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Carlos Vermut: "Tenemos problemas morales con la imagen de un pedófilo, pero no con la de un asesino"

El director Carlos Vermut, fotografiado en Barcelona

El director Carlos Vermut, fotografiado en Barcelona / Elisenda Pons

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Julián García
Julián García

Periodista

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Carlos Vermut (Madrid, 1980) se adentra en territorios vidriosos en su cuarto largometraje, ‘Mantícora’, perturbadora tragedia en torno a la figura de Julián, un diseñador de videojuegos (Nacho Sánchez) al que tortura una oscura perversión. Un rayo de esperanza se proyectará sobre él cuando conozca a la joven Diana (Zoe Stein), en lo que será una retorcida (y muy vermutiana) historia de amor y dependencia. El filme, tan fascinante como incómodo, opta a cuatro Goya: mejor dirección, mejor guion, mejor actor y mejor actriz novel. 

 La mantícora es una quimera monstruosa con cabeza humana. ¿Cuándo se dio cuenta de que era la criatura perfecta para definir al protagonista de su película? 

Cuando estaba escribiendo el guion, empecé a modelar por ordenador con un programa que se llama ZBrush. Me pareció muy interesante que el personaje se dedicara a eso y me daba pie a crear una trama relacionada con lo que él podía hacer en esos mundos virtuales. Investigando un poco más sobre lo que la gente suele modelar cuando empieza, vi que hay una criatura favorita entre los modeladores, que es la mantícora. Además de ser visualmente bastante impresionante, vi que le daba mucho significado tanto a la película como al personaje, así que todo encajó de forma natural. La mantícora era perfecta como símbolo. 

Explique su película en unas pocas líneas. 

Es la historia de un monstruo con rostro humano; o de alguien al que la sociedad considera un monstruo por su forma de ser, por sus deseos abominables. Pero, fundamentalmente, yo la considero una historia de amor. Una historia de amor retorcida entre dos personajes complejos, oscuros, con sus respectivas perversiones, cuyas intenciones suelen ser ambiguas, aunque hay un momento en que creo que sí que llegan a acariciar algo cercano al amor. 

Nacho Sánchez y Zoe Stein, en un fotograma de 'Mantícora', de Carlos Vermut

/ BTeam Pictures

¿Diría que ‘Mantícora’ es una película misántropa? 

Podría serlo, porque ninguno de los dos personajes es, precisamente, un dechado de virtud. Pero… no creo que lo sea. Me he adentrado en los personajes con respeto y nunca he sentido que los utilizara para la pura provocación. Son personajes a los que me ha gustado acompañar. 

"Me gusta enfrentarme a las cosas que me dan miedo a través del cine"

Suele decirse que ‘Mantícora’ es la película más perturbadora de la carrera de Carlos Vermut. ¿Está de acuerdo? 

Sí, creo que es la más perturbadora y con mayores cotas de malestar, supongo que por el hecho de enfrentarse a un tema incómodo como la propia condición del protagonista. Quizá es su tono realista, mayor al de mis otras películas, lo le da una pátina inquietante; ese punto de misterio y de suspense de la realidad. En cualquier caso, me gusta enfrentarme a las cosas que me dan miedo a través del cine. Y supongo que mirar a los ojos a Julián es una forma de lidiar con ello. 

El personaje en cuestión es un pedófilo. El cine habla sin complejos de  todo tipo de monstruos y villanos, pero no se suele acercar a los abismos de la pedofilia. ¿Por qué cree que es tan difícil hablar de ello? 

Porque es más desagradable. Nuestro rechazo a los villanos tiene que ver con la fascinación que sentimos por el poder. Son personajes 'cool', poderosos, como Darth Vader, capaz de destruir un planeta apretando tan solo un botón; o como Tony Montana en 'Scarface'; o como, ahora, Jeffrey Dahmer y ese halo de mitología que rodea a los 'psycho-killers'. No tenemos problemas morales con la imagen de un gánster asesino, pero sí con la de un pedófilo. Porque, en el caso de ‘Mantícora’, el personaje ni siquiera consuma su acto, solo es un tipo que desea y lo traslada al mundo de la virtualidad, y en cambio nos genera mucho rechazo. A mí, el primero. El rechazo a la pedofilia es muy diferente al que sentimos sobre la violencia o el poder. 

¿En qué sentido? 

El rechazo hacia el pedófilo está relacionado con la repugnancia, con el asco, más que con el miedo que nos pueda provocar un narcotraficante o un asesino. También porque nos parece más lejano ese tipo de violencia en nuestro día a día. La pedofilia es algo que puede estar entre nosotros y que no lo sepamos. Es muy raro que te cruces en tu vida con un asesino, pero quién sabe si hay un pedófilo entre nosotros, en tu colegio, entre tus profesores. Hay un miedo mucho más profundo a eso, a ese tipo de personas.  

Viendo ‘Mantícora’, es inevitable pensar en Frankenstein o el Hombre Lobo, que, como Julián, son monstruos a su pesar. Porque usted no cuestiona al personaje, sino que le sigue en su sufrimiento. 

Totalmente sí. Además, son dos ejemplos buenos, porque son monstruos incomprendidos. Frankenstein es alguien que se vuelve agresivo precisamente desde el rechazo que genera su aspecto. El Hombre Lobo es alguien que esconde una monstruosidad que aparece de vez en cuando y es una monstruosidad depredadora. Son dos incomprendidos y dos seres que, por su condición se ven incapacitados para relacionarse. Así que hay mucho estos dos personajes en Julián. 

¿Le preocupa que alguien piense que su película blanquea la figura de un pedófilo? 

Es un tema delicado, pero creo que dar voz a un personaje, por perverso que sea, no es justificarle. Mostrar a alguien con quien no empatizamos como Dahmer o como Julián puede servirnos para plantearnos cómo somos nosotros, analizar nuestras partes oscuras. Yo en ningún momento creo que haya que ser permisivo con la idea de la pedofilia, pero creo que debemos dar la posibilidad a la gente que sufre esa enfermedad a ser tratados. En todo caso, tengo la sensación de que el público está perdiendo cada vez más la capacidad de acercarse a personajes con los que no estamos de acuerdo.   

"Debemos entender el cine como un arte en el que a veces también tiene cabida lo grotesco y lo desagradable"

El personaje de Julián dice que en los videojuegos se puede hacer todo lo que no se puede hacer en la vida. ¿Cree usted que el cine puede representarlo todo? 

Poder, lo puede hacer. Debemos entender el cine como un arte en el que a veces también tiene cabida lo grotesco y lo desagradable. 

Hace unos años, el director del festival de Sitges, Ángel Sala, fue a juicio por proyectar en sección oficial ‘A serbian film’, en la que se simulaba la violación de un recién nacido.  

Lo recuerdo. A mí ‘A serbian film’ no me gustó precisamente porque era una película muy explícita, pero respeto a aquella persona a quien le pueda gustar o aterrorizar. Me gusta pensar que en el cine pueda ser posible cualquier cosa, un lugar donde no haya límites. Creo que deberíamos educarnos más en la capacidad de entender que la ficción es solo ficción. Básicamente que entendamos que una cosa es aquello que forma parte de lo fantástico de la ficción, y otra, el mundo de lo real; y que esos mundos no deberían cruzarse nunca.   

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Se suele decir que el cine de Carlos Vermut tiene un sello muy personal. ¿Cómo lo definiría usted? 

No nace de una conciencia. Me gustan mucho los dramas psicológicos con personajes ambiguos moralmente. Me gusta plantear dilemas extraordinarios en situaciones ordinarias. También me interesan las temáticas relacionadas con la cultura popular: el manga, los videojuegos, la literatura, el cine. Y supongo que ese tipo de historias y el modo de llevarlas a cabo, con el trabajo de actores o la planificación de cámaras, es lo que la gente entiende como un estilo.