CONCIERTO EN MADRID
La misa salvaje de Nick Cave transforma el WiZink en una catedral llena de dolor y esperanza
El artista australiano regala otro concierto memorable y prácticamente lleno en Madrid en el que presentó su último disco con algunos saltos a sus clásicos

Nick Cave, durante su actuación en la última edición del Primavera Sound. / FERRAN SENDRA
¿Qué es exactamente un concierto de Nick Cave? ¿Una catarsis colectiva operada por una especie de coach emocional embutido en un traje a medida? ¿Una misa con todas las de la ley, con su predicador subido a escena para rogar a Dios, su Dios, que el dolor no nos mate, y que de paso lo hagamos todos con él? ¿Y qué es la música de Nick Cave? ¿Una modalidad particular de rock sinfónico? ¿Es gospel? ¿Pop postapocaliptico? Durante muchos años se le presentó como un crooner punk y maldito, pero la música que hace ahora mismo es tan absolutamente personal que hay pocas referencias a las que agarrarse. Solo hay una cosa segura: de un concierto del australiano no se sale igual que se entró. Y esto volvió a demostrarlo este viernes por la noche en Madrid, con un recital en el WiZink de esos que, si bien no marcan época, sí que al menos dejan algunos miles de cuerpos y almas transformados, convertidos en algo diferente a lo que fueron.
Hacía casi diez años que Nick Cave no recalaba en la capital, y se le esperaba con ganas después de su cancelación en 2021, cuando la pandemia impidió que llevara a cabo el tour programado para presentar los discos que llegaron después de una tragedia tan descomunal como la muerte de su hijo Arthur, de 15 años, al caer por un acantilado cerca de su casa de Brighton. Más suerte habían tenido en Barcelona, donde antes de regresar este jueves le habían podido ver en 2022 en el marco del Primavera Sound, aunque aquel era un Cave distinto al de hoy: callado, introspectivo, todavía muy marcado por el duelo. Ha sido esta última década un periodo de dolor y de más pérdidas (la de otro hijo, su madre, una ex importante y varios amigos del alma) que ahora parece haber llegado a su fin con el disco que publicaba el 30 de agosto, Wild God, su homenaje a un dios salvaje (¿él mismo?) que parece marcar su sanación, un renacer eufórico, una resurrección después de años de tinieblas impenetrables.
Sin ninguna intro particular y con una canción de ese álbum, la épica Frogs, arrancaba una actuación en la que él y su descomunal presencia escénica son los protagonistas absolutos. En ese tema, Cave habla de unas ranas que chapotean en la lluvia, “fascinadas por el amor y fascinadas por el dolor”, mientras él se dirige al Señor (“Oh Lord Oh Lord”, dice) arropado por las voces de las tres coristas situadas en lo más alto del escenario. No han pasado ni tres minutos y el showman ya está tocando al público de las primeras filas. En el ambiente ya hay la electricidad suficiente para que se siente al piano y arranque Wild God, la canción-emblema del disco y donde ese dios salvaje recorre el mundo en busca de una chica y de un puñado de cosas más etéreas. "Bring your spirit down", se puede leer gigante en las pantallas mientras la banda y el coro se lanzan a una especie de euforia space rock que se vuelve locura cuando él se levanta del piano y canta, con todo lo que tiene, desde el centro del escenario. Es el mejor ejemplo de ese espíritu escindido entre el artista megalómano al que le encanta sacudir a la masa y el gran experimentador lírico y sonoro que siempre ha sido.
Después de la atmosférica Song Of The Lake, otra de las nuevas, llega su primer viaje al pasado: O Children, una canción que escribió "hace 20 años, mientras estaba con mis hijos en el parque. Una canción triste, porque dice que los padres no siempre podemos proteger a nuestros hijos", cuenta Cave como si ya entonces hubiera anticipado las desgracias que llegarían años más tarde. Perteneciente a aquel magistral álbum doble y entelado que fue Abbatoir Blues / The Lyre of Orpheus, es el primer escalofrío de la noche. Piano y batería marcan la pauta y los coros gospel de fondo hacen el resto para que el ceremonial suba en emoción. Es también la primera vez que Warren Ellis, socio de décadas de Cave, deja la guitarra para empuñar su célebre violín.
Más calmada se presenta Jubilee Street, otra que tiene ya unos años y donde le canta a una chica llamada B. Su crescendo y el salto hard rock del final pone a media audiencia de pie y deja todo listo para otra todavía más antigua, From Here To Eternity, vodeviliesca y radical, de aquella época en la que Cave se instaló en Berlín y vivió su época más salvaje, heroína incluida. Un rato después sonará otra de aquellos años, Tupelo, la criatura de un cantante que durante un tiempo quiso ser una especie de Elvis postmoderno, y con una rabia punk que se administra en forma de rock loopeado con momentos explosivos. “Esta es una canción sobre el Rey”, había dicho al introducirla.
A estas alturas del concierto el cantante, con sus casi 70 años, ya lleva recorridas unas cuantas millas paseándose de un lado al otro del escenario, y ya ha dicho unas veinte veces “¡Madrid!” como si fuera un grito de guerra. Rueda ya sola la comunión con su público de unos artistas entre los que casi hay paridad: cuatro mujeres y cinco hombres (más Cave). Por la que toca a los instrumentos, hay incluso una marimba, y la fuerza que se desata en los momentos más rock es la de una tormenta que llevaba mucho tiempo cargándose de electricidad. Cuando Warren Ellos saluda después de que el cantante le presente, el público corea su nombre con devoción. Al fin y al cabo, Ellis es el gran demiurgo musical de un Cave que suele centrase más en la voz y las letras.
En su vuelta a las canciones de ahora, la conmovedora Long Dark Night hace que algo pase en el pecho, una especie de congoja, mientras se regresa al ceremonial sagrado, y Cinammon Horses, con él de nuevo sentado al piano interactuando con el coro y todo el color instrumental de la banda sonando en el escenario, parece concebida para que cada uno de ellos demuestre su excelencia técnica, Colin Greenwod de Radiohead, que está haciendo esta gira con ellos, incuido. Un conjunto de músicos solo puede sonar tan bien cuando todos son maestros en lo suyo.
Antes de arrancar Conversion hay un momento de cierto mosqueo: "esta canción es un cuento. No grabéis con vuestros móviles, será una experiencia que recordareis siempre". Y lo que arranca como eso que lee un padre a sus hijos antes de dormir se convierte de repente en otro arrebato épico marca de la casa. Pero entonces llega Bright Horses, la canción más hermosa del doloroso Ghosteen, dos álbumes atrás, y el WiZink se transforma en un recinto tan íntimo como un pequeño teatro. Ellis hace unos coros que parecen el canto de un alma perdida, y que se alternan con el recitado dolorido de un Cave en fase de duelo abierto. La atmósfera se corta y hay algunos ojos empañados. De un concierto de este hombre, que dice que el dolor sirve para hacernos humanos, no se sale indemne. Cuando en la siguiente, Joy, llama a recuperar la alegría desde la calma, seguro que muchos todavía no se sienten capaces, y que la de después sea I Need You, él solo en el escenario con su piano, alarga ese momento de mágica melancolía, el viaje a su periodo más oscuro.
Con Red Right Hand vuelve el Nick Cave de sus discos clásicos de los 90, el de Let Love In, uno de los álbumes que le encumbró y que ya tiene 30 años. La canción, uno de sus hits más esperados, encajaría perfecta en la banda sonora de Twin Peaks, aunque en realidad está en la de la serie Peacky Blinders. A los 80, aquella época en la que llevaba tupé, se va con The Mercy Seat, perfectamente fresca y casi punk tantos años después.
Hace tres años falleció un exnovia de Cave que también fue su pareja creativa y miembro fundacional de The Bad Seeds .A ella le ha dedicado O Wow O Wow (How Wonderful She Is). Y eso ("qué maravillosa fue") es lo que el cantante repite una y otra vez en cuanto arranca con ella la propina antes de que aparezca la voz de la propia Anita, grabada durante una conversación telefónica, para quitarle hierro al drama o para hacerlo más cercano. Ni esta ni The Weeping Song, otra de las antiguas que sonarán al final, con aires de western, serán tan tristes como podrían parecer a priori.
Nick Cave no hará mención ni una vez en el las dos horas y media de show a la situación política mundial. No es de pronunciarse en ese terreno, y de hecho sus silencios sobre Gaza le han acarreado algunos disgustos últimamente. Su terreno ha sido siempre más la religión y su particular manera de entenderla: el púlpito en lugar del atril. Cuando se despide con la clásica Into My Arms, la canción en la que parece explicar cuál es su concepto de Dios y de la religión, tan importantes en su vida y no solo en los momentos más trágicos, el círculo se cierra. El ceremonial que habíamos venido a presenciar era, efectivamente, una misa. En el caso de esta noche, una de resurrección.
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