdida de su hermano, y eso le hace estar enemistado con todo el mundo, y los jóvenes entre ellos se llaman ‘bro’, como los de cualquier ciudad contemporánea. Cameron apela a universos fantasiosos pero quiere mantener un pie en la realidad. Hay algunas frases ideológicamente curiosas, como cuando Jack Sully impone su criterio y asegura que estos es una familia, no una democracia.
Visualmente es muy poderosa: las naves flotantes de los mercaderes o la matanza de los 'tulkuns¡ (los cetáceos inteligentes). Y nadie es capaz de extraer tanto partido al 3D y que la imagen sea siempre tan nítida. Es más una experiencia inmersiva que una película. Quizá sea eso lo que pretenda Cameron, quien ha hipotecado buena parte de lo que le queda de carrera para seguir desarrollando tecnología punta con la excusa de las guerras entre humanos codiciosos y avatares humanistas.
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