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Reencuentro en Montjuïc

Katy Perry divierte en el Palau Sant Jordi y demuestra que (por ahora) no es un juguete roto

La cantante californiana ofrece entretenimiento pop y un poco de gracioso disparate en la cita barcelonesa de ‘The lifetimes tour’, en una sala con las entradas agotadas, siete años después de su última actuación en la ciudad

Katy Perry en el Palau Sant Jordi este domingo

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Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

Barcelona
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Ya sea porque su base de fans es robusta, o porque había morbo por ver ese ‘show’ tan discutido, lo cierto es que Katy Perry actuó este domingo en el Sant Jordi como si estuviera en la cresta de la ola. Su último álbum, ‘143’, es una obra menor, dicho sea con elegancia, pero su aura de chica risueña, superficial y autoparódica no está tan caducada como parecía, y su ristra de ‘hits’ atrae nuevos admiradores: convocó bastante más público (lleno en la sala, 18.000 personas, según Doctor Music) que en su visita anterior (12.500), hace siete años.

La californiana no somete a sus oyentes a parrafadas confesionales guitarra acústica en mano, ni juega la carta de la vulnerabilidad y el frío que hace allá en la cima, etcétera. Es más frívola que Taylor y que Olivia, sí, y se toma un poco menos en serio. Ofrece entretenimiento, golosinas pop y un poco de disparate escénico. Esta vez la vimos salir propulsada hasta la cima del Sant Jordi (con 36 minutos de retraso) desde el centro de una larga pasarela con forma de ocho, ataviada como una heroína de videojuego. De eso va ‘The lifetimes tour’, de recorrer su trayectoria con esa imaginería cibernética, en torno a un duelo con la maléfica IA. Paradójicamente, Perry utilizó esa tecnología en los montajes de vídeo, pero qué más da.

Por desgracia para ella, la semana pasada Lady Gaga pasó por la ciudad con un espectáculo de otro nivel. Pero lo de Perry, con sus figuras florales gigantes, sus acrobacias, sus travesías aéreas (de un extremo a otro de la pista) y sus coreografías con los bailarines en una jaula elevada con forma de globo terráqueo, fueron simpáticas y ocurrentes. Cuánto más ‘show’, canciones más flojas, caso de ‘Nirvana’, en contraste con temas que se aguantaban por sí solos, como ‘Dark horse’, con su complexión EDM, la pizpireta ‘California gurls’ o un ‘Hot’n’cold’ con trazos AOR.

Perry recordó que la última vez que visitó Barcelona grabó un videoclip (‘I’m his, he’s mine’) y fue a un club gay. Aullidos en la sala, y algunas banderas del arco iris saludando ‘I kissed a girl’, su primer ‘single’ y primer éxito, de 2008. Perry explota su simpatía y se pasó de minutaje cuando procedió a acoger a cinco fans, dialogando con cada uno, en el ‘set’ semiacústico (donde rescató ‘Double rainbow’ y ‘Unconditionally’). El ‘show’ se encalló también con algunos interludios a base de peripecias futuristas. Y en esa pomposa ‘Rise’, con su solo ‘heavy’.

La nueva canción, ‘bandaids’, guitarrera ella, fue en la (sana) línea de pasar página de la era ‘143’, y precedió al ‘rush’ final, en el que Perry volvió a volar (a lomos de un enorme insecto alado en ‘Roar’) y danzar y correr por las pasarelas camino de ‘Firework’. Ser Katy Perry debe ser muy cansado.

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