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Crónica

El doliente Orfeo de Bartoli ilumina el Palau

La mezzosoprano romana regresó al auditorio modernista como protagonista de la obra de Gluck en una versión semiescenificada que fue ovacionada

El doliente Orfeo de Bartoli ilumina el Palau

El doliente Orfeo de Bartoli ilumina el Palau

Pablo Meléndez-Haddad

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Con Gluck llegó el escándalo. Y su ‘Orfeo ed Euridice’ (1762) fue uno de los objetos arrojadizos que el compositor esgrimió para su reforma, plantando cara a lo que se había convertido el bel canto barroco, que hacía del ornamento la columna central de su discurso. Florituras, trinos, escalas, sobreagudos y todo lo que permitía el lucimiento del cantante, más virtuoso más cobraba, reinaba en el teatro musical, mientras que la música pura y, sobre todo, el libreto habían pasado a un discreto segundo plano. Gluck no estaba de acuerdo con esa dictadura y, junto con su libretista de cabecera, Raniero de’ Calzabigi, apostó por limpiar la partitura de excesos ornamentales para poner en el centro del interés la trama, el texto, la acción. Contra viento y marea, su ‘Orfeo ed Euridice’, obra maestra de la ópera seria italiana, es reflejo de los primeros pasos reformistas, aunque el compositor realizó igualmente una versión para el público italiano accediendo a algunas concesiones en su estreno en Parma en 1769, que es la que ha ofrecido la mezzosoprano Cecilia Bartoli en esta velada ante el público fiel que acudió a escucharla en el Palau de la Música Catalana.

En una versión de concierto con una mínima escenificación, aunque ensayada al dedillo, y sobre la base de movimientos bien planteados, vestuario adecuado y efectos de iluminación, Bartoli dibujó un Orfeo doliente, expresivo y también florido, sí, pero no tanto como acostumbra a ornamentar la mezzo romana sus arias de bravura, esta vez más centrada en un fraseo generoso, luciendo control de fiato y una proyección considerable. De menos a más, su canto estuvo coronado por pianísimos efectivos y la voz sonó penalizada por un vibrato algo incómodo en las primeras escenas.

La soprano Mélissa Petit asumió los roles de Euridice y de Amor con dominio, hermoso timbre y capacidad dramática. Ambas estuvieron muy bien acompañadas por el espléndido y bien preparado coro Il Canto di Orfeo y por la orquesta Les Musiciens du Prince-Monaco, conformada por auténticos virtuosos (como el genial flautista Jean-Marc Goujon o el oboe mágico de Pier Luigi Fabretti), todos al mando de Gianluca Capuano, director sabio, detallista y empático con las solistas, que optó por mantener la obra en su práctica integridad, ballets incluidos y sin ‘happy end’.

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