Crítica de cine

'Avatar: el sentido del agua': un alucinante espectáculo visual sin nada que contar

Un fotograma de ’Avatar: el sentido del agua’, de James Cameron

Un fotograma de ’Avatar: el sentido del agua’, de James Cameron / © 20th Century Studios

  • James Cameron ofrece, 13 años después de 'Avatar', un escaparate del 3D más inmersivo y realista que uno puede imaginar, pero sus 192 minutos de duración ofrecen escasa sustancia temática o narrativa

2
Se lee en minutos
Nando Salvà

'Avatar: el sentido del agua' ★★★

  • Dirección: James Cameron

  • Intérpretes: Sam Worthington, Stephen Lang, Zoe Saldaña, Sigourney Weaver, Kate Winslet

  • Estreno: 16 de diciembre de 2022

No importó que, relativamente poco después de que perder colectivamente la cabeza por ‘Avatar’ (2009) el resto del mundo pareciera dejar bien claro que no había ninguna necesidad de revisitar el planeta Pandora; el director James Cameron decidió que era necesario elevar la película a la categoría de Universo Cinematográfico, y esperar hasta que existiera la tecnología necesaria para hacer justicia a la idea que de él tenía en mente.

Ahora, ‘El sentido del agua’ demuestra que Cameron ha trabajado sin descanso en ese desarrollo técnico; es un escaparate del 3D más inmersivo y la imaginería digital más realista que uno pueda imaginar -sí, los Na’vi también tienen sarro-; ha trabajado tanto, de hecho que en 13 años no ha tenido tiempo de darle a los 192 minutos de metraje de la película ninguna otra utilidad.

Noticias relacionadas

Lo cierto es que se hace difícil hablar de su peripecia argumental o sus personajes, porque apenas existen. Los héroes de la primera entrega carecen por completo de hondura, durante buena parte del relato su única función es ejercer de padres de quienes, se supone, serán los héroes en entregas futuras; las motivaciones de los villanos son ridículas, y hay alrededor de una decena de personajes que se pasean por un segundo acto interminable sin tener nada verdaderamente interesante que ofrecer. Las imágenes y sonidos que los envuelven, eso sí, resultan cautivadores -obviamente, en unas salas de cine más que en otras-, pero la evidente desconexión entre la brillantez formal y la tosquedad narrativa hace que por momentos uno tenga la sensación de estar contemplando escenas de un videojuego más que una ficción cinematográfica.

Durante su prolongado clímax, que deliberadamente recuerda al que Cameron rodó para ‘Titanic’ pese a que aquí no hay aristócratas neoyorquinos sino extraterrestres azules, la película ofrece una lección tanto de sentido del espectáculo visual como de ritmo coreográfico, y ese alarde no hace sino subrayar hasta qué punto, a medida que se dejaba fascinar más y por la tecnología de la narración, Cameron ha ido perdiendo cada vez más el interés en tener algo sustancioso que narrar o con lo que estimular intelectualmente al espectador. Sí, ‘El sentido del agua’ tontea con un mensaje anticolonialista, pero es demasiado simplista como para tenerlo en cuenta; y, sí, como su predecesora es un alegato ecologista pero, en última instancia, nada tan aparatoso y desmesurado como ‘Avatar’ puede resultar convincente acerca de la necesidad de dejar la menor huella posible.