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Opinión | QUEMAR DESPUÉS DE LEER

Los hermanos Strugatski, maestros de un (siniestro) absurdo imparable

Se reedita 'Pícnic extraterrestre' (Sexto Piso), la novela en la que se basó Andréi Tarkovski para dar forma a su clásico 'Stalker', cuya premisa —la posibilidad de que los marcianos vinieran a la Tierra a simplemente hacer un pícnic— se vuelve por momentos siniestra desdibujando la misma idea de en lo que consiste ser humano

Los hermanos Strugatski.

Los hermanos Strugatski. / LAURA MONSORIU

He aquí algo que ocurre con la literatura rusa. Está siempre, de alguna forma, tratando de reírse del mundo. Como si todo a su alrededor fuese un gran absurdo. ¿Y no lo es, en realidad? Un absurdo extendido, global, imparable. Dice el poco conocido escritor Gabe Rotter —autor de únicamente dos novelas, y un puñado de capítulos de 'Expediente X' en este siglo, es decir, de sus última y penúltima (posmodernas) temporadas— que a menudo es el absurdo lo que nos lleva a escribir. Al menos, en su caso. Les hablo de Rotter (Long Island, 47 años) porque acaba de estrenarse 'La bestia en mí' (Netflix), la primera serie que crea —como escritor— y en la que el absurdo se tiñe instantáneamente de un algo siniestro que no deja de crecer. Como ocurre en, por ejemplo, 'Crimen y castigo'.

¿Hay un crimen? Lo ha habido, supuestamente. La cosa es que el pulso con el que Rotter trabaja, con el que construye el personaje de la protagonista, una escritora —sí, las escritoras están de moda entre los personajes de televisión, fíjense si no en Rhea Seehorn en 'Pluribus', la nueva serie del también ex 'Expediente X' Vince Gilligan, es una autora superventas pasando por el peor momento posible de su historia y de la historia de la humanidad al completo—, convierte cada ridículo paso que su vecino da en su dirección en algo amenazante. Sus incontrolables perros, su 'stepford wife' —o mujer perfecta—, su proyecto de asfaltar parte del bosque para, simplemente, correr sobre cemento. Todo invade su territorio porque ella, la escritora, cree que él puede ser un asesino.

Lo interesante de esta premisa no es que Aggie Wiggs (una Claire Danes agobiadísima y malcarada), la escritora solitaria —vive sola con un caniche monísimo— contemple muy en serio la posibilidad de que su vecino, un tal Nile Jarvis (el aquí algo Matthew Rhys), sea una culpable estrella del 'true crime' —una especie de O. J. Simpson contemporáneo, alguien de quien se dice que pudo hacer desaparecer a su mujer—, es decir, que efectivamente sea un asesino que nadie está encarcelando, sino que todo lo que ocurre, ocurre en su cabeza. Como en una novela de Shirley Jackson en la que los fantasmas son, por una vez, reales. Wiggs, además, es una escritora en el dique seco —hay un éxito en el pasado, nada más—, que atraviesa un duelo bestial.

Cuando Andréi Tarkovski adaptó el aparentemente desopilante —y, sin embargo, siniestro a cada paso— 'Pícnic extraterrestre' de los hermanos Strugatski —cuyo guion firmaron los mismísimo Boris y Arkadi, es decir, los famosos hermanos—, éste se convirtió en una profundísima reflexión sobre la manera en que la vida queda dividida en dos después de una tragedia —o el paso por algún tipo de infierno—, y cómo 'La Zona', que en la novela es simplemente el sitio en el que los extraterrestres han dejado los desperdicios de un hipotético pícnic, es capaz de desdibujarte mientras la atraviesas, y transformarte en eso que has sido o que podrías llegar a ser, o eso que también eres. Tarkovsky convirtió en una especie de turismo existencial el trabajo de Red, Redrick Schuhart, 'stalker'.

En la novela de los hermanos Strugatski, cuyo pasado daría para otra novela, una de terror —Arkadi, nueve años mayor que Borís, escapó al asedio de Leningrado con el padre, y se alistó en el ejército en cuanto estuvo lejos de la ciudad, después de que su padre muriera durante la huida; Borís se quedó en Leningrado con su madre, porque estaba siempre enfermo y temían que no sobreviviera al viaje—, los 'stalkers' son tipos que arriesgan su vida adentrándose en la Zona fuera del horario oficial para robar artefactos alienígenas que después venden en el mercado negro. Son tipos que saben cómo funciona la cosa. Red Schuhart, en concreto, es técnico de laboratorio en el Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres. Es consciente de las consecuencias.

Genios de la ciencia ficción mundial nunca lo suficientemente reivindicados precisamente por su aparente relación con lo humorístico —todo lo que hicieron parte, como todo lo que hizo Kurt Vonnegut y probablemente con la misma razón: nada tiene sentido cuando has sido víctima del sistema que supuestamente te protegía, o al que tú protegías, ¿de qué lado puedes estar cuando los lados desaparecen? ¡De ninguno, estás fuera, para siempre!—, los hermanos Strugatski utilizan lo fantástico para reflexionar sobre en lo que consiste ser humano desde una ficción filosófico fascinante —y muy muy divertida, y a la vez, aterradora— que hoy, de alguna forma, en pequeñas dosis —no se fijen tanto en Rotter como en Alexandra Kleeman— está por todas partes.

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