LIBROS
Carlos Risco, autor de 'Objetos a los que acompaño': "Las cosas humildes y prácticas son una llamada a la cordura en un mundo que se consume demasiado rápido"
El periodista gallego presenta en su primer libro una galería de objetos de toda la vida que son más de lo que parecen, y que inspiran una forma de estar en el mundo más apegada a la tierra y más humana

Objetos acumulados en la casa en la que Carlos Risco vive en el campo gallego. / Felipe Ayala
Todo empezó con una cucharilla. Hace ya unos años, Carlos Risco vivía en una furgoneta aparcada "en una cala solitaria de Ibiza, donde me instalaba bajo un cielo increíble", recuerda. La cucharilla en cuestión era una de esas con una talla un tanto sofisticada, quizá de plata, aunque no está del todo claro. Y con la furgoneta, camperizada y con algunas comodidades, el periodista orensano ejerció de nómada durante varios años, a veces en medio del paraíso mediterráneo, otras en lugares menos glamurosos. Aquel día estaba en ese pequeño hogar móvil y se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo subsistiendo con un menaje para el desayuno bastante exiguo: la cucharilla, un par de tazas y un par de pequeños platos. Al posible invitado (o invitada, un tipo de visita más recurrente) había que removerle el café con el mismo utensilio. Pero, ¿quién necesitaba más?
Comprender cómo esa pequeña pieza de metal se había convertido en esencial en su vida, hasta el punto de tener un vínculo emocional con ella, le llevó a escribir un texto que ahora describe, con bastante cachondeo, como “una oda a la cucharilla”. Y también a pensar que la mirada que él, un solitario de vida austera, vertía sobre las cosas más sencillas que le rodeaban, desde una vieja cesta metálica para los huevos hasta unas gafas de pasta sesenteras compradas en Wallapop, era más bien la de una persona que observaba a sus amigos. Unos amigos inertes, sí, pero tremendamente útiles. Además de muy queridos.
El texto sobre la cucharilla de café es uno de los cien que conforman Objetos a los que acompaño (Círculo de Tiza), el primer libro que publica. En él se recogen las columnas, aquí acompañadas de una estupenda ilustración de Iria Cortizo para cada uno de los objetos, que hasta hace unos meses han ido saliendo en el diario local de su provincia, La Región, además de un puñado que añadió en la recta final del libro. La mayoría de esos artículos los ha escrito en los últimos tres años, tras regresar a casa después de pasar casi dos décadas viviendo en una pequeña buhardilla de Lavapiés, en una roulotte varada en un campo aislado de Ávila o dando tumbos con una moto o con la furgoneta ya mencionada por lugares tan alejados en el mapa, que no tanto en espíritu, como la India o la isla Pitiusa.
Vuelta a las raíces
Ahora, Risco ve la vida pasar desde la balconada de una humilde casa de piedra que se compró en medio del rural gallego, pero a apenas 15 minutos en coche del piso en el que vive su madre en el centro de Ourense, todavía el centro neurálgico en torno al que se reúne una familia extensa y bien avenida. Cuando ya se tienen cuarenta y muchos y “se la ha dado la vuelta al jamón”, como él suele decir bromeando, las raíces vuelven a ser importantes. Y en ese arraigo también tienen un papel fundamental las cosas, esas cosas tangibles y a menudo hermosas con las que convivimos.
La galería de objetos que recoge en el libro es amplia: hay una vieja bicicleta Peugeot, los fósforos Golondrina con los que enciende la estufa y la cocina económica, el flexo de aluminio que acompaña la lectura y escritura, la escoba de espigas perfecta para el suelo rústico o un incensario de bronce comprado en la India, uno de los pocos que ha traído de sus viajes. También está el chaquetón Barbour que una vez le regaló la prestigiosa marca británica, cuando era periodista de estilo de vida y le tocaba dar cuenta de los últimos caprichos del mundo del lujo. Caros (muy pocos) o baratos, de materiales nobles o más bien plebeyos, a casi todos esos objetos les une una característica: no son meros adornos, sino que tienen una función práctica.
En su refugio campestre, casi la única casa habitada de una de esas aldeas en ruinas tan habituales en la Galicia interior, el piso de abajo, donde un día estuvo la cuadra, es donde tiene los instrumentos y donde a menudo los toca con amigos: el escritor primerizo también es músico veterano, aunque nunca haya vivido de eso. En el de arriba, más solitario, está el piano, que toca con torpeza porque lo suyo ha sido siempre la guitarra. Ese piano de pared Offberg, que también es repisa para libros y quincallas varias, es otro de los objetos recogidos en el libro. Lo compró muy barato de segunda o tercera mano, y llegó de Valencia. De él escribe: “Suena oscuro y meloso y está levemente desafinado, lo que le añade sinceridad. En él cabe el universo entero, resonancias mágicas de armónicos que recuerdan la perfección incomprensible de todo lo vivido. Tocarlo en la quietud campesina es abrir esa puerta al cosmos. Allí adentro, para quien lo escuche, está la gran verdad”.
Por si todo lo anterior pudiera transmitir la idea de una persona apartada del mundo, el autor se esfuerza en aclarar que no es así. Aunque lo haga en bicicleta y atravesando bosques, Risco va todos los días a trabajar a una oficina bastante moderna, rodado de gente. “Me gusta la soledad, es atractiva y adictiva, pero también me gustan las personas, claro, y me encanta hacer fiestas", explica el autor a este diario. "Me gusta que la gente me recuerde quién soy, verme a través de mis amigos y mi gente querida. Estar solo a lo bestia no mola. Pero estar solo haciendo lo que a ti te gusta, si estás medianamente conforme con la vida, es como estar en un spa”.
Me gusta la soledad, es atractiva y adictiva, pero también me gustan las personas [...] Estar solo a lo bestia no mola"
Tampoco, aunque lo pueda parecer, es un militante antiprogreso. La mayoría de los objetos de los que escribe son antiguos, cacharros y prendas de toda la vida, pero en el bolsillo lleva un iPhone y sus artículos los teclea en un Mac. Su trabajo, de hecho, tiene bastante que ver con la comunicación digital. “Soy un poco impostor [risas]. Vivo en el campo pero no tengo ni idea de llevar una huerta [aunque la tiene, con éxito relativo]. La leña me la cortan, yo solo hago astillas… Y me gusta tener un buen ordenador y estar bajo cobertura 5G. Estamos en estas, volviéndolos tarumba con las redes y ese tipo de cosas, pero no se puede ir para atrás”, dice resignado.
Nostalgia solo material
Risco no tiene nostalgias de sociedades o hábitos pasados, pero sí que aprecia cómo se construían las cosas antes. Que estas estuviesen pensadas para perdurar. Su bestia negra es la obsolescencia programada. "Se le puede hacer un canto de amor a un iPhone, claro, porque te hace la vida fantástica. Pero es un canto de amor y un adiós, porque en cuatro años lo tienes que tirar" [más risas]. En cambio, esos otros objetos de los que habla, los bien hechos, nos sobrevivirán. “Cuando me muera, los venderán mis sobrinos en el Rastro -bromea-, y se los llevará otro que les seguirá dando uso”.
No hay que verlo con nostalgia, pero esa radio sigue funcionando hoy, y las golosinas que estamos usando ahora, esos altavoces bluetooth… todo muere y va directamente a la basura"
Para él, “desde la Segunda Guerra Mundial ha habido una explosión descomunal. Antes se fabricaba de otra manera. La radio Philips Philetta de baquelita de la que hablo en el libro, y que era la que había en cualquier casa de gente trabajadora, la hacía un señor holandés en una fábrica donde la soldaba y la montaba con sus manos, casi como si fuera un mueblecito. Ese mundo ya se ha ido. No hay que verlo con nostalgia, pero esa radio sigue funcionando hoy, y las golosinas que estamos usando ahora, esos altavoces bluetooth… todo muere y va directamente a la basura”. Por si acaso, él le ha instalado a esa radio un pequeño receptor bluetooth para poder escuchar Spotify. No es contradicción, sino mera adaptación de la especie.
Si Carlos Risco regresó a sus orígenes y se convirtió en lo que últimamente se ha dado en denominar neorrural, pero sin dogmatismos ni proselitismos de por medio ("ya somos demasiado mayores como para decirle a nadie lo que tiene que hacer", opina) fue porque se cansó del ruido. Necesitaba un poco de silencio y de soledad. Y es en ese silencio donde, como dice la escritora María Sánchez en el prólogo del libro, si nos dejamos acompañar por la presencia de los objetos "podremos escuchar historias y maneras distintas, por qué no, de estar en esta tierra que, quizás, lleva demasiado tiempo pidiendo otros ritmos y mañanas. ¿Seremos capaces de prestar atención?".
Esa atención que demanda el planeta preocupa al autor y está muy presente en su discurso. "Soy optimista porque estar vivo es cojonudo y porque el planeta y sus criaturas son increíbles: anochecer con la lechuza, amanecer con los pájaros... Y lo mismo si vives en la ciudad. Pero sin querer ser agorero de nada, esta forma de funcionar no se aguanta, mandando paquetes de Aliexpress a lo bestia a todo el mundo y viajando sin ningún rubor. Que por otra parte, quizá es lo que tenemos que hacer para aguantar este horror de horarios y de ritmos de vida. Escapar, porque no queda otra manera de soportar esto".
Quizá porque Risco no tiene ni quiere tener hijos, la idea de transmisión, ese mundo que heredamos y que después dejamos a los siguientes, atraviesa todo el libro. Un libro por el que también transitan los padres y sus recuerdos, las historias familiares y los hábitos de un pueblo, el gallego, lleno de contradicciones. Sus páginas transmiten sosiego, el del chisporroteo del fuego en la estufa y el repicar de la lluvia nocturna. Pero también hay en él una cierta llamada de atención, tranquila, sin alarmismos, para que cuidemos lo esencial, lo que nos hace la vida más fácil o más feliz. Sea esto de hierro, de madera o de carne y hueso.
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