La caja de resonancia

Conciertos de estadios y viejos prejuicios

Los macroconciertos tienen mala prensa entre ciertos melómanos, pero en tiempos de pantallas y redes representan una emocionante y genuina situación ‘off line’, de apabullante humanidad, facilitada por la música

Bruce Springsteen, nuevo prodigio y algunas sorpresas en su segunda noche en el Estadi Olímpic

Jordi Bianciotto

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Tomo asiento, este sábado, en el Estadi Olímpic, segunda noche de Bruce Springsteen en Barcelona, y un colega me saluda con aires hastiados. Quiere dejarme claro que "estas cosas grandes" no van con él, que lo suyo son los clubs. "¿Así, hoy has tenido que venir otra vez?". A ver, "tener" no es el verbo más ajustado. He querido volver. Me gustan los conciertos de Springsteen, sé que con él no hay dos noches iguales y no me molesta el rock de estadios, que más allá de algunas incomodidades (no exclusivas de este formato: en algún que otro club muy 'auténtico' me he encontrado apretujado y tratando de distinguir a lo lejos la cabeza del cantante) configura un género escénico en sí mismo en el que, como siempre, las cosas pueden hacerse mejor o peor.

La cantinela contra los macroconciertos es un clásico, pero nunca ese prejuicio se había estrellado contra la realidad de un modo tan estridente como ahora, en que estos espectáculos viven una era dorada. Hay señales de que podrían estar incluso amenazando a los festivales. La asistencia se ha multiplicado e interpela a familias enteras, con hasta tres generaciones movilizadas para ver, por ejemplo, a Estopa dentro de unas semanas en Montjuïc.

De acuerdo, un campo de fútbol no es un lugar construido para apreciar los matices musicales. Pero los equipos de sonido no son los de los tiempos de los Beatles, que ni ellos se oían entre el griterío, y al fin y al cabo hablamos de otra cosa, de una situación donde la concentración humana en confluencia intensa con un artista y unas canciones configura un episodio emocionante y cargado de energía. Ahora que tanto hablamos del tiempo que dedicamos a las pantallas, de la frialdad de las redes y de la deshumanización, estos conciertos representan un reencuentro con la comunidad, un momento ‘off line’ puro y genuino, y lo que lo hace posible es la música. ¿Cómo es posible estar en contra de eso?

Se suele aducir que el escenario gigante alimenta el automatismo y la caricatura del artista, que debe bajar el listón, forzar su personaje, primar el 'show'. Puede ocurrir, pero Springsteen demuestra que en un estadio se puede improvisar, prescindir de montajes aparatosos y ser muy sutil: esas filigranas al piano de Roy Bittan, la otra noche, en la larga 'Racing in the street'. También los Stones conservan ese halo de banda imprevisible, con un punto de peligro. Después de todo, no será el formato el culpable: el éxito dependerá la voluntad y talento de cada artista para dominarlo e imponer su ley.

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