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Quemar después de leer

Literatura de interiores y árboles de Navidad

La escritora de culto Jennifer Johnston aterriza en España con una novela nevadísima, 'Las luces azules', que es pura y laberíntica aventura existencial, el inventario de una vida que no pudo ser de otra manera, como la del monstruoso personaje de Rachel Fleishman en la imprescindible 'Fleishman está en apuros', y hace que nos preguntemos ¿hasta qué punto lo que no elegimos es lo que más nos define?

Jennifer Johnston aterriza en España con una novela nevadísima, 'Las luces azules'.

Jennifer Johnston aterriza en España con una novela nevadísima, 'Las luces azules'. / Sara Martínez

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Laura Fernández

Laura Fernández

Barcelona
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El día que traían a casa el árbol de Navidad era siempre maravilloso, se dice Constance Keating, la protagonista de 'Las luces azules', la crudísima novela inventario de Jennifer Johnston, la primera que se publica en España (vía Automática Editorial) de esta autora de culto irlandesa, una mujer que, a sus 94 años, posa orgullosa de su melena blanquísima, que en el pasado debió ser de un rubio deslumbrante, observando el mundo tras sus gafas metálicas de montura generosa y cristales pardos. Como Claire Keegan —no se pierdan 'Antártida' (Eterna Cadencia), una colección de relatos crudísimos—, y Anna Burns —la autora de Milkman, la ganadora del Man Booker—, su literatura es brillante literatura de interiores, exploración de laberínticos cerebros femeninos, pura aventura existencial.

La manera en que cada una de esas mujeres, las mujeres de las historias de Burns, y de Keegan, y la mujer protagonista de, en concreto, 'Las luces azules', una larguísima y extrañamente feliz agonía —la protagonista es una mujer joven, ha tenido un bebé hace poco, hace tan sólo nueve meses, el padre ni siquiera sabe aún que es padre, y ella se está muriendo, pero no le importa, porque sólo siente que va a cambiar una existencia por otra, quién sabe lo que hay al otro lado—, es consecuencia, o está hecha, de aquello que ha vivido, y de lo que no ha sido responsable. Esto es, de las cartas que el mundo decidió repartirle en su momento. Es eso lo que sostiene y da forma a ese laberinto mental en el que se pierde, inevitablemente.

Es Navidad, y está nevando, como nieva, sin parar, por cierto, en la última novela de la Premio Nobel Han Kang —'Imposible decir adiós' (Random House)—, pero dentro, en ese interior que se expande un momento antes de desaparecer, la vida de Constance se abre paso sin orden —una carta al padre de su hija, escenas de niña con su hermana, la visita del médico, una confesión a la madre—, y compone una retorcida sinfonía, la de aquello que somos sin poder evitarlo. ¿Por qué decidió Constance ser madre con ese hombre en concreto —Jacob— y pensaba no decírselo nunca? ¿Por qué su relación con su hermana es de insulsa, tristísima tolerancia? ¿Hasta qué punto alguien podría decir de Constance que es mala persona? ¿Lo creería si supiera de dónde viene?

Pienso en el Al Pacino moribundo, y monstruoso, de Ángeles en América, el Pulitzer del dramaturgo Tony Kushner, que primero fue un clásico instantáneo del teatro indie de Nueva York, y luego se convirtió en una excelente —y barroca, y feroz— serie de televisión (se puede ver en Max), con Meryl Streep en el elenco, y un lynchiano 'Más Allá en el que eso que somos, o fuimos', seguía persiguiéndote. Todos los personajes de 'Ángeles en América' —cuyo telón de fondo es la epidemia de sida en los ochenta, con una pareja de chicos protagonista, y toda la rabia de un fin del mundo imprevisto e injusto— se reconstruyen ante el espectador a partir de, como ocurre en el caso de Constance, la certeza de que la historia —su historia— está a punto de acabarse.

Pero no siempre es así. Pienso también en Rachel, el personaje que interpreta Claire Danes en la muy recomendable —imprescindible— 'Fleishman está en apuros' —otra serie de televisión, basada en una también muy recomendable novela de Taffy Brodesser-Akner—, y en su condición de monstruo: su hostilidad ante cualquier cosa que no sea lo que ella espera, y desea; su huida constante de una vida familiar que la obstruye y la empequeñece; su testosterónico ascenso en el nido de serpientes de la representación de actores y compañías de teatro —otra vez, neoyorquino—; la domesticación hasta casi la extinción de la única persona que la ha querido de verdad, su marido Toby. La odias, pero dejas de hacerlo en el instante mismo en que descubres que no ha elegido ser así.

De la misma manera que Guadalajara, México, jamás vivirá una Navidad nevada —puesto que la temperatura allí alcanza, cada mediodía de diciembre, los 30 grados, es decir, es pleno verano en invierno—, como la Navidad nevada de la última novela de Han Kang, o de los últimos días de Constance Keating dentro de 'Las luces azules', porque el lugar que ocupa en el planeta la condena a sufrir altas temperaturas, el personaje de Rachel, y el creado por Jennifer Johnston, no pueden evitar ser exactamente aquello de donde vienen —la primera no tuvo madre, la segunda se sintió una oveja negra a la que nadie tenía por qué cuidar—, y no es que traten de encontrar la salida al laberinto, es que sabiendo que no podrán hacerlo, sobreviven, venenosamente, ahí dentro.

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