Quemar después de leer
Las escritoras malditas siguen malditas, por Laura Fernández
La literatura 'indie' existe, y no tiene época, aunque tiene un género, el que menos se reedita, y más incomoda cuando es diferente: el femenino. O de cómo Iris Owens, y su clásico 'Después de Claude', comparado a la vez con 'Memorias del subsuelo' y 'La conjura de los necios' seguía siendo un misterio para el lector de nuestro país

Katherine Dunn, Iris Owens y Woody Allen. / Sara Martínez

Imagino a Iris Owens, con un puñado de dólares en el bolsillo, ganados limpiamente en alguna partida de póquer repleta de famosos, en una sala de cine. Las luces hace rato que se han apagado, y en la pantalla, Anjelica Houston está fumando un cigarrillo en la mesa de un restaurante, con una mano de cartas y gafas de sol. Imagino a Iris Owens, una de esas escritoras malditas que siguen malditas —la literatura indie existe, y no tiene época, aunque tiene un género, el que menos se reedita, y más incomoda cuando es diferente: el femenino—, sonriéndole a la pantalla, sonriéndose a sí misma, porque Houston es ella. Woody Allen decidió que iba a convertirla en el personaje que descubría al asesino en la divertidísima 'Misterioso asesinato en Manhattan'.
Al hacerlo sólo estaba llevando a su cine una escena de su vida. Allen y Owens se conocían de esas partidas de póquer que mantenían a flote a la escritora en aquella época, los años 90. Hija de un tahúr profesional —sí, algo de juego llevaba Owens en la sangre—, había nacido en Brooklyn, el año en el que todo saltó por los aires en Estados Unidos (1929), y se mudó a París en los 50, huyendo de un matrimonio desastroso —y afortunadamente corto—, donde entró en contacto con la bohemia más tormentosa. Conoció al editor de la mítica revista de vanguardia 'Merlin', Alexander Trocchi, un adicto a la heroína, y se ganaba la vida escribiendo novelas pornográficas con seudónimo para Olympia Press, propiedad del editor de Jean Genet y Henry Miller: Maurice Girodias.
Escribió cinco de esas novelas sucias —ella las llamaba así, DB, por dirty books, literalmente libros sucios—, casi todas bajo el nombre de Harriet, Harriet Daimler, que no en vano es la protagonista de su clásico maldito, el que escribió en el Hotel Chelsea, a su regreso, en los 70, a Nueva York. La novela, titulada 'Después de Claude'—publicada en 1974, y recién recuperada por Muñeca Infinita—, es una novela de aventuras —fatídico sentimentales, existenciales, deliciosamente absurdas— protagonizada por una mujer invencible y sarcástica a la que nada ni nadie se atreve, o debería atreverse a parar. Ni ese tal Claude, ni sus ridículas amigas, ni el mundo ahí fuera, porque ¿qué saben ellos de lo que significa ser Harriet Daimler? ¿Por qué no la dejan de una maldita vez en paz?
Hay, sí, por lo desagradablemente encantador de su protagonista —y su crítica al sistema, a todo tipo de sistema— algo de, como se ha dicho, 'La conjura de los necios', el brillante libro de John Kennedy Toole sobre un inadaptado que no piensa adaptarse, pero también está ahí toda esa literatura masculina de escritores con álter ego —desde John Fante hasta Charles Bukowski—, por una vez, en versión femenina, y una cruda y salvaje, que contiene un implacable manual contra el maltrato sentimental, o la forma en que el tal Claude, un hombre aborrecible, engreído y, sí, misógino, pero de una misoginia ampliamente aceptada, lleva demasiado tiempo utilizando únicamente sus cejas para comunicarse con ella, porque, claro, ¿por qué va a contestarle si sólo dice estupideces?
Owens, que, como Harriet en la novela, vivió en el Hotel Chelsea, y agradece a la dirección el trato dispensado, y dice de él que fue "un refugio" que apoyó y promovió "la expresión artística con una humanidad poco habitual en Nueva York", no está sola en eso de ser una escritora maldita. Mary Robison —lean 'Por qué haría yo' (Malas Tierras), es una genialidad—, Gail Parent —jamás entenderé por qué 'Sheila Levine está muerta y vive en Nueva York' (Libros de Asteroide) no es el libro más vendido de la historia, ¡no puede ser más divertido!— o Katharine Dunn —que escribió sobre vendedoras puerta a puerta en la aún sin traducir 'Attic', pero tiene en su haber un clásico weird del tamaño de 'Amor de monstruo'— por citar sólo tres ejemplos, están con ella en ese inexplicable limbo.
Ocurre con todo tipo de literatura que, aquel que se ha movido al margen, permanece siempre en el margen. Aunque la cosa es mucho más evidente cuando, además de moverte al margen, eres mujer. Porque cualquiera de esas novelas —por su enormidad estilística y la luz que arrojan a lugares inexplorados, y aquí estoy pensando también en Ann Quin— habría sido multirreferenciada por su colegas de haber sido estos masculinos. Que la figura de Owens tenga su propia escultura, en movimiento y dentro de un blockbuster de Woody Allen, pero siga en ese lado oscuro y tenebroso, no conocido por no domesticado de la literatura escrita por mujeres, dice mucho de la clase de camino que aún queda por recorrer.
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