Literatura
Enrique Murillo, editor: "El libro ya no es para leer, es para regalar. Nadie leyó el Planeta de Sonsoles Ónega"
Enrique Murillo, el francotirador de la edición: "La industria editorial está en un momento crítico"

Enrique Murillo, editor de editores / Jesús Marimón
Enrique Murillo (Barcelona, 1944) es tal vez el editor más importante de la transición, con escalas en Plaza&Janés, Planeta, Alfaguara, Anagrama o Los libros del lince. En Personaje secundario ha tomado la palabra para acometer un repaso desprejuiciado de su profesión. El próximo jueves presenta este volumen de memorias en Llibres Ramon Llull.
Para que se haga cargo del tipo de entrevista: "¿Los libros aún importan?".
Por fortuna, pero cada vez menos. Se fomenta una industria editorial, que en diciembre arrojará mil quinientas novedades sobre los pobres libreros.
Habla de industria, no de arte.
Utilizo el término a plena conciencia. La artesanía editorial se ha industrializado, de agentes a editores. Los empleados de una cadena de librerías llevan delantales, como si fueran zapateros.
¿Cuál es el desenlace industrializador?
El libro pierde importancia para leer y pensar, hasta convertirse en un objeto para regalo. Por ejemplo, se obsequian miles de ejemplares que nadie leyó del Planeta de hace dos años, concedido a Sonsoles Ónega que creo que es presentadora de televisión.
En España se presume de leer, no se lee.
Es lo más gracioso, las maravillosas encuestas del ministerio de Cultura donde se pregunta «¿es usted un lector frecuente?» y sale un sesenta por ciento pese a que no suben las ventas. Indago en la letra pequeña como el periodista que fui, y resulta que se llama lectores frecuentes a quienes leen un libro cada tres meses.
¿‘Personaje secundario’ va de un duelo entre Enrique Murillo y Jorge Herralde?
En absoluto, intento ser preciso y mido mis palabras. Aprendí cosas con Herralde, pero conozco sus limitaciones. Quizás es el mejor publisher europeo, en cuanto hombre de negocios, pero no es un editor como Carlos Barral.
Usted no hubiera publicado ‘Cien años de soledad’.
Por una razón muy sencilla: porque perseguía la liberación de la pésima tradición del casticismo y el costumbrismo. En cambio, seguro que hubiera publicado Crónica de una muerte anunciada, que fue la puntilla que hundió a la editorial Bruguera.
¿Los traductores son los primeros despedidos por la Inteligencia Artificial?
No todavía, pero en España vamos adelantados en este proceso, hubo que retirar siete mil ejemplares de un título cuando un librero denunció que no se entendía nada. Nadie lo había traducido y nadie corrigió la traducción. Según la IA, yo soy el traductor de Borges, me siento Pierre Menard.
¿Las editoriales mienten sobre los ejemplares que venden?
En Personaje secundario lo digo en pasado, no en presente. Esto era así, tuve en mis manos el listado de Plaza&Janés cuando era propiedad de Bertelsmann, con dos cifras de ventas junto a cada título, una a lápiz y otra a bolígrafo. Y me olvidé de contar la anécdota del director general de una editorial que planteó que «llevo muy poco en este sector. ¿Alguien puede explicarme por qué ganan dinero los escritores, que no hacen nada?».
Ha tenido usted mucho poder.
Ocultamente, sí, sin que se supiera mucho. Tenía influencia y me sorprendió descubrirlo. Si yo le decía a Herralde en Anagrama que Carver no, o que Adelaida García Morales y Rafael Chirbes sí, me hacían caso. En Plaza&Janés también podía invertir el dinero que no tenían, para publicar, por ejemplo, El Rey de José Luis de Vilallonga.
¿Cuál es su libro más vendido?
Contraté el libro del papa más reaccionario de la historia, Karol Wojtyla, y vendió 750 mil ejemplares. También le recomendé La conjura de los necios a Herralde, que vendió más de un millón de libros de esta novela liberadora, que nos descubría tardíamente que la democracia no es el paraíso, sino un régimen moderado y por eso acabamos votando al PSOE. En España tenían que funcionar las virtudes anarquistas de esta defensa de la mala educación.
¿Qué autores merecieron mejor suerte?
Por ejemplo, un mallorquín magnífico que se llama Felipe Hernández. Lo colocamos de finalista del Herralde de novela, y ahora mismo tiene tres novelas traducidas al francés en editoriales de prestigio, pero inéditas en español. Y no es por malditismo o autoexclusión, hoy tienen editores los que no saben escribir.
¿Por qué escribe tan mal el director de la Real Academia?
No lo sé, no lo he leído nunca, solo leo literatura o buen periodismo. Me gustan los países sin Real Academia ni policía del idioma, porque en Inglaterra o Estados Unidos te explican lo que se dice, no lo que se tiene que decir. Todo se fastidió porque los académicos no sabían pronunciar «whisky».
¿Eduardo Mendoza renunció al Nobel?
Mendoza es un caso muy interesante, porque se inventa una forma de escribir sin cumplir con las exigencias para ser un escritor. Desde la caricatura, eleva al cubo la nefasta tradición costumbrista, y así la destroza. Él no hubiera querido ser conocido, de no cruzarse las exigencias de Carmen Balcells.
¿Si le entrego ahora un manuscrito tengo alguna posibilidad?
Depende. Si el manuscrito tiene la mínima dificultad, ninguna posibilidad. Mi ordenador está lleno de novelas nuevas que me envían, y no hay manera.
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