CRÓNICA
¿Dónde está David Bisbal? El OT de Violeta, Chiara, Martin y Juanjo no es lo que era (sólo dos triunfarán)
Sólo unos pocos del programa liderado por Noemí Galera pasan el examen de un WiZink Center hasta los topes

Ruslana, Martin, Naiara y el resto de participantes de OT 2023 en el WiZink Center. / EFE

Una niña sostiene una pancarta a las puertas del WiZink Center. Quedan 20 minutos para que comience el primero de los dos conciertos de Operación Triunfo 2023 en Madrid. Y ella, sumamente nerviosa, levanta su alegato mientras su madre saca las entradas. Como si de una procesión se tratase, lleva la oración por bandera: “Lucas, te amo”. A su alrededor, un grupo de chicos la vitorean. Y, claro, ella no puede contener la emoción: su gran favorito está a punto de salir al escenario. Entonces, corre. Y, en cuestión de segundos, se planta ante una marea de adolescentes eufóricos que, al acabar la gira, apenas se acordará de la primera hornada alumbrada por Prime Video. No hubo ningún David Bisbal en las dos horas y media que duró la cita… y se notó.
Arrancaron con Libertad, de Nil Moliner. Y, para entonces, las dudas ya estaban más que disipadas: sólo Naiara y Martin tienen el duende suficiente como para permanecer. Hipnóticos y eléctricos, fueron los únicos en sacar punta a su diferencia. Desafinaron, pero menos que el resto. Un triunfo, nunca mejor dicho. Sobre todo, cuando algunos compañeros no clavaron ni una nota. Por un lado, ella es solvente y alocada. Usa el histrionismo como baza. Y, oye, frente a la apatía musical de la mayoría, su estrategia convence. Por otro lado, él conecta con la masa al instante. Sabe cómo mirarla y hablarla. Hay un brillo en sus ojos que exalta aquello que hace sobre las tablas. Y no es poco. Aunque no son Bisbal, tienen carisma. El primer paso para desmarcarse.
Así lo demostraron con Let’s Get Loud y Alors On Dance, de Jennifer Lopez y Stromae. Posiblemente, las dos actuaciones más auténticas de la velada. La honestidad con la que ambos se están enfrentando al tour no es común en el resto de participantes. A Ruslana, por ejemplo, que contaba con grandes avales, la ha engullido un personaje bobalicón que le ha restado cierta credibilidad artística. Fue una de las que más pasiones despertó, es verdad. Pero corre el riesgo de perder el nervio que casi la corona en el programa. No tenía que haber cantado el SloMo de Chanel, sino el Let Me Out de Dover. Es como si Bisbal, en vez de interpretar ¿Y si fuera ella?, hubiese optado por La casa de Inés. Incongruente, ¿no? Aquí, igual.
Ni Álex Márquez ni Omar Samba tuvieron su mejor pase. ¿Nominados? Si hubiera sido una gala, por supuesto. Su exceso de energía fue desproporcionado. Pensarían que, cuantos más botes y más gritos, mejor. Y no. Aunque, bueno, hay que reconocerle al segundo el aplomo de escoger La canción más hermosa del mundo, de Joaquín Sabina. Para lo que podría haber sido, no estuvo mal. Con Cris sucedió lo contrario: le faltó garra para despuntar. Tenía la voz, pero poco más. No hubo soltura ni genio. Lo mismo que en el concurso. De ahí que no llegase más lejos. Con los años, si sigue en la industria, y lo trabaja, puede encontrar su hueco… y su personalidad. Si no, seguirá siendo uno más. Como le acaece a Suzete y Bea. Y no a Bisbal.
El rigor de Juanjo y Salma
A Denna y Álvaro Mayo les hubiese venido de fábula un par de meses más en la academia. Sonaron dubitativos y temblorosos. El espacio se les quedó grande. Quizá, por no dominar una técnica que brilló por su ausencia. Juanjo y Salma, por contra, lucieron precisión por los cuatro costados. Tal vez, demasiada. A sus versiones de El patio, de Pablo López, y Cuando zarpa el amor, de Camela, les faltó entrega. Su torrente vocal no fue capaz de levantar dos canciones que podrían haber brillado y que, vaya, se hicieron más largas que cortas. Bonitas, pero aburridas. La diferencia entre ser David Bisbal y Manu Tenorio.
Si bien Violeta y Chiara prometían, se diluyeron rápido. Su I Kissed A Girl, de Katy Perry, fue arrebatador. Ahora bien, sus voces no empastaron nada bien. Y, en ocasiones, rozaban lo estridente. Por separado, mientras la primera derrochó actitud vocal, la segunda se quedó a medias. Especialmente monótona, abusó de un efecto vocal que en pequeñas dosis resulta interesante. A Paul Thin le ocurrió algo similar: forzar aquello que te distingue te puede relegar a lugares irrelevantes. Por ello, el equilibrio que adoptó Lucas fue tan satisfactorio: llegó, cantó y convenció. Con mayor o menos éxtasis, pero no molestó. Este Operación Triunfo dista mucho del que lanzó a Bisbal, aunque el reventón popular se le parezca.
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