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La caja de resonancia

Joni Mitchell en Los Ángeles: una deliciosa lección de vida

La legendaria trovadora, con la voz más grave que en su juventud, ilustró cómo se puede transmitir y emocionar aun con las capacidades alteradas, en un monumental concierto este sábado en el Hollywood Bowl

Joni Mitchell, este sábado en el Hollywood Bowl de Los Ángeles

Joni Mitchell, este sábado en el Hollywood Bowl de Los Ángeles / Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

Jordi Bianciotto

Los Ángeles
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¿Se canta siempre mejor a medida que se suman años? Mayte Martín aseguraba meses atrás en este diario que sí. Que pueden decaer algunas capacidades, pero “se gana en profundidad, en poso, que es lo que realmente importa”. Bueno, Joni Mitchell ha perdido, en efecto, cualidades vocales, aquellos altos tonos celestiales, porque se las ha tenido con la enfermedad (ese aneurisma de 2015) y con el desgaste de los materiales, pero no se puede decir que por ello cante peor, ni que no pueda emocionar.

Entendamos por cantar bien hacerlo con alma y transmitiendo de un modo que haga quedar en ridículo el trino del ruiseñor pop de la temporada. Así fue este sábado en esta reaparición en el Hollywood Bowl, de Los Ángeles. Sí, nunca pensé que llegaría a ver a Joni Mitchell en concierto, artista inédita en nuestros escenarios y retirada de las giras desde el año 2.000. A veces hacemos esta clase de cosas, y para allá nos fuimos. Y ella nos obsequió con un concierto mucho más serio de lo que habíamos podido imaginar.

Lo que comenzó, hace unos años, como una serie de sobremesas en el salón de su casa, la Joni Jam, con amigos como Brandi Carlile cantando para ella sus propias canciones en tiempos en que apenas podía hacerlo, creció y cobró otra estatura en este cinemático anfiteatro para 17.500 personas (y repetía el domingo). Sentada en su sillón dorado, con su boina, sus trenzas rubias y sus exquisitos acompañantes (una quincena, entre ellos Blake Mills, Jacob Collier, Marcus Mumford y Taylor Goldsmith; un dueto con Annie Lennox en ‘Ladies of the canyon’ y la voz cómplice de Carlile y otras cuatro más), ofreció un concierto monumental, poco que ver con la (emocionante) sorpresa frugal de hace dos años en Newport. 

Sorprendió con un recital caudaloso (más de tres horas, pausa incluida), con abundante material de sus álbumes más aventurados en la primera parte (un inaudito ‘Hejira’), y un poco más folk en la segunda, con ‘Big yellow taxi’ o ‘A case of you’. Versos que en su voz actual, de jugosos graves, sabia y despierta, y sabido el parte médico, sonaron a milagro y a lección de vida: aplausos cuando cantó que “algo se gana, algo se pierde, en vivir cada día” (‘Both sides, now’) y risotadas de la trovadora en el asalto swing a ‘I’m still standing’, de Elton John (“sigo en pie después de todo este tiempo”). Cerrando, un ‘The circle game’ compartido con el canto del público. Clímax que recordó que a cada edad le corresponde lo suyo, y a Joni Mitchell, un lugar en la atalaya de este juego circular.

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