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LIBROS

"Denunció el clericalismo y ahora ataca el feminismo": cómo Fernando Savater y otros intelectuales progresistas se han vuelto reaccionarios

El libro 'Fernando Savater. La deriva de un intelectual', del historiador Justo Serna, ahonda en el cuestionamiento de la autoridad que se le confiere al intelectual español para dictaminar juicios sobre lo divino y lo humano

Fernando Savater, fotografiado en su casa, en Madrid.

Fernando Savater, fotografiado en su casa, en Madrid. / ALBA VIGARAY

Carlos Pérez de Ziriza

Madrid
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Ay, los intelectuales. Sus opiniones en prensa. Las columnas desde las que filtran su visión de la sociedad. Sus posicionamientos políticos. Su activismo. Su evolución (o su deriva) ideológica. Es algo que viene de muy lejos. Un asunto controvertido desde que a la generación del 98, hace más de un siglo, le dolía España, tal y como lamentaba Miguel de Unamuno. El intelectual es aquella figura del mundo de las artes o de las letras a quien se le confiere una autoridad privilegiada para opinar, disertar o divagar sobre cualquier cuestión de actualidad, por muy distante que pueda parecer de su cometido habitual, que suele ser idear historias, concebir fabulaciones. Son fundamentalmente escritores (novelistas, ensayistas), también filósofos y pensadores. Eminencias de nuestro saber que, en muchas ocasiones, se ven exonerados tras proferir ciertos exabruptos y desmanes verbales que no se le indultarían a un plumilla cualquiera e incluso se le afearían a un troll de twitter. Porque no es tanto lo que se dice, que también, sino (sobre todo) el cómo se dice.

El rol del intelectual en el debate público en España ha generado siempre controversia. Uno de los libros que más ha contribuido a cuestionar su papel como opinólogos-para-todo fue La desfachatez intelectual. Escritores e intelectuales ante la política (2016), del filósofo y profesor de ciencias políticas –articulista en medios– Ignacio Sánchez Cuenca (Valencia, 1966): en él arremetía contra la superficialidad, la arrogancia y la ausencia de sensatez con la que se desenvolvían en muchas de sus columnas algunos intelectuales como Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa, Javier Cercas, Jon Juaristi o Arturo Pérez-Reverte. Curiosamente, todos hombres. Otra de las personas cuestionadas fue Fernando Savater, y es precisamente a él a quien acaba de dedicar un libro entero el catedrático de Historia Contemporánea Justo Serna (Valencia, 1959). Se llama Fernando Savater. La deriva de un intelectual (2024) y ya el título lo dice todo. O casi todo, porque también dedica sus últimos capítulos a hablarnos de Rosa Díez, Andrés Trapiello, Félix Ovejero o el propio Arcadi Espada, con ejemplos ilustrativos a través de algunos de los artículos que han ido publicando en medios en los últimos tiempos.

En el punto de mira

¿Se le ha dispensado una autoridad desorbitada en España al intelectual para pontificar sobre lo divino y lo humano sin que nadie le exija un mínimo de mesura en su juicio? Para Justo Serna, los tiempos están cambiando y la deriva reaccionaria de muchos de ellos se debe, en su opinión, a “la democratización de la opinión, más allá de su verdad o falsedad, y a la propia crisis del periodismo: hoy en día son uno más en un mundo de informaciones y opiniones, verdaderas y falsas, en circulación, cuando antes parecían oráculos del presente y del futuro”, describe. Por eso cree que “ha decaído su influencia y han experimentado en ocasiones una deriva conservadora, neoconservadora, reaccionaria y, sobre todo, refractaria a ese mundo que les quita, que les resta autoridad”.

¿Y por qué Fernando Savater? ¿Qué papel juega él en concreto en todo esto? El libro de Justo Serna expresa, al fin y al cabo, un profundo desencanto personal hacia alquien de quien él mismo tanto aprendió. “Los intelectuales aparecen en Francia y por extensión en España, su figura cobra importancia por convertirse en críticos de los abusos del poder, por encarnar una respuesta colectiva frente a esos abusos, y su papel es inseparable de los medios de comunicación de masas en el siglo XX: en el caso francés, el intelectual por antonomasia es, sin duda, Jean-Paul Sartre, y en el caso español, de los últimos 50 años, el intelectual por antonomasia es Fernando Savater”, afirma sin tapujos. Relata que el filósofo vasco gozó de “una época esplendorosa que coincide cuando los medios tradicionales de comunicación servían para orientar a los lectores: cuando escribía en Triunfo, Ozono, El Viejo Topo y El País, con una voz y una chispeante prosa que llegan a un público que sobrepasa el restringido ámbito académico”. Pero algo se quebró luego.

La desafección hacia el autor, la que es común también a parte de su parroquia lectora, fue in crescendo en los últimos 20 años, la época en la que Savater entró en política (UPyD) y endureció sus postulados contra los últimos gobiernos socialistas. Como reza la contraportada del libro, “el intelectual que denunció el clericalismo y el derechismo es ahora quien con mayor virulencia ataca el feminismo, la izquierda y el ecologismo, y lo hace con un verbo agraviado, con retórica dolida”.

¿Tuvo algo que ver que el partido político al que apoyó quedara sumido en la irrelevancia, como le pasó también a Ciudadanos? ¿Es también consecuencia del ingrato peaje de años viviendo bajo la amenaza terrorista? “Él pasa del anarquismo, básicamente intelectual, a un repliegue ideológico próximo a la derecha más reaccionaria, y eso sucede en cuestión de un par de décadas”, dice Justo Serna, algo que no obedece, en su opinión, a que sean los partidos políticos españoles quienes le obligaron a “cambiar de formación”. Lo atribuye a dos factores: “Por un lado, la amenaza terrorista que padecerá durante años como consecuencia de su oposición a ETA y, por otro, su apuesta por UPyD, que le llevan a un repudio de la socialdemocracia en la que había recalado y de ahí sigue un avigranamiento de su actitud, originariamente jovial y progresista, que pasa a un repudio de quienes políticamente contradicen sus nuevas posturas”. El cambio no solo fue de fondo, sino también de forma: “Ese acercamiento político perjudica notablemente su obra, su obra intelectual, pero no por ser de centro, liberal o conservador, sino por adherirse a un partido con armas y bagajes, adherirse defendiendo todo lo que diga porque es su partido, limitando su objetividad, imparcialidad y perspicacia y cayendo en el sectarismo”.

¿Deriva o simplemente evolución?

Hay una frase clásica, erróneamente atribuida a Winston Churchill, que dice aquello de que “quien no es de izquierdas de joven, no tiene corazón, y quien no es de derechas de adulto, no tiene cerebro”. Sirve para ilustrar ese tránsito tan común –rara vez suele ser al revés, no hay muchos Verstrynges en este mundo– según el cual destacadas personalidades de nuestra esfera pública se vuelven más conservadoras con la edad. Cabe preguntarse si esa evolución tan común se ha visto acentuada en los últimos tiempos –en el caso de los intelectuales en general y de Savater en particular– por las llamadas batallas culturales entre la hipercorrección woke y los populismos de extrema derecha que se arrogan el sesgo contestatario, presuntamente libertario e incluso anti sistema, que hace unos años parecía privativo de la izquierda.

“Puede pensarse que esto es fruto de la evolución: mala cosa es que un individuo quede atrapado por sus propias ideas, las más tempranas, que además suelen ser poco maduras”, reconoce Serna, pero también precisa que la maduración personal de Savater le hizo “envejecer, como envejecemos todos, pero apartándose de esa ética eudemonista, de esa ética jovial que le caracterizaba, , acercándose a quienes cree que ahora representan la crítica del sistema, a aquellos que critican la corrección woke y a aquellos que, desde la extrema derecha, atacan las verdades o certidumbres del progresismo”. Parece obvio que, si había que tomar partido en esta confrontación de ideas tan binaria en la que nos movemos hoy en día, favorecida por el fragor de las redes sociales, Savater tuvo claro qué bando elegir. Pero a este factor añade el historiador valenciano un elemento más: su salida del diario El País.

“De ser un puntal del diario, en donde ejercerá precisamente como intelectual de guardia, a la manera de Sartre, pasó a convertirse en el pensador y publicista enrabietado, el intelectual poco o nada afín al periódico que él creía haber fundado, con columnas que acaban siendo la antítesis perfecta de lo que editorialmente sostiene su antiguo diario y de lo que él mismo defendió durante buena parte de su vida adulta y madura”, explica. El punto de no retorno seguramente fue aquella columna (de noviembre de 2023) que trazaba una analogía entre quienes hacían la vista gorda u ocultaban los casos de pederastia en el seno de la Iglesia católica y quienes defendían la ley de amnistía para las condenas del procés, dando a entender que lo segundo era moralmente más execrable.

El libro de Justo Serna bien puede ser un complemento a lo publicado hace años en Intelectuales y prensa en el siglo XX (2002) de Santos Juliá, Intelectuales en el drama de España (2021) de María Zambrano, La batalla de los intelectuales (2004) de Alfonso Sastre o La palabra ambigua: los intelectuales en España (1889-2019) (2023) de David Jiménez Torres. Un conjunto de libros que formarían un interesante mosaico para entender el papel jugado por nuestra intelectualidad en la vida pública durante las últimas décadas. También cabe sumarle La desfachatez intelectual (2016), de Ignacio Sánchez-Cuenca, que mencionábamos antes. Un libro que Justo Serna consideró en su momento “muy interesante, pero discutible”, ya que en su opinión “se entreveraban opiniones muy distintas a partir de conocimientos muy diversos”, algo que llevaba al autor a “hermanar, pongamos por caso, lo que en sus atrevimientos habituales dice Arturo Pérez-Reverte o lo que después de dilatadas cavilaciones dice Antonio Muñoz Molina”.

Los 'metomentodos'

En cualquier caso, sí coinciden los libros de Sánchez-Cuenca y de Justo Serna en ampliar el foco a la línea argumental sostenida por Félix de Azúa, Arcadi Espada, Andrés Trapiello o el propio Pérez-Reverte. Todos aquejados, en su opinión, por “esa temeridad en virtud de la cual se atreven a opinar de todo lo que acaece en la esfera pública, ya que se juzgan compelidos e invocados y por ello creen que la sociedad le exige o merece un comentario: ya sabemos que la figura del intelectual es un metomentodo, alguien que, dotado de un saber generalmente de letras o literario, se atreve a enjuiciar acciones de gobierno y a enjuiciar decisiones de las autoridades porque las considera erróneas, injustas o dañinas”.

Se trataría, volviendo a la idea anterior, de “intelectuales que se han sentido despechados, marginados y enajenados”, y que “por razones personales, profesionales o sencillamente por colisión con los periódicos en los que publicaban”, han acabado “adoptado posiciones altisonantes, vehementes o ultrajantes contra cualquier concepción de lo que ellos llaman finalmente la izquierda woke”, en muchas ocasiones “con un lenguaje prácticamente ultra, de gran hostilidad y agresividad”, evidenciando que “se creen poseedores de la verdad” y que han acabado “confundiendo sus avances personales con los avances de la humanidad”. El libro de Justo Serna, que él mismo define como “una suerte de autobiografía en relación con un referente que ha significado mucho, muchísimo, para varias generaciones españolas que se educaron con sus publicaciones”, levantará alguna ampolla, seguro. Ya lo está haciendo. Pero está escrito desde la distancia que implica cierto desapego emocional, desde un desencanto que expone y califica opiniones ajenas, pero no incurre en la hiper ventilación ni en la virulencia.

'Fernando Savater. La deriva de un intelectual'

Justo Serna

Sílex

340 páginas | 22,80 euros