Disco de la semana

Sparks siguen siendo únicos en ‘The girl is crying in her latte’

  • El dúo californiano logra conservar su frescura, descaro e inventiva tras más de cinco décadas de trayectoria en un álbum en el que saca punta a sus fuentes inspiradoras de siempre, del glam a la electrónica, con orquestaciones y giros excéntricos

  • Los nuevos elepés de The Fresh Sound Ensemble y Ian Hunter, también reseñados

Imagen promocional del nuevo disco de Sparks

Imagen promocional del nuevo disco de Sparks / Munachi Osegbu

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Roger Roca

'The girl is crying in her latte'

Sparks 

 Pop-rock

 Universal

★★★★  

El problema con Sparks suele ser tener que explicar por qué son importantes cuando tan poca gente parece haber oído hablar de ellos, si bien los hermanos Ron y Russell Mael no han andado nunca faltos de admiradores: influyeron a David Bowie y a Queen, han sido favoritos de Depeche Mode y de Pet Shop Boys, y su ‘Kimono my house’ cambió la vida a Björk, por solo mencionar algunos nombres rutilantes. Y la buena nueva es que Sparks están vivos y bien pese a su muy longeva peripecia: Dios mío, llevan en esto de 1971, y su nuevo álbum es el 26º de su discografía.

‘The girl is crying in her latte’ juega con cierta colisión de estados anímicos, puesto que la melancolía que transmite el título (la escena de la chica que llora en una cafetería llena de gente) topa con un contenido más bien extrovertido, descollante y rico en licencias estridentes, como corresponde a su reputación. El disco les pilla en un buen momento, tras un ciclo de álbumes notable, una entente con Franz Ferdinand que les acercó a otros públicos y un loado documental (‘The Sparks brothers’, de Edgar Wright), así como la banda sonora del filme ‘Annette’ (Leos Carax), que les suministró un premio César. 

El viejo Hollywood

Quedan en el modo de hacer de estos señores de Los Ángeles vestigios orgullosos de aquellos ritmos tribales y las guitarras fuertes, tan propios del glam que los vio nacer. Ahí está la pieza titular (en cuyo video danza otra admiradora ilustre, Cate Blanchett) y en la tan o más fulminante ‘Nothing is as good as they say it is’. Sendos pepinazos que contrastan con las incursiones cibernéticas de otros temas con miga, ‘Veronica Lake’, tributo al cine ‘noir’ del viejo Hollywood, y ‘Escalator’, ambas situadas en algún lugar entre Kraftwerk y Giorgio Moroder. 

Pero Sparks, autores de tonadas vertiginosas como la de ‘This town ain’t big enough for us’ (1974), se han caracterizado siempre por saber construir canciones ajenas a los cánones, con tonadas excéntricas y arreglos que bien pueden remitir a la opereta o al pastiche, sacando lustre del exceso y del ‘kitsch’. Aquí hay que hablar de artefactos desacomplejados como ‘The Mona Lisa’s packing, leaving late tonight’, con su ‘crescendo’ imperial, del ambiente psicópata orquestal de ‘We go dancing’ o de los aires de musical lunático que envuelven ‘Take me for a ride’. 

Aunque si hay que ponerse clásicos y melodiosos, ahí está ‘It doesn’t have to be that way’, estilizando el tramo último del ‘track list’, que culmina con un tema a modo de recapitulación, ‘Gee, that was fun’, que no es lo que parece porque tan solo testifica el final del disco, que no de Sparks. Pareja que ha conseguido seguir sonando fresca, ocurrente y descarada tantos años después, y que muy pronto, el viernes 2 de junio, podremos ver en Barcelona, actuando en el Primavera Sound.

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 Jazz

★★★  

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