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LA ENTREVISTA

Félix Díaz, 'el penúltimo quiosquero': "Desde el quiosco he visto pasar la vida de los demás"

Por su quiosco pasaron desde Léon Degrelle a Julio Llamazares, Eduardo Punset o Iñaki Gabilondo

Entrevista a Félix, quiosquero que cierra su quiosco por jubilación

Entrevista a Félix, quiosquero que cierra su quiosco por jubilación / EPE

Karmentxu Marín

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Es el penúltimo quiosquero, de manera simbólica. Quedan algunos más, pero la tendencia a su desaparición se acentúa día a día. Cincuenta años vendiendo periódicos en la calle Santa Engracia, 26, de Madrid, en pleno barrio de Chamberí. Por su quiosco pasaron desde Léon Degrelle a Julio Llamazares, Eduardo Punset o Iñaki Gabilondo. Ha cerrado el quiosco, donde una inmobiliaria pondrá la terraza de un restaurante italiano. Vio venir el funeral del papel. Cada año que empieza, dice, disminuye la venta de periódicos. Él no llegaba a diario ni a cien ejemplares. Años atrás, cuenta, el número era de 600 o 700.

Es casi el penúltimo quiosquero. Ha cerrado, como muchos otros.

Desafortunadamente se cierran los quioscos porque la venta de Prensa en papel está cayendo, aunque se compre en formato digital. Y luego, la gente que ha comprado toda la vida el periódico se va muriendo, y dejan la suscripción de El País o del Abc. El oficio se va perdiendo. Es triste, pero es así. En el barrio hay otro quiosco en Bravo Murillo que lo traspasan. Otro en la calle Génova, igual. Además, nosotros nos llevamos un tanto por ciento de las ventas muy pequeño. Lo único bueno que tiene este negocio es que los periódicos no vendidos los puedes devolver.

¿Se puede ser exquiosquero o el espíritu del quiosco permanece?

Hombre, siempre se lleva dentro.

Es quiosquero y morirá quiosquero.

Por supuesto. Eso está más claro que el agua. Desde el quiosco he visto pasar la vida de los demás, sus horarios, sus acciones, los favores que te piden. Y lo más importante: Es una fuente de información, de noticias. La gente te cuenta cosas que no están en la prensa. Y hablan de política. He tenido muy buenas relaciones y he sacado muy buenos amigos.

Y habrá conocido a mucha gente.

He conocido a Juan Cruz, a Eduardo Punset, que era una bellísima persona; a Julio Llamazares, a Iñaki Gabilondo, al que he tenido como cliente, a él y su mujer, súper simpáticos; al actor Miguel Rellán, al que tengo muchísimo cariño; y a políticos como Ramón Tamames, que era comunista y luego se fue con Vox. También, hace más tiempo, a Léon Degrelle, que vivía aquí al lado, y era un nazi total a rebosar y un soberbio de mucho cuidado. Me compraba el France soir y alguna revista de historia.

No sé si lo más exótico que se ha encontrado últimamente es un joven comprando un periódico.

Pues lo he visto alguna vez, y le he felicitado. Me dijo que le gustaba el papel. No hay mejor cosa que desayunar y hasta manchar el periódico con la mantequilla o la mermelada.

No pensó que ese joven realizaba un acto de enajenación.

No, no [ríe], por eso le felicité. Me parece una realidad que me enorgullece. Normalmente la juventud está mucho mejor preparada, afortunadamente. Pero el papel no forma parte de su educación. Van más por las redes sociales.

¿Le produce melancolía echar la persiana?

Melancolía, no. Melancolía por la gente, no por mí. Yo he cumplido. Es una profesión que no digo que sea dura, pero trabajas todos los días, levantándome a las cuatro y cuarto, yendo al quiosco, prepara el reparto, hay que colocarlo, poner el género nuevo y devolver todo lo que no se ha vendido. Además, no me gustan los ordenadores. Soy muy antiguo para esas cosas, y lo hago todo a mano.

¿Por qué se hizo quiosquero?

El quiosco lo llevaba ya mi padre. Vivíamos en el barrio de Bilbao, bastante lejos de aquí, frente al cementerio del Este, hoy La Almudena.

Poca clientela para comprar prensa.

Allí, olvídate. Nada.

¿Ahora se siente como los últimos de Filipinas?

No es que me sienta, es que es una realidad. Los tiempos van así. Yo siento que he cumplido y que he llevado el quisco lo mejor posible. Siempre me he sentido muy involucrado con la gente, que me ha ayudado mucho.

Y le contarían su vida.

Por supuesto. Me contaban su vida y muchas historias: me duele aquí, qué tiempo hace, qué pasa con aquello. Era lugar de tertulia. Y la gente era divertida.

Estará puestísimo en la actualidad. Tantos años rodeado de periódicos.

Bueno, un poco. La actualidad es un disparate últimamente. Y yo sigo comprando el periódico.

¿Ir a comprarlo a otro quiosco no es como ponerse los cuernos a sí mismo?

No. Todo el mundo tiene derecho a comer. Y yo se lo compro a mis colegas de la Plaza de Chamberí. Igual que la gente ha sido fiel conmigo ahora yo tengo que ser fiel con la gente. No puedo poner zancadillas cuando a mí no me las han puesto.

Se dice que la Prensa es el cuarto poder. Usted ha estado rodeado. ¿Ha notado algo de poderío?

Notaba que se verificaban las cosas, que la gente estaba muy involucrada, que leía la Prensa y pensaba de una manera muy consecuente. Ahora la gente no lo es. Todo es un disparate. Es que a nivel político todo ha cambiado mucho. Antes se luchaba por un ideal, como el Mayo del 68, o contra un golpe de Estado, cosas que yo he vivido. Y he vivido cuando en la dictadura venía la policía al quiosco y te quitaba las revistas.

Vivió en carne de papel la censura.

Totalmente. He tenido la gran suerte de tener alrededor gente que me avisaba. Yo escondía Triunfo, El Papus o La Calle, decía a la policía que no me quedaban ejemplares y luego los vendía cuando se habían ido.

¿Ha cambiado el tipo de lector de prensa, al margen del soporte?

La gente que compraba Pueblo o el Madrid sigue comprando el mismo tipo de prensa. En mi quiosco la gente mayor seguía comprando el Abc o El País. Pero antes estaba más diversificado, porque había periódicos de la mañana y de la tarde, y bajábamos con mi padre a la plaza de los Chisperos a subir la prensa de la tarde, y por las mañanas a la Plaza del Dos de mayo, y la teníamos que subir a mano. Ahora, el que más se vende es El País, y el que menos, La Razón. El Abc ha subido mucho, porque este es un barrio tirando a conservador y monárquico. Al margen de esto, yo creo que la gente compra el Abc por el tamaño que tiene.

Y ahora los quioscos han quedado en muchas ocasiones para vender chuches, imanes de flamencas y libros de crucigramas.

Revistas. Y libros, porque yo me metí con los libros. En este barrio gusta mucho la Historia, y en eso tenía una buena clientela, porque los periódicos ya no daban para sacar el quiosco adelante. En este barrio la gente es muy culta, y se puede gastar 30 o 40 euros en un libro, afortunadamente.

Y algunos empiezan hasta a poner café.

A mí eso me parece una monstruosidad total. Yo con las manos llenas de tinta no puedo servir un café, por ejemplo. Y además no tiene nada que ver. En Alonso Martínez hay un quiosco pequeñito al que compensa más dar café que periódicos. Tiene pocos periódicos, pero necesita tenerlos para que le den la licencia. El quiosco ya no es negocio.

¿¡Hola! sigue siendo la reina de las revistas?

Es la que más se vende. Pero cuando la fundó el padre era el número uno. Ahora ha decaído y están perdiendo ejemplares. Ya no hay portadas como las que había entonces. El padre era el número uno, una excepción. Conocía, controlaba…Ha bajado mucho el ¡Hola!. Antes era mucho más ameno, mucho mejor. A mí lo que más me gustaba eran las casas reales y las chicas, todo hay que decirlo.

Y ahora, con todo lo que ha ahorrado, y aprovechando su jubilación, a darse la vuelta al mundo, ¿no? La casa por la ventana.

No, la casa por la ventana, no. La vida sigue subiendo. Tengo una pensión, pero no me voy a quejar. Me gusta vivir de puertas hacia adentro, no hacia afuera. No pido mucho. Con que tenga para comer bien y para cuidar mi cuerpo, que no me duela nada, y ponerme bien de mi efisema pulmonar… Porque ahora nada más tenemos humedades por todos los sitios. Me voy a dedicar a ver exposiciones, ir al cine, a pasear mucho y a hacer viajes con el Imserso. A conocer este país, que es maravilloso.

¿Recomendaría a alguien poner un quiosco?

No. Me duele decirlo, pero no. Ya no es negocio. Me da mucha pena ir por la Gran Vía y ver los quioscos de periódicos, con chicles, chuches, como bazares. Yo siempre he sido un quiosquero clásico.

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