Maria Hein, ángel, samurái y pitonisa en la presentación de ‘Katana’ en Apolo
La cantante mallorquina escenificó su crecimiento artístico en un concierto en el que contó con un trío instrumental y dos bailarinas, así como Mushka como invitada especial

La mallorquina Maria Hein en la sala Apolo / Zowy Voeten

Después de un par de álbumes de tránsito de la música acústica de raíz al pop y la electrónica, Maria Hein hila más fino en la consolidación de una identidad propia en su tercer álbum, ‘Katana’. Título afilado que nos dice por donde van los tiros: la mallorquina es ahora la angelical muchacha que te amenaza con la espada japonesa tal como Uma Thurman en ‘Kill Bill’, endureciendo su imaginario y desplegando una vaporosa nocturnidad urbana sin dejar atrás el pellizco del melisma mediterráneo.
Hay una tenue oscuridad en lo suyo, que en directo, este jueves en La 2 de Apolo (ciclo Cruïlla de Tardor), cristalizó en un sugerente cruce de pistas: cadencias orgánicas con derivadas latinas y trompeta cool jazz, banda de músicos (tres, incluyendo un sólido baterista) y pareja de bailarines, vistas al Japón y poso tradicional mallorquín. Buenas canciones, como la que da título al disco, donde deslizó una de sus líneas amenazantes: “Cada lluita que he guanyada / una katana et clavava”. O ‘Nana’, que sonó con un nuevo vuelo en su acelerado tramo final, o en la oriental y trepidante ‘Geisha’.
El sustento instrumental dio más consistencia a las frágiles piezas del primer álbum, como ‘Sa teva presència’ o ‘Aquell mes de març’, donde Hein se sentó al teclado. Su voz marcó una distinción en los números más pop, como los rescatados ‘Fiu fiu’ y ‘Fets de film’ (con más guitarra que láminas de sintetizador) y destacó más si cabe, por contraste, en el dueto con Mushka, invitada en ‘Temps’. Pero en Hein hay muchas capas y perfiles, como vimos en ese tramo central más recogido, que culminó con los giros de ‘Katanas i pianos’.

La mallorquina Maria Hein en la sala Apolo / Zowy Voeten / EPC
Invocando la Sibil·la
Ella hunde raíces y explora profundidades y misterios. Ahí estuvo su incursión (reducida) en el ‘Cant de la Sibil·la’, esa pieza de origen medieval, patrimonio de la Unesco, sobre “una mujer poderosa que anuncia el fin del mundo”, y que, según confesó, está en el origen de su dedicación a la música. La cantó con el sustento de un viejo cómplice, el guitarrista Camil Arcarazo. Abismos místicos que condujeron a un tramo “más ‘dark’”, anunció, con esas ‘Nonadas’ de empuje filo-rock.
Las canciones de Maria Hein son cortas (interpretó 27 en 80 minutos) y a través de ellas pasamos por muchos paisajes, de la inocencia melódica a la insinuación de la tiniebla, de la ley del ritmo a las cimas armónicas celestiales: ‘De nit’, elevada por la intervención de un cuarteto vocal. Afloró ahí su registro más telúrico, ese suave melisma que la conectó con Maria del Mar Bonet en su adaptación de ‘Alenar’, con sus tres puertas “obertes a tots els temps” (y no “vents”, como dice la versión original), camino de ‘La dama de Mallorca’, composiciones con historia para una cantante de 22 años que funde su misión ultramoderna con la carga de un peso antiguo.
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