FESTIVAL MÚSICA
Kalorama Madrid capea como puede el temporal gracias a Postal Service, Death Cab For Cutie y LCD Soundsystem
El veinte aniversario de los dos mejores discos de Ben Gibbard y la rodadísima batidora punk funk de James Murphy capitalizan el interés de una primera jornada que reúne mucho menos público del esperado

LCD Soundsystem en el Kalorama Madrid. / Sharon Lopez
No es un secreto: Madrid no ha sido tradicionalmente una plaza fácil para los grandes festivales. Es más, en ocasiones puede llegar a ser el Waterloo de algunas grandes citas cuya expansión pasa precisamente por ella. Algo más que una piedra en el zapato. Que le pregunten al FIB (aquel efímero Saturday Night Fiber de 2008) o al Primavera Sound (una única edición capitalina, en 2023), tramados desde Benicàssim y Barcelona y condenados a no repetirse. Ojalá no sea también el destino de Kalorama Madrid, que celebra ahora su primera edición en paralelo a la tercera consecutiva que tiene lugar en Lisboa, y lo hace a consecuencia del desacuerdo institucional que su promotora, la bilbaína Last Tour, tuvo a principios de este año con el ayuntamiento de Mijas, que cambió en 2023 de signo político e hizo embarrancar la que iba a ser tercera edición del festival Cala Mijas. Al anuncio de su supresión le sucedió, en solo cuatro días, el nacimiento de Kalorama Madrid: fue a finales de abril. A rey muerto, rey puesto. Y en tiempo récord. Un nuevo festival a celebrar en Ifema, cuyo cartel se desveló con menos de cuatro meses de antelación. A ojímetro de alguien que lleva muchos festivales acumulados en los últimos treinta años, y a falta de cifra oficial por parte de la organización, uno diría que anoche había en el recinto ferial madrileño entre 10.000 y 15.000 personas, muy por debajo de las más de 30.000 diarias que reunía el MEO Kalorama lisboeta en sus últimas ediciones o el Cala Mijas en 2022 y 2023. Algo menos de la mitad de lo previsible y deseado. Algo que concuerda con la oferta de última hora de abonos a la mitad de precio que se estaba ofertando desde algunas plataformas, y que ha soliviantado los ánimos de quienes tenían su pase comprado al precio de salida estipulado hace unos meses.
El temporal que se cernía sobre Ifema no era solo metereológico, porque a los truenos que se podían sentir a primera hora de la tarde al noreste de la ciudad – y que por suerte pasaron de largo –, así como una lluvia que afortunadamente solo irrumpió un rato sobre las once de la noche, había que sumar el aspecto algo desangelado que ofrecía un recinto muy por debajo de su capacidad. Quizá se salvaron los muebles y no pueda hablarse de batacazo, menos aún teniendo en cuenta que Kalorama Madrid no tiene un reclamo de la potencia – hay que reconocerlo – de unos Arcade Fire, unos Strokes, un Nick Cave, unos Arctic Monkeys o unos Chemical Brothers (lo más parecido sería la presencia de Massive Attack el sábado), nombres que sí pasaron estos últimos años por Lisboa y Mijas, pero es evidente que la enorme explanada frente a su escenario grande quedó más que infrautilizada. Eso sí, el recinto se reveló más que idóneo por accesos y distribución de espacios. Todo comodidad.
Y eso que la de anoche era, en conjunto, su jornada más vistosa. Sobre todo por el doble cartel de Postal Service y Death Cab For Cutie, los dos proyectos encabezados por el norteamericano Ben Gibbard, celebrando de forma conjunta el veinte aniversario de sus respectivos Give Up y Transatlanticism, ambos de 2003, y por la siempre solvente presencia del también veterano James Murphy y sus LCD Soundsystem. Apenas sonó anoche una canción compuesta en el último lustro entre los dos (o tres, mejor dicho) cabezas de cartel: New Body Rhumba, sencillo que LCD Soundsystem publicaron en 2022. Los highlights de la noche fueron hits que en su gran mayoría tienen más de quince o veinte años. El mundo pre covid. Lógico que el público estuviera compuesto, en gran medida, por gente de más de cuarenta años.
Set previsible
El doble aniversario celebrado por Ben Gibbard y los suyos tuvo eso que los bolos conmemorativos de álbumes suelen tener: la previsibilidad, la ausencia de factor sorpresa, el mecanicismo. Sabes exactamente qué y en qué orden van a tocar. Sonó, eso sí, impecable, con un pletórico Gibbard, que canta mejor que nunca y oficia de frontman eficiente y versátil pero sin exceso de protagonismo, que por algo procede de la trinchera del indie rock norteamericano de los noventa. Las canciones más reflexivas y serenas del álbum más certero de Death Cab For Cutie cuajaron mejor que las más explosivas: me resultaron más seductoras Tiny Vessels o la enorme Transatlanticism (vale por toda una discografía de otros) que The New Year o The Sound Of Settling. Tan solo Gibbard y el guitarrista Dave Depper (su compañero de maratones y trials de montaña) volvieron a salir a escena, ya mudados del negro al blanco total, para abordar a continuación aquel prodigio de pop electrónico que fue el único disco de Postal Service, que conecta con el coetáneo de DCFC por su forma de retratar, desde un prisma algo más superficial y liviano, el reconcomio que surge de las relaciones sentimentales a distancia.
Y lo que quizá le falta a ese disco – en comparación con su hermano guitarrero – de hondura emocional lo gana sobre el escenario en cromatismo, dinamismo (Gibbard le da hasta a la batería) e incitación al baile, también gracias a la presencia de la elegantísima Jenny Lewis: su dueto pimpinelesco con Ben Gibbard en Nothing Better, así como el delicioso estruendo al principio de Natural Anthem, fueron de lo mejor de un set coronado en esta gira por una mimética versión de Enjoy The Silence de Depeche Mode a la que no le veo más necesidad que el puro capricho: aunque suena como los ángeles, parece querer quitarle importancia a lo suyo, como si su bonito hito indietrónico de 2003 fuera poco más que un hijo apañado del synth pop de principios de los noventa. ¿Al final fue tan solo eso?
Lo de LCD Soundsystem fue un triunfo tan indiscutible como previsible. La túrmix disco punk funk de James Murphy y sus secuaces podría interpretar Tribulations, Daft Punk Is Playing At My House o Someone Great con los ojos cerrados. Pocos como James Murphy han sido tan inteligentes a la hora de sacarle brillo al reciclaje sonoro de los primeros tres lustros de nuestro siglo y convertirlo en pildorazos para la pista de baile (esa enorme bola de espejos colgando de la parte superior del escenario), cuyo poder de sugestión se antoja igual de efectivo en una gran explanada. No fallan. Antes, The Kills habían cubierto en el segundo escenario la cuota de rock electrizante y atávico, con una Alison Mosshart mayestática, puro calambrazo, siempre irradiando esa supurante tensión sexual cuando entra en contacto con su compinche Jamie Hince a la guitarra, no importa que ambos hace tiempo que no sean pareja fuera del escenario. Sufrieron el solazo de cara de la siete de la tarde, pero se sobrepusieron con la misma garra y entrega de siempre. Intensos, irreprochables. La tarde había comenzado a primera hora con los británicos English Teacher, tan solo un álbum bajo el brazo, a medio camino entre la rabia de Porridge Radio y los desarrollos instrumentales de Black Country, New Road. Algo faltos aún de definición, me temo. Algo que les sobra, por el contrario, a los neoyorquinos Nation of Language, que saben mejor a qué juegan: un pop electrónico que se mira en Depeche Mode, Talk Talk u OMD, directo y elocuente, sin trampa ni cartón pero más que resultón. Cuentan con tres discos, claro. En la parte más electrónica del cartel, me resultó más estimulante el pase del británico Joe Goddard (verso suelto de Hot Chip) que el del francés Folamour, aunque tuviera la teórica baza en contra de que su set fuera aún con el sol brillando, y no de noche, como el galo. El festival continúa hoy viernes con The Prodigy, Raye o Fever Ray, entre otros, y concluye mañana sábado con Massive Attack, Sam Smith, Jungle o Peggy Gou.
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