Opinión | La caja de resonancia
No todos los festivales quieren ser ‘experiencias’
Con un único escenario, un precio que no escala, sin pulseras ‘cashless’ y un cartel tranquilo y selecto, el Feroe Festival, en el Poble Espanyol, nace yendo a contracorriente. ¿Una exquisita muestra para ‘boomers’?

Jóvenes bailando en el Sonar de día de este año. / JORDI OTIX
Admitámoslo: los macrofestivales son disuasorios para los mayores de, ¿50? ¿40? Los propios periodistas que los cubrimos tratamos de sobrellevarlo con deportividad. Las aglomeraciones, las distancias entre escenarios, el aturdimiento y la sobreoferta, cuando a ti solo te interesa un nombre concreto del cartel. Y es, precisamente, un periodista musical, y promotor, Albert Puig, quien ha tenido a bien maquinar un festival que va a contracorriente y que ofrece unos pocos conciertos, muy selectos, en un formato sin estrés.
La aventura se llama Feroe Festival, nombre que alude a esas islas de titularidad danesa, en las que Puig ha descubierto un lugar bonito y sin presión turística. Un sitio que conserva las razones por las cuales vale la pena visitarlo. Principio que aplica ahora a un cartel con nombres ajenos a la nube del ‘clickbait’ y de la conversación en TikTok. En este estreno le ha salido un programa admirable (de la mano de la agencia Houston Party), con seis nombres de prestigio, entre el folk alternativo, el rock con raíces y el pop de autor, que desfilarán el próximo fin de semana por el Poble Espanyol (con su invernadero, a cubierto): The Tallest Man on Earth, The Jayhawks y The Weather Station (el viernes), y Squeeze (¡debut en España después de 50 años!), Nick Lowe & Los Straitjackets y Valerie June (sábado).
La música es hoy muchas cosas y no estamos aquí para juzgar las razones de nadie: tan legítimo es ir a ver a un artista porque le has seguido toda tu vida y conoces sus letras de pe a pa, como hacerlo por curiosidad, para celebrar la vida con los tuyos o porque te parece que debes estar ahí. La última vez que estuve en Roma, la Fontana di Trevi estaba abarrotada y no puedo asegurar si yo acudí a visitarla para apreciar sus perfiles barrocos del siglo XVIII o bien porque sentía que había que ir. Algo así ocurre hoy con la música. Todos podemos ceder ante su constelación de tentaciones, pero un festival como este es oportuno porque pone en el centro otra clase de motivaciones y recupera la revolucionaria idea de que un festival no sea nada más que un festival, y no una ‘experiencia’.
Tiene algo de muestra a la antigua, en realidad. Con un precio que no ha escalado pasadas las semanas, sin pulseras ‘cashless’, un único escenario. ¿Festival para ‘boomers’? “Hay una obsesión por el público joven, pero todos los directores de festivales tenemos más de 50 años”, desliza Albert Puig. Y el público de esa franja podrá estar un poco acomodado, pero no está muerto, ¿verdad? Lo comprobaremos.
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