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Opinión | Política y moda

Barcelona

¿Y por qué no se presentó Michelle Obama?

Michelle Obama recientemente en un acto público

Michelle Obama recientemente en un acto público / Brynn Anderson / AP

Ni Beyoncé, quien había intervenido en un mitin de Kamala Harris el día anterior, desató la locura provocada por Michelle Obama el sábado. Peinada nuevamente con una larga trenza de combate (símbolo de la unión entre mujeres y de la resistencia racial) y ataviada con un traje pantalón de carey para fusionarse con el tan suit de Harris; todo el mundo sabe que uno de los mayores activos del partido demócrata es la ex primera dama. Ya en las elecciones de 2016 se midió el gran impacto que significaba en las encuestas que Michelle le prestara apoyo a la candidatura de Hillary Clinton. Uno de las personas más conscientes del enorme poderío que alberga la señora Obama es su propio marido: “Sólo un inconsciente se atrevería a intervenir después de Michelle”. Y es que esta mujer posee algo que ya casi es imposible encontrar en un mundo de líderes creados únicamente por sondeos, marketing y marcos de loros nivel storytelling. Michelle (re)suena a verdad. ¿Y cómo lo logra? Además de por un perfecto dominio escénico y estilístico, porque no teme hablar en público desde la vulnerabilidad. Tal vez por todo ello, Donald Trump acaba de llamarla “asquerosa” (es curioso como un insulto se convierte inmediatamente en halago según de qué boca provenga).

Lo primero que confesó Michelle en su discurso en Michigan fue su enfado por la posibilidad de que alguien como Donald Trump pudiera volver a convertirse en presidente. La vulnerabilidad no recaía en el hecho de que estaba resfriada y cada dos frases hacía el esfuerzo para que no le cayera el moquillo. Tampoco en reconocer la posibilidad más que real de una victoria del adversario. Más bien, la supuesta debilidad consistía en que una mujer afroamericana se permitiera hablar públicamente de su cabreo. En las elecciones de 2008, cuando su marido se presentó por primera vez a la presidencia de los EEUU, los ataques más feroces se dirigieron a Michelle Obama. Persistente era el comentario de que era una “negra llena de ira, odio y rencor”. Un día, presionada por su equipo (todas mujeres), visualizó en modo mute uno de sus discursos en favor de su esposo y se dio cuenta que, en parte, sus críticos llevaban razón. Inteligente, Michelle fue consciente que para intentar calmar sus nervios se había refugiado en un personaje con un lenguaje corporal exclusivamente agresivo (típico del liderazgo masculino tóxico). En cambio, explicó ella misma, Barack lograba cada vez más conexión con el público por comunicar de un modo más sereno e ilusionante. Fue en ese momento, en que Michelle apostó por ser ella (ser cálida) y dejar de fingir una falsa fortaleza. 

Así que, después de enumerar todos sus temores y las múltiples razones por las que un desequilibrado como Donald Trump no debería ni acceder a postularse como presidente, en el mitin del sábado se llevó la mano al corazón y añadió: “Os pido, desde lo más profundo de mi ser, que tomen nuestras vidas en serio. Por favor, no pongan nuestras vidas en manos de políticos, en su mayoría hombres, que no tienen idea o no les importa lo que nosotras como mujeres estamos atravesando... Por favor, no entreguen nuestro destino a gente como Trump que ha demostrado un profundo desprecio por nosotras. Porque un voto por él es un voto contra todas nosotras. Contra nuestra salud, contra nuestro valor”.

Ante el arrollador carisma de Michelle, muchos se preguntan por qué no se decidió a presentarse como candidata (y salvarnos de Trump). La ex primera dama ha contado, tanto en sus memorias como en diversas entrevistas, su oposición a que su marido hiciera carrera política. La decisión de Barack provocó múltiples crisis en la pareja y casi el divorcio. El pacto de pareja al que llegaron finalmente es que ella lo apoyaría en su sueño, pero que después se dedicarían a los anhelos profesionales o vitales de Michelle. Por ello, cuando en su último día como presidente le preguntaron a Barack a qué se iba a dedicar respondió “a lo que Michelle quiera, ahora es su turno”. La ex primera dama ha manifestado su poca confianza en la política para cambiar las cosas y apuesta por el activismo. Y, en cierto modo, es para celebrar que la inteligencia y falta de ego de Michelle le eviten meterse en un ámbito tan destructivo como es la política (tanto para la esperanza como para la autenticidad). Hoy, más que nunca, necesitamos aferrarnos a grandes líderes. No buenos líderes (los que consiguen que confiemos en ellos), sino líderes extraordinarios (los que logran que los demás confiemos en nosotros mismos).

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