Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Teatro

Crítica de 'La corona d'espines' (TNC): Albertí convierte a Sagarra en una pieza de museo

Un momento de la obra 'La corona d'espines' en el TNC.

Un momento de la obra 'La corona d'espines' en el TNC. / David Ruano / TNC

Manuel Pérez i Muñoz

Manuel Pérez i Muñoz

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Xavier Albertí hace tiempo que pregona -no sin razón- que Catalunya necesita una compañía estable de teatro clásico, una institución para poner en valor nuestro patrimonio escénico común siempre tan denostado. Bajo la influencia de sus años en la madrileña Compañía Nacional de Teatro Clásico, su retorno a la Sala Gran del TNC que dirigió durante ocho años funciona también como un ensayo de lo que podría dar de sí este proyecto. ¿Quién mejor que Josep Maria de Sagarra para sacar a pasear la infinita plasticidad de la lengua y la plena vigencia de nuestro repertorio más audaz?

'La corona d’espines' es Sagarra del bueno, el anterior a la Guerra Civil, antes de que su adaptación pragmática al franquismo le truncara la estela. Estrenada en 1930, ejemplifica esa rara mezcla suya de cosmopolita y conservador con tufillo de beatería. Estamos ante todo un poema dramático en tres actos, con su trama arquetípica: matrimonio de conveniencia entre el noble y la pubilla en la Solsona del XVIII, con malos, buenos, secretos inconfesables y la moralina. Hay más capas, por suerte, y los ecos de la Revolución Francesa presentes en el argumento vibran acordados con el clima de euforia del contexto de su estreno, con la II República en el horizonte. El sonoro latigazo a la nobleza rancia no tiene desperdicio.

Fluye el verso con gran naturalidad, una celebración sonora de ritmo y palabras centelleantes. Manda el texto por encima de todo, y por eso la dirección impone a los intérpretes un estatismo declamatorio poco orgánico. Se huye del folclore típico del drama rural para caer en los brazos de una ambientación afrancesada que encuentra su espejo en las piezas cortesanas de Marivaux. La escenografía es monumental, aunque también monótona y críptica si no llegamos a descifrar el paisaje clasicista de Lorrain que adorna el palacio, referencia a Moisés con cierta conexión con el protagonista. Con todo su lujo culto, el montaje de Albertí encierra a Sagarra en lo museístico, sin casi aliento de contemporaneidad. ¿Es lo que necesita una pieza que lleva tres décadas apartada de los escenarios oficiales?

Dotados de entereza y aplomo, los personajes femeninos contrastan con sus antagonistas masculinos, se impone un candor feminista muy paternal. Aun así, hay espacio para que Àngels Gonyalons dispare la función con una ráfaga de emociones y contención que hechiza el escenario. Otro lujo, su regreso a la primera línea. Sin casi margen, el resto del reparto acusa la rigidez de la propuesta interpretativa, cediendo el protagonismo al texto casi en crudo. Porque, dudas aparte, estamos ante un festín que hace brillar nuestro patrimonio, que es el que es y además es bueno.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS