Crítica

Rammstein, una disfrutable chaladura apocalíptica en el Estadi Olímpic

La banda alemana sometió al estadio bajo la lluvia con un ‘show’ de alto octanaje pirotécnico y su repertorio de himnos del metal industrial

Jordi Bianciotto

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El actual ‘crescendo’ filo-belicista no ha puesto en evidencia el discurso recreativo de Rammstein, una banda que nació en 1994, cuando su estética del fin del mundo sonaba a pura fantasía apocalíptica y escapismo brutalista. La guerra parece volver a ser algo amenazante y lo suyo invoca los peores presagios, pero, claro, no hay que tomárselo en serio: disfrutemos de sus himnos marciales y del vozarrón de Till Lindemann, de su escenografía a lo Treblinka y sus largas lenguas de fuego, y esperemos que sus metáforas no se conviertan en realidad.

A la tropa de Rammstein le pirra lo de intimidar al público y recrear un escenario de pesadilla con el fin aparente de prevenirnos de los males intrínsecos de la condición humana. Cada gira es más aparatosa que la anterior, y el ‘show’ de este martes trajo una revisión (un poco) al alza del mismo ‘Rammstein stadium tour’ que en 2019 pasó por el RCDE Stadium, de Cornellà. Torres de vigilancia (cuatro) con reflectores y un alto monolito trufado de tuberías y turbinas. El autorreferencial tema ‘Ramm4’ abrió la sesión bajo una fuerte lluvia. No fue la noche más agradable que recordamos en Montjuïc, pero, ¿qué es un aguacero mediterráneo para estos señores del norte?

Camino del fin

El álbum ‘Mutter’ (2001) marcó primero estilo con ‘Links 2-3-4’ y ‘Meinz herz brennt’, entre el ‘riff’ carnicero, la electrónica gruesa y la cenefa sinfónica wagneriana. Vestuario a lo Mad Max y steam-punk para escenificar simpáticas historias como la de ‘Puppe’, donde, para denunciar la explotación sexual infantil, el grupo sacó al escenario una cuna en llamas con niño dentro (vale, un muñeco). Condujo a una aislada cita al último álbum, ‘Zeit’, en el reposado tema titular, con su rastro de cavilaciones sombrías: “vamos en deriva hasta el final”, “el tiempo no tiene piedad”.

Aunque en este disco Rammstein insinuaba que entendía ese concepto tan en boga llamado vulnerabilidad, en vivo la banda va a lo que va, a aplastarnos sin misericordia, si bien sabe construir un guion sin linealidad. La electrónica dominó en un ‘Deutschland’ muy Kraftwerk, con los músicos convertidos en fluorescentes esqueletos danzantes. Sí, el gag visual es clave en sus conciertos (ese caldero en el que achicharraron al pobre teclista), pero ‘Du hast’ y ‘Sonne’ se alzaron como artefactos aplastantes y símbolos del estilo propio desarrollado por Rammstein. Con todo su desvarío pirómano y su olor a pólvora. 

Rammstein es lo contrario a Coldplay. ¿Gradas de ‘leds’ con forma de corazón y giras ecológicas? Herrería, lanzallamas y despilfarro en combustibles fósiles. Lo de estos berlineses es tan pasado de vueltas que se te escapa la risa tonta. Así fue en el Estadi, donde el aquelarre siguió con cartas como ‘Pussy’ y ‘Ich will’, caminando desenfadadamente hacia la hecatombe final.

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