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‘Première’ en Montjuïc

Amaia asciende a otro nivel en el estreno de gira en el Sant Jordi Club

La cantante navarra cautivó con un concierto generoso en el que contó con cinco multiinstrumentistas, una formación de cuerda y un coro en el arranque del ‘tour’ de presentación de su nuevo álbum, ‘Si abro los ojos no es real’

Jordi Bianciotto

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Barcelona
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Es hora de decir que la Amaia que conocíamos hasta ahora queda atrás, empequeñecida por la artista que este viernes estrenó gira en el Sant Jordi Club, primero de sendos pases destinados a descorchar su tercer álbum, ‘Si abro los ojos no es real’. Amaia dominadora de la escena y liderando a una amplia formación de cuerda y un coro, en vanguardia y escarbando en la canción popular, en torno a un repertorio que trazó un diálogo trascendente con la niñez (que ya se extravió) y el horizonte de la mortalidad.

Tal vez suene exagerado, pero Amaia comienza a pisar, por fin, un territorio propio tras las ternuras indie-pop y el eco de los cantautores soft-rock que acompañaron sus discos anteriores. En el nuevo material, trabajado con cómplices de la última ola (Judeline, Ralphie Choo, Daniel 2000, irenegarry), se funden partituras relevantes, tratamientos exploradores y una mayor ambición. Y el directo trajo una puesta en escena elaborada, que arrancó con Amaia al piano en ‘Visión’, dispuesta a “cruzar un puente largo” y a despedirse (ya tocaba) de la “niña” situada “al otro lado”. Cinco músicos multitarea fueron arropándola en ese primer tramo, que culminó con ‘Nanai’, con fogosa cadencia sambista y un préstamo de la tradicional ‘La tarara’.

La entrada de los violines y chelos puso solemnidad al segundo bloque, a partir de un ‘C’est la vie’ dramáticamente aporreado al piano. Pero con ella siempre flota aquel punto de candor informal. “¡Increíble! ¡Qué pasada!”. Sorprendida de sí misma y de su obra, brindó otra de sus deliciosas tergiversaciones (‘Me pongo colorada’, de Papá Levante, a todo piano y cuerdas) y luego se sentó a tocar el arpa una de las nuevas piezas más imponentes, ‘Ya está’, que nos recuerda que “todos vamos a morir y no se puede negociar”. En esa simpática línea con vistas a la última morada, honores para ‘Despedida’, dedicada a su abuela, con su abracadabrante dinámica melódica. En escena, un coro aportado por el Taller de Músics, una veintena de voces.

Más estrenos disfrutables: ‘M.A.P.S.’, con subidón de ‘bpms’, tema en el que lee la cartilla a su madre (“no lo hago tal mal, estoy harta de justificarme”) si bien acaba deslizando que la distancia generacional no es tal: “Si nos encontráramos con veinticuatro años / nos confesaríamos en la cola del baño”. Y la bachata ‘Auxiliar’, y la cima, ‘Tengo un pensamiento’, con su toque melódico de La Bien Querida, elevado por las cuerdas. 

Pero fueron 27 las canciones y hubo amplio espacio para lo que Amaia ya llama “los clásicos”: ‘El relámpago’, ‘El encuentro’ (aquella cita con Alizzz), ‘Quedará en nuestra mente’… Y la jotera ‘Yamaguchi’, con arrojo vocal, que tuvo como preámbulo el lorquiano ‘Zorongo gitano’, y que condujo al fin de fiesta de ‘Bienvenidos al show’. Clímax de una noche de estreno y algo más, de salto a otro estadio para una artista que hasta ahora todavía veíamos en proceso de cocción.

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