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Festival 42

Grady Hendrix: "Todos los escritores del Sur somos unos seductores"

Presenta su último libro, 'Brujería para chicas descarriadas', una novela de terror ambientada en una casa de acogida para madres solteras en la Florida de los años 70

Grady Hendrix, en el Festival 42

Grady Hendrix, en el Festival 42 / Manu Mitru

Ernest Alós

Ernest Alós

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Grady Hendrix (Charleston, Carolina del Sur, 1972) está a medio camino entre un dandy del Sur Profundo y un vendedor de ungüento de serpiente. Brilla en sus presentaciones, tan desenfadadas como sus libros de terror ligero. Ha pasado por el Festival 42 de literatura fantástica, de ciencia ficción y horror con su libro ‘Brujería para chicas descarriadas’ / 'Bruixeria per a noies esgarriades' (Minotauro / Obscura) recién publicado. Terror en una casa de acogida de Florida donde se escondía a madres solteras en los 70 hasta que llegaba el parto y daban su hijo en adopción.

Más que miembro de una nueva ola de escritores de terror, usted es más bien un revival del género de los 70 y 80, ¿no?

Mi historia con el terror termina en los 90 porque después de eso ya no me interesa. Aunque soy un escritor muy diferente de Stephen King, que es mucho más gráfico en la violencia o Paul Tremblay, que es más experimental. Tomo como referencia para superarme a Clive Barker. Parte de la influencia también proviene del cine de Hong Kong. Pero sí, pienso en King y cómo su influencia viene de la escuela realista estadounidense. Y aunque adoro la voz de Dickens, o de Shirley Jackson, me siento más cómodo cuando mi estilo es invisible. Que el lector viva la historia y se olvide de que existo. Y eso es algo muy propio de King.

Pero en su caso está el Sur. El paisaje, la gente, el lenguaje. ¿Cómo se expresa eso?

Todos los escritores del Sur somos seductores. Nos gusta contar historias, nos gusta hablar, nos gusta acercarnos a la gente. Siempre intento imaginar que le estoy contando una historia a alguien en un bar. Pero en el Sur de Estados Unidos, lo que nos distingue es que somos perdedores. Perdimos una guerra. No nos hacemos ilusiones. Tuvimos esclavos, matamos a los nativos americanos, intentamos rebelarnos. Perdimos.

Una de las escenas más divertidas de uno de sus libros es esa irrupción de una adolescente enloquecida ante las visitas de sus padres, a los que avergüenza porque se pone a cantar el himno de la Confederación.

Eso también es el Sur. Mi padre era médico, pero se crio en la pobreza en el campo. La familia de mi madre era de clase trabajadora, así que eran muy conscientes de las diferencias de clase. Para ellos, las expresiones de superstición o de fe religiosa eran vergonzosas, propias de la clase baja. Hacer el ridículo era peor que morir. En mi familia siempre se hacía hincapié en comportarse correctamente delante de los invitados.

¿Se siente cómodo con la etiqueta de ‘Southern Gothic’, o es demasiado amplia?

Detestaba ese término. Creía que identificaba otra novela romántica más ambientada en el Sur. Pero cuanto más aprendí, más me daba cuenta de que el movimiento gótico sureño surgió al mismo tiempo que lo que llamamos el movimiento de la Causa Perdida. Frente a esa mitología nostálgica sobre los sudistas que eran valientes caballeros y lucharon en esta guerra por sus derechos. El gótico sureño en cambio quería mostrar su lado oscuro. Quería ser ácido en la cara de esa gente, mostrar la violencia, la pobreza, el racismo, la ira. Así que al final, me siento muy cómodo con ese término. Aunque a veces parezca abarcarlo todo.

Usted ha sido un gran defensor de McDowell y su ‘Blackwater’. Dice que es un libro donde hablan como lo harían sus primos.

Sí. Cuando leí ‘Blackwater’ por primera vez hace muchos años, lo describí como el Gabriel García Márquez del terror. Así que no me sorprende que lo hayan acogido con tanto entusiasmo en España e Italia, y en Alemania, aunque eso me extraña más, aunque siga siendo olvidado en EEUU. Creo que se debe al atractivo de la historia familiar. El libro también narra la historia del sur de Estados Unidos en el siglo XX. En 1920, estaba devastado. Sin economía, sin nada, sin dinero. Para 1968, ya teníamos industria y manufactura. Quizá en EEUU es algo que no se puede ver con la misma distancia que desde Europa.

Siempre reconoce las intervenciones de sus editores en sus libros. Aunque sea para bromear. ¿Cómo es ese tipo de relación?

Vengo del periodismo. Y si el editor te dice ‘corta’, tú cortas. Y si te dice ‘cambia’, tú cambias. Estoy acostumbrado a que revisen mis textos porque mi objetivo es comunicar. Me gusta un editor que luche, que argumente. Ambos queremos lo mejor para el libro. Normalmente, si mi editor dice que algo está mal, siempre tiene razón. Si me dice qué es lo que está mal, siempre se equivoca. Quiero saber cuándo mi libro es aburrido, confuso o pierde interés, pero quien entiende cuál es la solución soy yo.

Fue él quien le dijo que en ‘Brujería para chicas descarriadas’ necesitaba poner brujas en la trama, ¿no?

Sí, porque la brujería estaba en el título. Estaba escribiendo un libro de terror folclórico al estilo de ‘El hombre de mimbre’, sobre la naturaleza, los dioses y demás, y no funcionaba.

Habla mucho del embarazo, como experiencia física. Pero aunque se trate de una historia de terror, no lo convierte en ‘body horror’. Que habría sido una posibilidad.

Hablé con muchas madres. Los libros no suelen describir esa experiencia. Hay horror y hay alegría, y a veces la alegría es aterradora. Trabajé con una doctora sobre el libro. Era muy cínica y tenía muchas historias terribles sobre partos. Pero me dijo: «He estado en la sala de partos en 300 ocasiones. Y cada una de ellas es un milagro». Para mí, eso era muy importante: todo ese dolor, toda esa crueldad, toda esa sangre, todo ese esfuerzo físico... Pero hay un milagro ahí dentro. No un milagro sentimental, sino un milagro poderoso, sangriento.

Arranca el libro reproduciendo frases claramente despectivas hacia esas chicas. Y algunas recientes.

Me impactó la forma en que la gente hablaba de las madres solteras. Incluso hasta los años 90 y 2000. Las llamamos de diferentes maneras: ‘welfare mothers’, madres solteras… Siempre con culpa y vergüenza. Me sorprendió muchísimo la ira personal que sentían estos periodistas, políticos y escritores hacia estas chicas.

Incluso Bill Clinton.

Incluso Bill Clinton. Estas chicas habían sido violadas. Estas chicas habían sufrido abuso sexual. Estas chicas no tenían acceso a anticonceptivos. El chico es responsable al menos en un 50%. Pero, por alguna razón, parece que las odian personalmente. Me quedé de piedra. Hubo un político en el Reino Unido que, en 2019, hizo declaraciones diciendo que estas chicas se quedaban embarazadas para llamar la atención y presumir. ¡Qué imbécil!

Dice que los estadounidenses creen que este tipo de instituciones eran propias de lugares como Irlanda.

Sí, pero al mismo tiempo mucha gente explica que la enviaron a un orfanato, o que su madre fue adoptada… Mi prima es abogada especializada en adopciones. Dice que constantemente tiene clientes que son adolescentes cuyos padres le dicen al colegio que están enfermas y que tienen que quedarse en casa, o que están visitando a su tía. Y esto sigue ocurriendo, no es una historia lejana.

Siempre hablamos del humor en sus libros, pero no sé si es exactamente comicidad o más bien desenfado.

Intento plasmar la realidad, que a veces es divertida. Bueno, yo lo soy siempre. Pero quiero que las cosas sean como en la vida real: a veces son divertidas, a veces dan miedo, a veces son buenas, a veces son malas. Intento encontrar la comedia en el comportamiento humano porque a todos nos gustan las personas divertidas. Si logro crear personajes con sentido del humor, si encuentro el humor en su personalidad, el lector se sentirá más cómodo con ellos y les gustarán más.

Al final del libro, habla de la experiencia de encontrar, o no, al hijo perdido

Sí. Y esto es, creo, muy importante. Muchas de estas mujeres sienten que su vida se detiene en ese momento porque su hijo se ha ido. Tienen este asunto pendiente. Una de mis parientes, a la que enviaron lejos, nunca volvió a ver a su hija. Y le decía a mi madre que creía que su hija la odiaba porque nunca se comunicó con ella. Mi madre la consoló: “O tal vez esté muerta. Puede que haya muerto a los tres años. No lo sabes». Me impactó darme cuenta de que había una madre que ni siquiera sabía si su propia hija estaba viva y la odiaba o si estaba muerta. Esa crueldad es enorme. Una madre a quien habían arrebatado su hijo, y que era abogado penalista, decía: «Cada vez que me reunía con un cliente, este delincuente, este drogadicto, me esforzaba tanto por ser amable porque tal vez fuera mi hijo». Y en toda su vida, nunca supo si ese preso podía ser su hijo. ¿Cómo podemos hacerle esto a la gente? Es tan cruel...

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