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Estreno teatral

Crítica de 'Ai! La misèria ens farà feliços': el teatro del futuro mira al pasado

Gabriel Calderón vuelve al Teatre Lliure con una comedia distópica de ritmo vertiginoso y un reparto de lujo: Pere Arquillué, Daniela Brown, Joan Carreras y Laura Conejero.

El equipo de 'Ai! La misèria ens farà feliços'

El equipo de 'Ai! La misèria ens farà feliços' / Martí E. Berenguer / ACN

Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

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Carambolas del mundillo teatral, el uruguayo Gabriel Calderón fue el primer autor que llevó el catalán hasta el Festival de Aviñón con 'Història d’un senglar (o alguna cosa de Ricard)'. Se refuerza su vinculación con nuestra escena gracias a la nueva apuesta fuerte de Temporada Alta y el Teatre Lliure. Con la traducción de Joan Sellent, 'Ai! La misèria ens farà feliços' explota como una trepidante comedia de estructura compleja, más corrosiva y audaz que su predecesora en su radiografía contemporánea, y quizá por eso algo más dispersa en su puntería. En el centro de la diana se vuelve a situar el lenguaje escénico, una reflexión sobre el propio dispositivo que abunda en nuestros días: el teatro se mira el ombligo.

El argumento plantea un horizonte poshumanista, futuro distópico, puede que no tan lejano, con las personas regulando químicamente sus emociones como si fueran engranajes. En ese contexto, un último grupo de actores desplazados por robots vive confinado en un sótano, teatrillo, casi un zulo donde siguen encendiendo y apagando las máquinas que han ocupado su lugar. Desde allá, Calderón -que también dirige- arma un juego metateatral que convoca un enjambre de referencias. Por ejemplo, el Beckett más metafísico con personajes-clown que esperan a un Godot que sustituya la obsolescencia de sus cuerpos. El absurdo tiene también tintes kafkianos por su sinsentido burocrático, y lo atraviesa un frenético humor antisistema que podría haber desatado el Dario Fo más acelerado.

Para compensar tanta profecía apocalíptica, la tradición se viste de utopía. El retrovisor apunta al Siglo de Oro, al verso castellano que declaman los personajes en sus monólogos evocadores de tiempos mejores. Remite el título a 'La vida es sueño' ("¡Ay, mísero de mí!"), guiños al otro Calderón con 'El gran teatro del mundo' reimaginado como lucha de clases tecnológica. Porque, más allá de la mecánica, son los intérpretes de carne y hueso los grandes homenajeados. Un regalo en forma de texto para que Joan Carreras se luzca disparado de energía, la versión más hilarante de su impagable dominio físico; o para que Pere Arquillué contraste la potencia máxima del amaneramiento con su más que afinado instrumento vocal. Por su parte, Laura Conejero combina histrionismo y precisión en un reto interpretativo electrizante. Ante tanta bestia actoral llevada al límite, Daniela Brown alcanza el nivel para marcar el contrapunto y aterrizar el ritmo desbocado. Con esa velocidad apabullante la comedia se precipita hacia una conclusión algo tumultuosa, confusa incluso. ¿Quién se salva? Le tendremos que preguntar al ChatGPT.

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