Estreno en el Temporada Alta
Liddell remueve a los espectadores y provoca algún desmayo en el Teatre de Salt con 'Seppuku'
'Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir' ofrecido a las 5:45 de la madrugada fue despedido con aplausos ante un público entregado
Belleza, poesía y muerte se mezclan en un montaje que incluye extracciones de sangre en escena que causaron algunas deserciones entre el público

Un momento de 'Sepukku. El funeral de Mishima o el placer de morir' / Ximena y Sergio

Algunos considerarán una locura levantarse de noche con el fin de acudir al estreno mundial del nuevo espectáculo de Angelica Liddell 'Seppuku. El funeral de Mishima o el placer de morir'. Pero para sus fans valió la pena estar puntualmente en el Teatre de Salt (Girona) a las 5:45 de la madrugada para asistir al estreno mundial de esta pieza con la que Liddell, premiada sacerdotisa del teatro contemporáneo, ha culminado su trilogía sobre funerales. Tras escenificar el suyo en 'Vudú' y dedicarle a Ingmar Bergman el segundo, ha centrado su última propuesta en Yukio Mishima (1925-1970), escritor japonés que se quitó la vida a los 45 años, autor de novelas, obras de teatro y ensayo que también hizo incursiones en el cine, la música, el culturismo y las artes marciales.
"Estoy al borde del Stendhal, como que me voy a desmayar", decía David, un barcelonés de 32 años que había conectado con el espectáculo. Él y sus amigos se habían ido de fiesta toda la noche para empalmar con el espectáculo del Temporada Alta y no pagar hotel. A la salida, ninguno se arrepentía. "Ha sido hermosísimo. Y me ha encantado todo lo que ha ocurrido en el teatro. El arte no es marketing, no es Rosalía. El arte traspasa y provoca que alguien se pueda desmayar como hemos visto". Lidell, autora, actriz y directora de sus espectáculos te remueve por dentro. Pero, realmente ¿Hacía falta ver la obra a las 5:45 de la mañana?. La sensación es que no pero nadie se arrepentía de haber madrugado para asisitir a una experiencia tan singular y potente como su creadora.
Rojo y blanco
En una escenografía de estilo japonés, dominada por el rojo de la sangre y la pureza del blanco, Liddell ofició un espectáculo que concluyó a las 7:45 coincidiendo con la hora de la salida del sol. Ese es el momento elegido por los samuráis que se quitaban la vida con honor, un suicidio conocido con el nombre de seppuku o harakiri en japonés. Esa forma de aniquilación fue la elegida por Mishima el 25 de noviembre de 1970. Precisamente esa imagen poetizada es la que abre un espectáculo que sorprende tanto por la belleza estética como por el mensaje. El bailarín Ichiro Sugae de larga cabellera y el actor Kazan Tachimoto escenificaron un 'seppuku' sensual en la primera parte mientras Liddell recordaba una frase de Mishima: "Quiero hacer de mi vida un poema". La poesía estuvo presente en toda función, a veces con palabras, otras con imágenes proyectadas o creadas en vivo mediante cuerpos desnudos o casi.

Un momento de 'Sepukku. El funeral de Mishima o el placer de morir'. / Ximena y Sergio
La muerte y el suicidio planeó en todo el espectáculo. Liddell fantaseó con el suyo mostrando imágenes del mismo: ahorcada en su casa totalmente desnuda y con las bragas bajadas. Su reivindicación de una muerte libre tuvo momentos de diferente calado. Más sexuales algunos, provocadores o sugerentes otros. Fue impactante ver como Liddell, desnuda, se iba poniendo ropa de personas que habían fallecido, algunas de ella suicidándose. Con su vestimenta cubriénola les iba recordando uno a uno, lo que fueron y cómo murieron antes de dedicarles unos versos creados en su honor.
La música a veces contribuyó a generar el clima. Sonaron desde bellos pasajes clásicos a pop y música nipona. Las sensuales coreografías de los intérpretes japoneses se contrapusieron a la fuerza de la palabra, combinando pasajes de libros de Mishima leídos en japonés y castellano, y una breve representación inspirada en el teatro Noh de 'Hagoromo' ('La túnica de plumas'), un título del siglo XIV. La vida y la muerte se entrecruzaban en una escena donde Liddell invocó la figura de sus padres mediante el humo de sus cenizas en pequeños cuencos.
Sangre de verdad
En una escena, tanto ella como Tachimoto se dejaron extraer sangre en escena, con la mala suerte de que a él no le encontraron la vena a la primera y hubo que pinchar el otro brazo y a ella no se le cerró bien la herida. Su sangre después era utilizada para pintar y esparcida finalmente sobre un paño blanco. Dos personas de la sala tuvieron que salir de la sala perturbadas o mareadas, otros estuvieron a punto pero aguantaron. Valió la pena quedarse.
Sinceridad, belleza, sensualidad y muerte se combinaron en un discurso no exento de humor en la parte final de su atrevida propuesta donde, como si fuera una metralleta, Liddell vomitaba palabras invocando "el fin de la vida" y "el delirio como disciplina". Mishima temía la decrepitud de la vejez y amaba la belleza quizá por eso salió a escena el musculado cuerpo de Alberto Alonso Martínez, campeón de halterofilia. Y más tarde, en el altar que montó con una foto de Mishima y sus libros, aparecieron varios jóvenes con el torso desnudo y tejanos con los que se puso a bailar Liddell. La vida y la muerte están conectados siempre.
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