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ENTREVISTA

María Valverde: "Hay que crear semillas de entendimiento y educación"

En su estreno tras la cámara, la directora explora la sordera a través de la música, siguiendo a tres músicos sordos de Venezuela mientras afrontan el reto de llevar a escena, por primera vez en lengua de señas, ‘Fidelio’ de Beethoven, bajo la batuta de Gustavo Dudamel

Valverde y el director de orquesta han hablado con este diario de la película 'El canto de las manos' que hoy pondrá la guinda al Atlàntida Mallorca Film Festival

María Valverde y Gustavo Dudamel, en el Parc de la Mar

María Valverde y Gustavo Dudamel, en el Parc de la Mar / Guillem Bosch / GUILLEM BOSCH

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Gabi Rodas

Palma
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Viendo El canto de las manos me reafirmo en que nada es imposible.

María Valverde: Así es, nada es imposible y todo es posible, y hay que entender que las cosas no son como las entendemos, que nos queda mucho camino por recorrer. Hay que crear conciencia y subrayar que las cosas no son como nos han dicho que son.

Una advertencia al espectador: la de Jennifer, Gabriel y José, los protagonistas del documental, no es solo su lucha, es la lucha de todos nosotros.

M. V.: Exactamente. Ellos son los representantes no solo de su comunidad sino un poco de todos. Al final es dignificar el trabajo que hacen como artistas y el hecho de poder ser vistos, inclusive dentro de sus propias familias, donde no les ven.

El canto de las manos muestra el aislamiento que los protagonistas experimentan por ser sordos, comprendiendo que la música no solo es su refugio, también su salvación y su esperanza. ¿Ustedes también entienden su oficio como un refugio ante este mundo que no deja de chirriar?

Gustavo Dudamel: Absolutamente. Creo que la música tiene un poder y una dimensión que va muchos más allá del simple hecho de que nos entretenga. Realmente en mi caso es un refugio, de reflexión, de búsqueda, de encontrar esos valores que van más allá del aspecto estético, sonoro, técnico, de lo que significa la música. Y eso es un poder. Siempre se lo digo a los músicos con los que trabajo: tenemos un poder en las manos, en nuestras almas, en nuestro espíritu, que tiene una dimensión infinita. Un oficio que entiendo no como un trabajo, sino como una misión, creando espacios de oportunidad para algunos, o muchos, que no los tienen, y comparto al más alto nivel, no como caridad, sino como justicia. Y sí, dice usted bien, en un momento tan convulso, en el que hay ruido más que un sonido armonioso, deberíamos escucharnos más a través de lo armónico, a pesar de las diferencias que podamos tener, y quizá así podríamos construir un mundo mejor, mucho más justo.

María Valverde y Gustavo Dudamel posan en el Parc de la Mar, en Palma

María Valverde y Gustavo Dudamel posan en el Parc de la Mar, en Palma / Guillem Bosch / GUILLEM BOSCH

«He aprendido a sentir el mundo a través de sus ojos descubriendo cual es el verdadero lenguaje del alma», confiesa Dudamel al final del filme. Y a María Valverde, ¿qué le han enseñado Jennifer, Gabriel y José?

M. V.: Me han enseñado una generosidad inmensa. También cariño, un cariño que nos han dado, a todo el equipo, no solo a mí, por poder ser vistos. El poder identificarnos como iguales ha sido algo muy importante en todo este proceso creativo. Para mí como directora era importante dignificar sus vidas por lo que ellos a mí me han regalado. Hay veces que digo: he sido muy mala cineasta pero velaba por su bien. En el momento del parto, por ejemplo, un momento que tocó vivir y fue algo precioso poder acompañarles, recuerdo estar sentada con la directora del hospital pidiendo que por favor la mujer de Gabriel tuviera una intérprete con ella para tener un parto digno. Como cineasta tendría que haber optado por no tener a un intérprete porque era lo natural que iba a ocurrir, pero me sentía con una misión, ella necesitaba un parto digno. La generosidad que hemos ido creado mutuamente es la base de esta historia.

La de Fidelio no es una elección casual, una historia que habla del amor, la libertad y la lucha contra las adversidades, algo que conoció muy bien Beethoven.

G. D.: Cuando estamos tan distantes de estos héroes, como Beethoven, idealizamos muchas cosas, y muchas veces no vemos su realidad. Sería fascinante sentarse al lado suyo y conocer a Beethoven como tal. Yo hice una residencia en Princeton, donde tienen uno de los libros de sketches de Beethoven, es decir, donde escribía todos los ejemplos que después le servían para construir una sinfonía o una ópera. La caligrafía y todo lo que iba poniendo Beethoven allí refleja realmente esa tormenta emocional que se convertía en algo creativo, ese sufrimiento, el de un músico que se queda sordo, que no puede percibir naturalmente lo que él concebía. Es muy fácil decir, sí, pero él nació escuchando y todo eso se lo llevó. Hizo totalmente lo contrario. Beethoven fue un compositor que trascendió, cambió una época, y sigue siendo a día de hoy un compositor completamente vanguardista, sobre todo cuando vemos su última música, la última música de cámara, sus últimas sonatas, con una carga creativa que a veces nosotros mismos, los músicos, no entendemos. Admiro su fuerza de voluntad, a pesar de todas las adversidades. Beethoven fue una rock star de su época, una marea de emociones. Sin conocerlo personalmente siento que a través de su música lo puedo conocer íntimamente.

¿Qué sentimientos le han invadido en su estreno como directora?

M. V.: Tengo muchos nervios y siento mucho respeto porque me he dedicado muchos años a ser actriz y es la primera vez que me enfrento a dirigir una historia muy personal que he ido construyendo con el tiempo, con un equipo que he generado alrededor de la historia, y que he creado desde cero. Estrenar en Málaga y la gran oportunidad que se nos ha brindado con la clausura del festival Atlántida, con todo el peso que eso conlleva, está muy bien pero lo más importante para mí era lograr que los protagonistas se sintieran identificados con la historia que contaba de ellos. Ese es el mayor logro que como directora podía conseguir, y sobre todo que podamos concienciar a muchas más personas, tanto oyentes como personas sordas, de esa justicia que buscamos con este proyecto, de que todo el mundo pueda tener su espacio en lo creativo, y ser vistos. Hay que romper esas barreras que hemos construido nosotros mismos, y crear semillas de entendimiento y de educación. El acceso a la lengua de signos es importantísimo, en el ámbito de la salud, de la educación, y los oyentes tenemos esa responsabilidad, el de abrir esas puertas.

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