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SERIES

'El ala oeste de la Casa Blanca', el delirio televisivo de Aaron Sorkin que planteó un mundo mejor hace 25 años

La serie que hizo de la política americana una adictiva forma de entretenimiento mantiene su vigencia para una legión de espectadores de todo el mundo, y ha celebrado su cuarto de siglo visitando los escenarios reales en los que se inspiraba

Martin Sheen, en el atril presidencial de la Casa Blanca flanqueado (a su dcha.) por Jill Biden y rodeado por el equipo de El ala oeste de la Casa Blanca.

Martin Sheen, en el atril presidencial de la Casa Blanca flanqueado (a su dcha.) por Jill Biden y rodeado por el equipo de El ala oeste de la Casa Blanca. / Manuel Balce Ceneta / AP

Carmen López

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Hace 25 años que se emitió el piloto de El ala oeste de la Casa Blanca y aún no ha habido en Estados Unidos un presidente tan carismático como el que Martin Sheen interpretó durante siete años en la televisión. Ni siquiera Obama, con todo su flow y su –cuestionado– Premio Nobel de la Paz, consiguió alcanzar las cotas de popularidad de ese mandatario salido de la mente de Aaron Sorkin. Quizá consciente de que el electorado del país necesita un poco de ilusión, hace unos días la Primera Dama Jill Biden organizó un acto de celebración del 25 años del estreno de su piloto en la que será su residencia hasta el próximo noviembre. Y Bartlet volvió al trabajo.

Martin Sheen, Richard Schiff, Dulé Hill, Janel Moloney, Emily Procter, Melissa Fitzgerald y Mary McCormack (el Presidente Bartlet, Toby, Charlie, Donna, Ainsley Hayes, Carol y Kate, en la ficción) acudieron junto a Thomas Schlamme y Aaron Sorkin, director y creador de la serie respectivamente, al evento. Se les recibió con una banda que tocó la sintonía del programa y se sirvieron cócteles de bourbon y ginger ale llamados Jackal, en referencia al baile y playback de la secretaria de prensa del gabinete CJ Cregg a la que interpretaba Allison Janney. Ni ella ni otros compañeros del reparto como Rob Lowe o Bradley Whitford pudieron asistir porque tenían otros compromisos laborales.

El acto solo podría haber sido más 'sorkiniano’ si él mismo hubiese escrito el guion. Cuando Martin Sheen se puso ante los micrófonos se transformó en Jed Bartlet automáticamente, como si él fuese el que da vida a Sheen y no al revés. De hecho, en su intervención leyó el poema Donde la mente está sin miedo de Rabindranath Tagore, que termina con el verso “dejad que mi país despierte”. Casi parecía que iba a anunciar que sería él y no Kamala Harris quien se presentase a las elecciones, pero optó por animar a la gente a encontrar un motivo por el que luchar.

Sorkin también habló y dejó caer que se le habían ocurrido algunas ideas para un par de episodios mientras caminaba por la Casa Blanca, pero rápidamente desinfló el globo de emoción ante la posibilidad de un reboot. “Sospecho que un nuevo presidente tendría dificultades para estar a la altura de los recuerdos que la gente tiene de Martin”, recogió Variety. “Pero tal vez haya pasado suficiente tiempo y sea una generación completamente nueva. Una generación que, por cierto, gracias al streaming, ¡piensa que estamos haciendo el programa hoy!”.

Que 25 años son algo

Seguramente lo dijo en broma, pero de ninguna forma El ala oeste de la Casa Blanca podría pasar por una producción actual. No solo por su estética, aunque ya con eso sería bastante, sino porque su formato pertenece a otra época en la que las series no estaban pensadas para el atracón (pese a que sus fans la tengan entera para tragarse una temporada tras otra sin descanso en la plataforma HBO Max). Además, sin tener presente que se rodó hace más de dos décadas sería complicado no atragantarse con algunos aspectos, si bien la vejez no le ha sentado tan mal como a otras de su generación. Quizá lo peor de todo sea el rasgo de salvador blanco del mandatario, porque en cuestiones delicadas como la igualdad de género o la homofobia casi se salva. La oda al capitalismo es inexcusable pero bueno, es que es del Partido Demócrata más status quo, no Bernie Sanders.

La ficción de Sorkin es prácticamente una utopía política en la que todos los personajes son listos y saben hablar y caminar al mismo tiempo a buen ritmo (parece fácil pero no todo el mundo posee la capacidad natural para hacerlo). El presidente de Estados Unidos tiene un Premio Nobel en economía –Roosevelt, Woodrow Wilson, Jimmy Carter y Obama también tienen uno, pero de la paz–, es culto hasta la repelencia, tiene sentido del humor y una férrea integridad moral. Esto último a veces le causa problemas internos (si no, no habría serie) pero siempre tiene a su lado a su equipo al que escucha antes de tomar decisiones. Además es un marido fiel, padre de tres hijas y aunque es cristiano devoto (en su juventud pensó en meterse a cura) no deja que su fe le nuble el criterio. Un líder del mundo libre [palabras de Sorkin] que cree en el consenso, en la posibilidad de acuerdos entre partidos enfrentados.

Los miembros de su gabinete no llegan a tal nivel de virtud, pero por poco (de nuevo, sin sus fallos no habría serie). Toby Ziegler, director de comunicaciones, es un barbudo taciturno que se escora más a la izquierda que sus compañeros –podría decirse que es socialista (hasta tiene americanas de pana y consigue salvar la Seguridad Social en una noche de insomnio) pero en el universo Sorkin esa palabra no está permitida– y su ayudante Sam Seaborn es un abogado que gana mucho dinero pero que lo deja todo cuando Josh Lyman, adjunto al jefe de gabinete de la Casa Blanca, va en su busca para ficharle. Lo mismo que C.J. Cregg, la secretaria de prensa, aunque a ella la recluta Toby. A su alrededor pululan otros personajes indispensables como Charlie, ayudante personal del presidente; Leo McGarry, jefe de gabinete, amigo de Bartlet y exalcohólico, y Donna Moss, la ayudante de Josh.

Demasiado ejemplar

El tema principal de la serie es el gobierno. Todas son Personas de Estado con mayúsculas y viven para servir a Estados Unidos porque es el mejor país del mundo, eso queda clarísimo. Las tramas sentimentales quedan en segundo plano (hay la cantidad justa de salseo para dar humanidad) pero siempre, siempre, siempre, su labor de servicio público está por delante. Aunque el patriotismo no sea algo inusual en las ficciones estadounidenses, el nivel que alcanza El ala oeste de la Casa Blanca es sonrojante en muchas ocasiones, así como el de devoción por el presidente. La frase “no hay nadie en esta sala que no preferiría morir antes que decepcionarle”, que Toby susurra a Bartlet en un momento crítico en el Despacho Oval, es un ejemplo que representa bastante bien la cota de vergüenza ajena que puede llegar a alcanzar.

Sorprendentemente, ese personaje, interpretado magistralmente por Richard Schiff, que habría dado un órgano vital por su jefe si hubiese hecho falta, tiene un final injusto en la serie al ponerle como traidor. El propio actor se quejó en público de ese giro del guion, que hace que Toby filtre información confidencial y cuando confiesa lo que ha hecho, se niega a revelar su fuente. El presidente le expulsa, obviamente, y tiene que enfrentarse a un proceso judicial que no le duele tanto como el rechazo de sus colegas y la decepción de Bartlet, el Dios al que le reza (junto a Yahvé, porque va a la sinagoga todos los sábados).

De hecho, la realidad del plató no era precisamente idílica. En la segunda temporada, Rob Lowe abandonó la serie porque no estaba de acuerdo con la atención que se le prestaba a su personaje y en teoría por motivos económicos. El tema del dinero también hizo que otros compañeros de reparto se plantasen para pedir subidas salariales, que finalmente consiguieron. Por su parte, Sorkin, que hasta el momento había escrito casi en solitario todos los capítulos, abandonó la producción en la cuarta temporada por desacuerdos con la NBC (aunque hay diferentes versiones acerca de cuáles eran y entre ellos se señaló la dificultad que planteaba trabajar con él y sus manías).

Aunque la salida de Sorkin fue un golpe para la serie, aguantó tres temporadas más en antena. Con el tiempo perdió audiencia, no tanto porque bajase la calidad sino por el cambio en la manera en la que se ve la televisión. Además, la administración de George W. Bush hizo que la fantasía de tener un jefe de Estado mínimamente competente se alejase cada vez más de la realidad. El carácter de Los Soprano, que se estrenó el mismo año, se acercaba un poco más al sentimiento de la población que el de los inteligentísimos, divertidos y respetables personajes de la ficción política.

Alimento para el fandom

El cocktail en la Rosaleda de la Casa Blanca orquestado por Jill Biden (por cierto, su marido estaba en Delaware reunido con los líderes de Japón, India y Australia, pero antes de irse se hizo unas fotos con esos invitados televisivos en la sala de mapas), no es la primera reunión del elenco tras el final de la serie, ni mucho menos. Hace apenas una semana, Allison Janney, Dulé Hill, Richard Schiff y Janel Moloney entregaron el Emmy a la Mejor Serie Dramática (Shōgun) en un escenario caracterizado como el Despacho Oval. Estaban como en casa, tanto por la referencia a la residencia presidencial como por la gala, porque a lo largo de sus siete años de emisión, la serie acumuló 26 premios Emmy y tres Globos de Oro.

Por supuesto, aprovecharon la ocasión para hacer una crítica a los políticos de su país y alentar a la gente a acudir a las urnas. Como en 2020, cuando grabaron A West Wing Special to Benefit When We All Vote [la iniciativa de Michelle Obama para promover el voto], una especie de lectura teatralizada del episodio Hartsfield's Landing, en la que además de la mayoría del elenco, aparecieron Bill Clinton, Lin-Manuel Miranda o la misma Michelle. Se emitió en octubre de aquel año en HBO Max, en Estados Unidos y los fans de todo el planeta rastrearon Internet para encontrar la manera de verlo. Como curiosidad: según el diario La Nación, entre sus numerosos seguidores hay gente tan despistada como Santiago Caputo, principal asesor del presidente de Argentina Javier Milei. Por lo visto, la tiene como guía laboral así que cabe pensar que posiblemente no ha entendido nada de ella, aunque parece que la ha visto más de siete veces.

Además, en 2023, muchos de los actores y el propio Sorkin apoyaron la huelga del Sindicato de Guionistas en Hollywood (el hijo de Schiff lo es) y Sheen dio un discurso de ánimo en la primera línea de los piquetes. Todas son acciones que les colocan en el lado de los buenos, en el de las personas que se preocupan por el bienestar común. Como si el creador de la serie escribiese el guion de cada aparición pública en grupo para preservar el espíritu de su programa. Ánimo con ello, Aaron.