Quemar después de leer
Descubran qué ocurre cuando es la secretaria la que tiene la aventura, lean a la incorrectísima y genial Agnes Owens
Existen infinidad de novelas dedicadas a la insatisfacción del oficinista, y a su necesidad, siempre imperiosa, de buscar una salida lujuriosa en horas de trabajo, piensen en 'El demonio', de Hubert Selby Jr., pero pocas como la recién recuperada 'Una madre trabajadora', que transforma al objeto del deseo en sujeto que desea

La autora escocesa Agnes Owens / LAURA MONSORIU

Tal vez recuerden a Andy Kaufman. El cómico al que interpretó Jim Carrey en 'Man on the Moon', la película de Miloš Forman. Courtney Love interpretaba a su novia. Courtney Love apareció en otra película de Miloš Forman, 'El escándalo de Larry Flint'. También hacía de consorte, pero en aquel caso estuvo nominada al Globo de Oro. No olviden que Courtney Love fue la primera en hablar de lo que pasaba cuando Harvey Weinstein te invitaba a su habitación, y también de que fue la primera que le dio calabazas y se rió de él. En esa época, finales de los 90. También es la razón de que no volviese a actuar. Pero ¿acaso alguien se acuerda de ello? ¿Quién se ha tomado en serio a Courtney Love alguna vez? Ahora vive en Londres, y tiene una colección de perros pomerania.
Pero, decía, tal vez recuerden a Andy Kaufman. Lo que tal vez no recuerden es cuál fue su libro favorito. Es un libro extraño, pero también es uno de mis favoritos. Se titula 'El demonio', y su autor es Hubert Selby Jr., más famoso por ser el autor de 'Última salida para Brooklyn' y 'Réquiem por un sueño', y por haber vivido con su madre hasta hacerse tan viejo que, cuando salían a la calle, en vez de madre e hijo, parecían un par de hermanos. En 'El demonio' hay un oficinista por completo perdido en una vida que es pura repetición, y, por qué no —dado el título, que al parecer rinde homenaje en muchos sentidos a 'El diablo de Tolstoi'—, infierno, en el que el pecado es la única salida —todo tipo de pecados, imaginen y se quedarán cortos—.
El libro, que era la tercera novela de Selby Jr., es una colección de obsesiones —no sólo las aventuras con secretarias a mediodía, en cualquier lugar y de cualquier forma— entre las que se cuentan algunas aparentemente inocentes, o de una crueldad ridícula, como el intento de escapar de la rutina del tal Harry White llenando el apartamento de plantas, y cuidarlas como si fuesen bebés, con una dedicación infinita, para luego ir dejándolas morir sin más, a medida que la espiral —en la que el lector se ve sumido de una forma fascinante: la lectura es una experiencia túnel— de autodestrucción se lo lleva a cualquier otra parte una vez más. Porque White no puede escapar. Tampoco podía Kaufman, que dijo el libro: "Es un reflejo exacto de mi mente en pocas palabras".
Bien. Existe un género de novelas de oficina que podría considerarse clásico, en el que un hombre —siempre blanco— de mediana edad, hastiado por aquello que considera una repetición maldita —y aquí podríamos situar al mismísimo John Cheever, y todos esos hombres con casas en las afueras, en los adinerados y tranquilos y familiaras suburbios—, trata de escapar con pequeños sueños, o bien, como en el caso de White, obsesiones de distinto calado, que, en cualquier caso, siempre tienen en común los cuernos. Porque esos tipos siempre se fijan en las secretarias, y las secretarias —que en esos libros existen únicamente como seres infelices a la espera de que alguien los utilice— en ellos, y yo me preguntaba, ¿y qué hay de los libros de esas secretarias?
Agnes Owens nació en un lugar llamado Milngavie (Escocia) en 1926. Tuvo infinidad de trabajos —y ninguno de ellos fue glamuroso: limpiadora, mecanógrafa, obrera en una fábrica—, siete hijos, dos maridos, y una tardía carrera como escritora —al fin— de la que acaba de llegarnos una joya que le planta cara a 'El demonio' de Hubert Selby Jr. y todos esos libros escritos por tipos insatisfechos. ¿Su título? 'Una madre trabajadora' (Muñeca Infinita). ¿Su historia? La de Betty, una mujer que acepta un puesto como secretaria —de un tal Robson, un señor que ronda los 60—, y que, pese a las indirectas de su jefe —a quien, por otro lado, no da la más mínima importancia, en ningún sentido—, y todo el lío de casa, ha decidido tener una aventura con su único amigo.
Un amigo que, por cierto, también es el único amigo de su marido, Adam, un veterano de guerra que no hace más que quejarse y que, en ese momento, no tiene trabajo, y tampoco es que cuide a los niños. Quién sabe lo que hace. Lo que es fascinante es la voz que Owens imprime en Betty: la de una mujer a la que todo le trae sin cuidado, y que cuando algo le gusta, lo coge sin más. Empezando por el tal Brendan. Ni siquiera hace caso de las cartas (del tarot) que le tira la señora Rossi, la chica de la agencia —la secretaria jefa—, porque lo tiene claro: el futuro no existe, sólo existe el presente. ¿Y qué quiere hacer con ese presente? Oh, abajo el tormento de Harry White, y arriba la auténtica liberación de Betty que, de paso, libera a la secretaria literaria de su condición de instrumento lujurioso.
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