Cine
Esteve Riambau: «Me preocupan las nuevas generaciones y el cine, no hay manera de hacer que tengan el culo en la silla durante una hora y media"
Esteve Riambau, director de la Filmoteca durante catorce años, historiador del cine y profesor universitario, recibe el Premio de Honor del Festival Clam en Manresa

Esteve Riambau en la Filmoteca de Catalunya. / Marc Asensio Clupes
Esteve Riambau es una figura poliédrica que en el mundo del cine ha tocado muchas teclas. Profesor universitario, crítico, teórico e historiador, director de dos largometrajes y, de 2010 a 2014, dirigió la Filmoteca de Catalunya. Nacido en 1955 en Barcelona, Riambau recibió anoche un Premio de Honor del Festival Clam en Bages Centre. En una conversación previa, se declaró contento por el reconocimiento.
¿Qué pensó cuando supo que el certamen le galardonaría?
El año pasado vine a hablar de la recopilación de textos de Pere Portabella que sacamos con el título Impugnar las normas. Entonces le comenté a Esteve Soler que estaba preparando un libro mío y me dijo que ya lo hablaríamos... y un día me llamó para comentarme que Clam me concedía el Premio de Honor... me hizo mucha ilusión.
¿Cuál es el papel de los festivales en el ecosistema cinematográfico?
El cine lo hemos enterrado no sé cuántas veces, y es cierto que, mirado en perspectiva, ha ido cambiando. Nació a finales del siglo XIX, en un momento de grandes cambios tecnológicos, y el cine ha sido mudo, sonoro, en blanco y negro, en color, en 2D, en 3D, se ha visto en salas, en plataformas,… Es como el agua, que siempre busca un lugar por donde pasar. Dirigí la Filmoteca catorce años y vi cómo las salas no sólo no han desaparecido sino que el público las disfruta. Los festivales son un sitio excelente para filtrar películas de calidad, por géneros y temas.
No hemos enterrado el cine ni el público de las salas.
La experiencia de una buena proyección en una sala, poder tener una pantalla grande, un sonido bueno, es mejor que hacerlo en una pequeña pantalla. Hay una película catalana reciente, "Tardes de soledad", que no es lo mismo verla en pantalla grande o pequeña, la calidad del sonido impacta.
Hace unos días se le concedió un Premio de Honor a Jordi Bordas, ex presidente del Cineclub Manresa, y en una entrevista dijo que no tenía plataformas en casa e iba cuatro veces por semana al cine.
Yo soy más promiscuo, pero también voy a las salas, a los festivales, veo películas en casa,... pero indiscutiblemente no hay nada como una sala para disfrutar de verdad con una película. Ver a alguien en el metro viendo "Lawrence de Arabia" en el móvil es una aberración.
¿Pero es inevitable?
Sí, por la tecnología, que se mueve por motivos económicos, existen muchos intereses. Pero esto es como los restaurantes, que haya McDonald's no significa que no haya restaurantes de cinco estrellas.
El director del Clam, Esteve Soler, comentaba que el festival refleja el peso que tiene en el sector hoy en día el cine social.
No entiendo el cine aislado de la sociedad. Dijo Truffaut que la vida es la pantalla, pero no creo así, no está más allá de cualquier flujo comunicativo, es impensable. En un mundo tan complejo, como lo fue durante el siglo XX, el cine no puede permanecer indiferente, es lógico y saludable que los cineastas reflejen los conflictos.
¿Tiene previsto ver otras películas del Clam?
Antes del premio veré "Conducta impropia", de Néstor Almendros, en pantalla grande. Estamos trabajando en un guión para una producción sobre el Almendros.
¿Cómo se imagina que será el séptimo arte en unos años?
El cine nació en unas circunstancias muy amateurs, en el contexto de la choza de feria, y se convirtió en una gran industria. Desde 1915 y la Primera Guerra Mundial, el cine se convirtió en un gran espectáculo y empezó a buscar al gran público. Ya sea en la sala, en las plataformas o en las nubes, el espectador reclama grandes historias, conflictos, pasar un buen rato, ... el cine no morirá, de una manera u otra estará.
¿Nuevos formatos para contenidos de toda la vida?
Puede cambiar el estilo, los iconos, los formatos,... Me preocupan las nuevas generaciones, no hay manera de hacer que tengan el culo en la silla durante una hora y media, pero todavía existen, hay salas llenas de gente joven. El cine es un espectáculo enriquecedor. Siempre explico que en la Filmoteca hicimos una retrospectiva de Bela Tarr, director que no es fácil, pero tuvimos dos sesiones llenas de gente que siguió la proyección de Sátántangó, de más de siete horas. Estaba todo vendido, y eso que había un Barça-Madrid y al final se hizo una hora de coloquio. Casi tuve que echar a la gente, he jefe. En la sala caben 350 espectadores y quizá había doscientos jóvenes.
Resistieron.
No, no,… lo disfrutaron.
¿Su premio y el de Bordas son un reconocimiento a la gente que sabe contar y hablar de cine?
Los premios son responsabilidad de Esteve Soler y yo me siento muy cómodo formando parte de este grupo de premiados. A Abderrahmane Sissako no le conozco personalmente, pero sí su cine; con Pilar Aymerich tuvimos contacto cuando yo estaba en la Filmoteca y restauramos un cortometraje suyo, es una fotógrafa comprometida; y con Jordi Bordas compartimos la faceta de ser críticos de cine y médicos.
Es curioso esto.
Es la curiosidad por el otro, por saber más allá. En el libro de memorias hablé de nuestra condición de Doctor Jekyll y Mr. Hyde, el médico y el cinéfilo no están tan lejos, existe la inmensa curiosidad por ver qué hay más allá de lo evidente. La invención de la fotografía y el cine son de la época de la invención de los rayos X y el psicoanálisis.
Usted ha escrito muchos libros, pero el último ha sido especial, las memorias tituladas La película de mi vida, publicadas por Tusquets.
El libro surgió durante el confinamiento, buscas cosas que hacer y yo empecé a escribir, pero me salió un monstruo, ingobernable por extensión y contenido. Me lo pensé y vi que para publicarlo debía dejar sólo la parte cinematográfica. Cuando Tusquets me dijo que sí, le dejé reposar seis meses e hice una última revisión. Había muchas historias que contar, y gracias al cine he vivido una vida muy rica, interesante, y quería compartirlo. El libro es un gran homenaje a la generación anterior a la mía, personas muy interesantes que es de justicia recordar cómo José Luis Guarner, Joaquim Jordà, Bertrand Tavernier y Agnès Varda.
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