Opinión | La caja de resonancia
Eurovisión, ese festival tan frívolo que es una cuestión de estado
Es la primera vez que la participación de Israel genera un repudio no procedente de países árabes sino europeos, y el historial global de desencuentros políticos nos recuerda que el concurso de canciones tiene más trascendencia extramusical de lo que parece

Bandera de Israel en Eurovisión 2025 / DPA vía Europa Press / DPA vía Europa Press
Campos de cultivo convertidos en “tierras quemadas con napalm”, campings para turistas que han sido “arrasados” y son ahora “campos de refugiados”. De eso hablaba la canción que Grecia presentó a Eurovisión en 1976 (‘Panaghia mou, panaghia mou’, traducible como ‘Virgen María, virgen María’ y que cantó con sentimiento Mariza Koch). Cuando en Turquía la escucharon, procedieron a retirarse del festival al vislumbrar ahí un señalamiento directo por su ocupación del norte de Chipre. Devolvían así la pelota del año anterior, cuando Grecia se ausentó del festival en protesta por la admisión de Turquía.
Tuvieron que pasar unos años, hasta 1980, para que Grecia y Turquía dejaran atrás los vetos recíprocos. El festival acogió entonces por primera vez a Marruecos, que se avino a participar porque Israel, estado con el que no mantenía relaciones diplomáticas, había cursado baja en aquella edición (la fecha del certamen caía en el Día del Recuerdo). Recordemos que la UER tiene como miembros activos a las televisiones de 56 países, no todos europeos: también las de Argelia, Túnez, Libia, Egipto, Jordania y Líbano.
Podrían participar todos los años si quisieran, pero no lo hacen, en buena parte, porque está Israel. A eso se atribuye la retirada de Túnez en 1977 pese a haberse inscrito para estrenarse en el festival. Y la del Líbano en 2005, después de un tira y afloja con la UER: la legislación del país prohíbe la difusión de la canción israelí. Televisiones como la libanesa o la jordana han privado a sus espectadores de conocer hitos israelíes como ‘A-ba-ni-bi’ (Itzhar Cohen & Alphabeta, 1978) o ‘Diva’ (Dana International, 1998), emitiendo anuncios o fondos neutros de flores cuando eran interpretados. No es nuevo que la presencia de Israel genere boicots, aunque siempre se habían circunscrito a las filas árabes. El repudio, ahora, por parte de cuatro países europeos (España, Países Bajos, Irlanda y Eslovenia), sí que es una novedad llamativa.
La política ha generado otras retiradas: la de Austria en 1969, la edición celebrada en Madrid, como rechazo al franquismo; la de Georgia en 2009 porque la UER no admitió la canción ‘We don’t wanna put in’ (título que pronunciado se parece bastante a ‘No queremos a Putin’); la de Armenia en 2012, organizada por Azerbaiyán, con el conflicto de Nagorno-Karabaj de por medio. Y todo ello demuestra una y otra vez que el festival generalmente percibido como el más frívolo de universo es, al fin y al cabo, el más serio, una cuestión de estado.
Suscríbete para seguir leyendo
- Julio Iglesias, en directo: última hora de la denuncia por abuso sexual, reacciones y su relación con Vaitiare, Miranda y otras mujeres
- Morti: 'He intentado siempre alejarme de la industria y de la ‘no música’, pero a veces el peaje es muy alto
- Jordi Évole: 'Creo que fue injusto lo que se hizo con Iñaki Urdangarin
- Fito y Fitipaldis, valores seguros y calor familiar en el Palau Sant Jordi
- Globos de Oro 2026: Los mejores vestidos de la alfombra roja, de Amanda Seyfried a Teyana Taylor, Jennifer Lawrence y Ariana Grande
- Telecinco, una cadena en crisis que sigue sin saber reinventarse: 'Su fórmula está muy apalancada
- Dónde ver 'Los Domingos Sirat Maspalomas' y el resto de películas nominadas a los Premios Goya 2026
- Las siete esferas' intrigan en Netflix: los misterios y giros de Agatha Christie, en la mirada del creador de 'Broadchurch
