Palau de la Música
El coloso del piano cubano, o Mozart fumándose un habano
Chucho Valdés presentó en Barcelona “Cuba & Beyond”, flamante ganador del Grammy Latino

Chucho Valdés durante un concierto en el Parc del Forum. / FERRAN SENDRA / EPC

“Vamos a pasarlo bien”, dijo Valdés antes de arrancar el recital en el Palau de la Música el viernes por la noche. El día antes, mientras tocaba en Girona, se enteró de que le habían concedido el Latin Grammy al mejor álbum de jazz latino por su disco 'Cuba & Beyond', el disco que le traía de vuelta al Festival de Jazz de Barcelona. Así que el concierto en el Palau era el de la celebración. Pero “pasarlo bien” es el lema de Chucho Valdés, con Grammy o sin él. Su categoría como pianista y su sentido del espectáculo han ido siempre de la mano. Para el coloso del piano afrocubano, un buen concierto tiene que ser una fiesta. Si no, falta algo.
Sin ritmo no hay fiesta. Y el ritmo es la mejor baza de su banda actual, el Royal Quartet. Un bajo potente, un percusionista que es como varios metrónomos a la vez y el batería al que veneran los baterías del jazz latino, el abracadabrante Horacio “el Negro Hernández”. Con ese motor, Valdés puede sacar todos sus ases. Son los mismos que aparecen en cada concierto suyo de un tiempo a esta parte. Valdés, fundador de Irakere, en su día fraguador de aleaciones insólitas -mezcló como nadie lo clásico con lo cubano y las músicas negras norteamericanas- es un innovador que ya no necesita inventar la rueda, sinó que ahora disfruta haciéndola rodar. Que no es poco. El primer empujón lo dió 'Rumbón', sinónimo de fiesta cubana, con batería y percusión multiplicándose como si fueran un grupo de tambores y Valdés citando de pasada el 'Cheek to cheek' que hicieron famoso Ella Fitzgerald y Louis Armstrong: 'Cuba & Beyond', 'Cuba y más allá', es el título de su disco, pero también es una declaración de principios.
Cuando Chucho Valdés mira hacia sus raíces es cuando más emotiva se hace su música. Y 'El punto cubano', una pieza hecha a partir de los cantos de los campesinos de su tierra, trajo pausa y espacio. Y con la percusión a medio gas, permitió disfrutar del delicado concertista que hay dentro de Valdés. De normal, sus dedos vuelan como manos sobre los tambores, pero por un rato fueron más bien las voces de una orquesta de cuerdas. Fue casi el único respiro que le dió Valdés a su máquina de ritmo en toda la noche. Le dedicó a su mujer un tango pasado por Cuba y los Estados Unidos, se acordó de otro pianista inagotable, Chick Corea, y jugó con la idea de un Mozart en pantalón corto en una playa el Caribe, “fúmandose un habano, con una mulatona que lo mete en el agua y lo baña. ¡Ahí se acaban todas las sinfonías!”. La imagen es de trazo grueso, pero la música era mucho mejor: la pequeña serenata nocturna de Mozart trenzada con sabor, y de propina, un guiño al jazz cubista Thelonious Monk. Lo culto y lo popular, todo en un feliz ovillo.
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