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Mañach, el hombre que abrió París a Picasso: "El centro de sus disputas fueron las cuestiones económicas y el excesivo control"
El experto Rafael Inglada publica la biografía del primer marchante del pintor malagueño, otra nota a pie de página del cosmos picassiano

Pablo Ruiz Picasso y edificios singulares de la ciudad de Málaga. / ARCHIVO
El universo Pablo Picasso sigue expandiéndose en personajes, análisis, teorías y vivencias; numerosos expertos en la existencia y obra del pintor investigan su día a día no sólo para revelar aspectos hasta ahora desconocidos sino también para ampliar lo que hasta ahora eran simples notas a pie de páginas, nombres y apellidos en su segundísimo plano pero que contribuyeron decisivamente a la leyenda picassiana. Acaba de publicarse Pedro Mañach, primer marchante de Picasso, otro pionero trabajo del picassiano de picassianos, Rafael Inglada, coescrito con Mariàngels Fondevila Guinart, que presenta en extenso al industrial catalán con sensibilidad artística que, deslumbrado por el pintor de la malagueña Plaza de la Merced, ejerció como mediador entre las galerías y el pintor, salvándole, además, de notables apuros económicos.
Pedro Mañach era el heredero de una familia de industriales catalanes dedicados a la fabricación de cerraduras y cajas fuertes. Pronto escuchó en Barcelona el runrún cultural de París y se marchó a vivir una ciudad que por aquel entonces era un mundo. Allí se empeñó en representar y dar a conocer a jóvenes artistas españoles del momento que buscaban un hueco en la sobrepoblada escena creativa del momento. Uno de ellos fue Picasso, entonces un desconocido en el bullicioso París de comienzos de 1900. Muchos críticos habían puesto sus ojos pero también sus afiladas garras en la obra del español: decían que trabajaba "con demasiada precipitación" y "excesivo apego a sus influencias".
Talento
A Mañach no le importaban tales opiniones; confiaba en el talento de ese chaval de apenas 19 años. "Mañach quedó gratamente impresionado por el trabajo de Picasso, con quien apalabró la venta de tres pequeños pasteles, de temática taurina, a manera de ensayo de venta. Pero más impresionado quedó aún por la rapidez con que se desprendió de estos: la galerista Berthe Weill, a quien se los ofreció, los compró de inmediato por la cantidad de 100 francos", detalla Inglada. Fue sólo el principio: el catalán organizó la venta de su primer lienzo destacado, Le Moulin de la Galette, poco después de haber sido terminado, y, en 1901, planeó la primera exposición importante de Picasso en París, en la galería Vollard, con una nutrida muestra de obras, la mayoría sobre cartón. Las puertas de Francia y, por lo tanto, del arte moderno se abrían de par en par para ese joven malagueño que había llegado a Francia con una mano delante y otra detrás.
Pero Mañach fue más que un vendedor para el malagueño. Le puso un sueldo mensual para sus gastos elementos e, incluso, se alojó un tiempo en la casa del catalán, el 130 del Boulevard de Clichy, algo que trajo consecuencias imprevistas: la Policía sospechaba que el industrial era un ávido anarquista y organizaba en su residencia reuniones de simpatizantes de la caus. Y es que en aquella época el anarquismo era especialmente activo y violento en Francia: recordemos que grupos anarquistas pusieron una bomba en el Parlamento del país y asesinaron al presidente Sadi Carnot. Poca broma: Pablo Picasso fue vigilado por las autoridades galas entre 1901 y 1940 por su amistad con Mañach. Los documentos policiales que testimonian el seguimiento a Picasso, rescatados por Pierre Daix y Armand Israël, dejan momentos impagables como éste: "Mañach dio asilo a Pablo Ruiz Picasso, quien recibe visitas de desconocidos, cuyos horarios son muy irregulares, volviendo muy tarde por la noche e incluso no volviendo de noche. Sin embargo, no se ha detectado su presencia en reuniones anarquistas ni la portera le ha oído emitir comentarios subversivos". En realidad, desmiente el experto Rafael Inglada, Mañach no era anarquista: "Realmente, la policía siempre confundió en sus pesquisas la ideología catalanista de Mañach, de las cuales hacía gala, con el anarquismo, de lo que era acusado constantemente".
Error
Asegura Inglada que fue un error la idea de compartir estudio Picasso con Pedro Mañach. El malagueño se quedó con la pieza más grande de las dos que conformaban el taller de Clichy, pese a ser el catalán quien pagaba el alquiler de la vivienda. Además, cuentan que el industrial controlaba todos los movimientos del pintor con cierta obsesión. Y aquí entra una hipótesis: Pedro Mañach era homosexual y se sentía atraído por el pintor. Escribió esto James Lord: "Una vez le pregunté a Françoise Gilot [expareja de Picasso] si sabía si Picasso había tenido alguna vez una relación homosexual. Me contestó que estaba segura que sí, porque de joven vivió un tiempo con Max Jacob y en aquella época también era íntimo de un marchante, escritor y experto en arte español que tenía una personalidad muy poderosa y dominaba a Picasso, quien a menudo se definía como homosexual honorario". Y Mary Mathews Gedo también apuntó: "Mañach estaba menos interesado en su genio que en su cuerpo".
El centro de las disputas fueron las cuestiones económicas y el excesivo control de Mañach. Jamás sabremos si este le debía dinero a Picasso
La convivencia pasó factura y aquella relación terminó enfriándose: "Seguramente, el centro de las disputas fueron las cuestiones económicas y el excesivo control de Mañach. Jamás sabremos si este le debía dinero a Picasso, si este obras a él, si ambas cuestiones estaban enlazadas por un delicado hilo que, al final, terminaría rompiéndose", señala Inglada. Pere Mañach y Pablo Picasso partieron peras tras poco más de un año de amistad; a pesar de ello, el catalán siguió ayudando y coordinando algunos exposiciones para el malagueño. Testimonio de esa corta pero fructífera amistad es el retrato Petrus Mañach, una obra de Picasso muy singular: al parecer, el malagueño primero vistió a su mentor de torero y, por alguna razón, se arrepintió y le dotó de otro atuendo, aunque queda la corbata roja como recuerdo a la Fiesta. Cuando la viuda de Pere Mañach, Josefa Ochoa, ofreció en los años 50 al Ayuntamiento de Barcelona el retrato de su marido la respuesta fue: "Picasso, ¡ni hablar!". La política seguía persiguiendo al malagueño en esa España franquista que lo despreciaba. La obra cuelga hoy en la National Gallery de Washington.
Negocio familiar
Mañach fue marchante durante pocos años: la muerte de su padre le llevó a asumir las riendas del próspero negocio familiar. Eso sí, nunca se alejó del todo del arte: uno de sus más íntimos amigos fue Antoni Gaudí -de hecho, fue uno de los pocos amigos que acompañaba al arquitecto en las horas previas a su muerte-, y, como se puede leer en un artículo de La Vanguardia de 1911, cuando se inauguró la tienda de cajas fuertes Mañach, diseñada por Josep Maria Jujol -a la postre, otro gran amigo de Mañach-: "Mañach es de los pocos, por no decir el único industrial de Barcelona, que se afana de continuo en dar a sus trabajos el carácter moderno y artístico que les imprime una distinción personal".
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