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Ronda triunfal en Montjuïc

Expediente Melendi: vuelve a arrasar en el Palau Sant Jordi para estupefacción de profanos

El cantante asturiano inflamó una vez más el local olímpico en el primero de sus tres conciertos (a sumar a los dos el año pasado, dentro de la misma gira) manejando su fórmula de eficacia palmaria: sencillez transversal, lírica cruda y cotidiana y resultones artefactos de rumba-rock para deleite de un público familiar

Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

Barcelona
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Así que ya son cinco las noches de Melendi en el Palau Sant Jordi en la gira ’20 Años sin noticias’: las dos de hace un año, y ahora otras tres. Pues a 17.500 asistentes por concierto, o casi (para el último, el día 27, quedan entradas), ya viene a ser como llenar el Camp Nou. Y, entre los analistas del sector, hombros encogidos y caras de no entender nada. ¿Qué pasa aquí? El cantante del que casi nadie confiesa ser fan, objeto de cierta mofa y befa, tratado durante años como imitador de Estopa (algo de eso hubo), resulta ser uno de los mayores vendedores de entradas del ‘star system’ español.

Se impone la misión de tratar de descifrar el fenómeno, pero lo de este viernes invitó a concluir que no hay misterio en torno a Melendi. Él es el vecino del barrio que triunfa, que canta a corazón abierto las miserias más universales y que se regodea si cabe de su fondo de anti-héroe, como en ‘El primer beso’, donde confesó haber ido “rezagado” a los 16 en las artes de la seducción, “escuálido” como era y “con media chepa”. Narrativa que, fundida con mimbres rockeros que miran al sur, con ganchos líricos muy coloquiales y estribillos resultones, cuaja no solo entre el público de su quinta, en la cuarentena, sino ahora también en una generación por debajo, como evidenció él al dar las gracias “a esa gente tan joven que se ha sumado, y a sus papás y familia, que les han hecho escuchar los discos”. 

Sus primeros registros podían llegar a tener cierto encanto primitivo, pero Melendi los pule y adorna con un empaque casi sinfónico (banda de once integrantes), a sumar a una puesta en escena aparatosa, con pantallones y llamaradas de grupo ‘heavy’. Siempre agrada que se note que ha habido gasto. Puntos de anclaje del repertorio fueron ‘Un violinista en tu tejado’, con esa aceleración tan ‘estopera’, el subidón de ‘Barbie de extrarradio’ y un asalto a ‘Con solo una sonrisa’ al que se sumó por sorpresa una poderosa India Martínez, completado con su otro dueto discográfico, ‘Si ella supiera’. El ‘featuring’ amplificador de público es otro recurso habitual de Melendi (que también ha compartido temas con Carlos Vives, Alejandro Sanz, Aitana y muchos más). 

Y están esos versos sufridos y, por qué no decirlo, desacomplejadamente cutres, y mucha honra: “yo quiero ser guerrero / como lo sois vosotros / dejándome los huevos en cada canción” (‘Cenizas en la eternidad’). Poética cruda en vena, y en otro polo, la acidez crítica de ‘Cheque al portamor’, y el romanticismo de ‘Tu jardín con enanitos’. Vértices de un fenómeno con varias capas que propician esa seducción a gran escala, aunque a los profanos les pueda parecer inexplicable. Pero no siempre las cosas son como uno cree que deberían ser.

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