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La eterna juventud de "La Regenta"
Transcurridos 140 años desde su publicación, la novela de Leopoldo Alas Clarín se continúa leyendo, recreando, reescribiendo e investigando

Así son las visitas teatralizadas por Oviedo para conmemorar el 140 aniversario de La Regenta. / David Cabo
Es indiscutible, a día de hoy, que 'La Regenta' es una obra cumbre de la literatura española contemporánea. De hecho, está considerada como la mejor novela del realismo español junto a 'Fortunata y Jacinta', de Benito Pérez Galdós. Incluso parte de la crítica académica afirma que nos encontramos ante la segunda gran novela de las letras españolas después de 'El Quijote'".
Cualquier lector de cualquier generación se ha acercado a la heroica ciudad de Vetusta en algún momento de su vida. Los bibliófilos lo habrán hecho con adoración, los académicos con devoción crítica y analítica, los lectores voraces por la necesidad de conocer de primera mano quién es el afortunado que consigue conquistar a la inquebrantable Regenta y los estudiantes, con el respeto y el miedo de enfrentarse a las más de mil páginas que conforman el clásico, probablemente lo habrán hecho por obligación.
Sea cual sea la razón por la que nos sumergimos por primera vez en el universo vetustense, lo cierto es que 140 años después de su publicación continuamos leyendo, recreando, reescribiendo e investigando "La Regenta". ¿Por qué? ¿Por qué una novela que, a finales del siglo XIX, narró el adulterio de una mujer forma parte del canon occidental y ha conseguido pervivir, en primera línea, hasta nuestros días?
Quizá porque Vetusta produce en el lector un sentimiento catártico (positivo o negativo) que es capaz de conmoverlo, de hacerlo vibrar y sentir como si fuese un personaje más de la ficción. Vetusta es capaz de dialogar con el receptor, pero también de ejercer ese efecto envolvente con el que absorbe y reduce a quienes la pueblan. Los lectores nos sentimos atrapados en una heroica ciudad que duerme la siesta mientras hace la digestión de la olla podrida y del cocido. Una ciudad en la que la ambición de algunos, el fanatismo de otros y la ilusión amorosa de su heroína tejen una tela de araña en la que conviven el desengaño, la intriga y la frustración como reflejo de la hipocresía social.
Podredumbre moral
Nos convertimos en espectadores, sentados en una butaca de primera fila, de un acontecimiento trascendental que ha perturbado su siesta como consecuencia de la insatisfacción vital de su protagonista. Gracias al entramado urbano, configurado como un personaje colectivo, conocemos de primera mano la podredumbre moral y social de una decimonónica ciudad provinciana, de una corte en un lejano siglo, pero también somos capaces de identificar ese entramado, ya sea total o parcialmente (dejémoslo a elección del lector) con nuestra propia realidad.
Vetusta es el resultado final de un proceso mimético, es decir, de la representación de aquello que podría haber sucedido, no en un plano real (probablemente el Regente de Oviedo de 1884 estaba felizmente casado, o quizás era soltero, poco importa), sino dentro de la propia ficción. Vetusta es, en definitiva, una suerte de gran teatro del mundo por el que se pasea una sociedad, radiografiada hasta sus entrañas, que muestra cómo es en realidad, pero también cómo debería ser.
Su cara amable, serena y pacífica es el reflejo de la normatividad y de la tradición, es el modelo en el que todos los lectores debemos mirarnos. Sin embargo, sabemos que Vetusta encierra bajo siete llaves la realidad que disfraza la heroicidad de sus calles, porque Vetusta tiene una vida oculta, llena de celos, pasiones, envidias, corrupciones, entramados, pero sobre todo posee un engranaje que es capaz de silenciar y esconder la verdad.
Y es precisamente esa realidad silenciada la que nos seduce y atrapa en sus redes, la que nos impide salir de ella. Ansiamos conocerla en todo su esplendor, porque en buena medida nosotros también nos identificamos con ella. Necesitamos que el narrador omnisciente la destripe, como si de un forense se tratase, porque queremos llegar a las entrañas de nuestra propia sociedad. ¿Acaso las publicaciones de nuestras redes sociales no funcionan de la misma forma que la heroica Vetusta al mostrar al público la perfección de una vida que tiene poco que mostrar y mucho que esconder?
Quizá por eso nos deleitamos entre sus calles, tertulias, fiestas… Porque el narrador muestra lo mismo que nosotros publicamos en Facebook, solo que, tras la oleada de "me gusta" y "me encanta", muy pocas personas conocen lo que hay detrás. En el caso de la novela, esa es precisamente la función del narrador omnisciente: mostrar los secretos más ocultos de los personajes. Pero más allá de eso, "La Regenta" nos engancha porque en el fondo, como humanos que somos, sentimos inclinación hacia lo morboso. No nos olvidemos que la trama se sustenta sobre un triángulo amoroso entre dos pretendientes y una mujer casada.
Pasiones ocultas
Los lectores experimentamos celos, envidia, amores pasionales, relaciones prohibidas o tóxicas, matrimonios que nos aprisionan, infidelidades que se presentan como vías de escape a nuestra monótona vida, pero que también nos atrapan. Forman parte de nuestra manera de relacionarnos con los demás. De ahí que encontremos en la novela la canalización de nuestras pasiones ocultas y probablemente seamos capaces de comprender mejor por qué nos comportamos de una forma que puede ser contraria a lo socialmente correcto. Pero también sabemos que si la transgresión de la normatividad es pública corremos el riesgo de terminar aislados y excluidos de la misma sociedad que nos ha empujado a la desobediencia.
Por eso, porque Clarín ha creado una ficción sobre la que ha proyectado la cotidianidad y la psicología del ser humano, Vetusta ha pervivido inmutable e impasible en el tiempo. Pero esto no es todo, para que la ficción surta efecto, debe existir un proceso de creación formal, de manipulación técnica que le dé forma y que la convierta en un producto artístico. La sonoridad fonética, el ritmo sintáctico de las primeras páginas y la imagen que ofrece de la ciudad durmiendo la siesta provocan en el lector una sensación de belleza, un 'je ne sais quoi', que soy incapaz de describir. Este quiero y no puedo es precisamente el sentimiento que nos atrae, nos atrapa y nos lleva a disfrutar de la lectura. "Prodesse et delectare", que decía Horacio en la "Epistula ad Pisones".
Y 140 años después… "La Regenta" continuará.
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