El Thyssen salva (y reivindica) el arte ucraniano frente a la apropiación territorial y cultural de Putin

  • El Museo Thyssen-Bornemisza inaugura 'En el ojo del huracán. Vanguardia en Ucrania, 1900-1930', una exposición fundamental en tiempos de guerra que reivindica la identidad cultural de los artistas del país en el pasado y en el presente.

Una mujer observa una de las obras de la exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Una mujer observa una de las obras de la exposición ‘En el ojo del huracán’, en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza / Europa Press

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Beatriz Martínez
Beatriz Martínez

Periodista

Especialista en cultura y cine

Escribe desde Madrid

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La exposición 'En el ojo del huracán. Vanguardia en Ucrania, 1900-1930' ha generado una comprensible expectación a nivel internacional por razones obvias. Por una parte, por la pertinencia a la hora de dotar al arte ucraniano de legitimidad por encima del contexto soviético en el que hasta el momento se había incluido justo en el momento de guerra y de apropiación territorial, cultural e histórica en el que nos encontramos; por otra, por la rapidez con la que ha logrado materializarse con éxito en semejantes circunstancias adversas. Pocos días después de la invasión de Rusia, Francesca Thyssen-Bornemisza, fuertemente vinculada con el arte del país a través de su padre, propuso realizar esta muestra tan kamikaze como imprescindible. El museo ya contaba con obras de autores ucranianos que se encontraban inscritas dentro de las vanguardias rusas, así que era el momento de dotarlas de una identidad propia y reivindicarlas por encima de las etiquetas que hasta el momento las habían constreñido. 

El presidente Volodímir Zelensky y su oficina estuvieron involucrados desde el principio y, por eso, ha tenido unas palabras a través de un mensaje grabado, en la rueda de prensa de inauguración de esta exposición que, además, sirve para salvaguardar el patrimonio del país de los ataques y los expolios que se están produciendo, ya que se conservarán en la sede del museo Thyssen hasta el 30 de abril de 2023 y después seguirán en Europa en el Museo Ludwig de Colonia.

Así, a través de 70 obras, se podrá rendir homenaje a los artistas ucranianos que precisamente ejercieron su creación durante otro periodo convulso que nos lleva del estallido de la primera guerra mundial, a las revoluciones de 1917, pasando por la independencia de Ucrania y la posterior creación de la Ucrania soviética sometida a un estalinismo represor. Muerte, destrucción constante, pero también un impulso de experimentación constante, de resistencia y denuncia en el que se mezclan los ismos, el folclore, las tradiciones locales y la influencia bizantina y que incluyen artistas como Oleksandr Bohomazov, Vasyl Yermilov, Anatol Petrytskyi, Sonia Delauney, Alexandra Exter o Malevich

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Podría hacerse una película con la intrahistoria de esta exposición. “Cada lunes se bombardea Kiev por la mañana, es el despertador con el que se levanta la ciudad, así que habíamos organizado el convoy de salida el martes”, ha relatado Francesca Thyssen-Bornemisza durante la rueda de prensa. “Pero el lunes no hubo bombas, así que pensamos que habían cambiado de estrategia”. Cuando ya se habían empaquetado los cuadros y avanzaban en su viaje, comenzaron los ataques. Los conductores tuvieron que sortearlos hasta llegar a la frontera con Polonia, donde les llegó el aviso de un misil. Fue una falsa alarma, pero el colapso era total entre el flujo de refugiados y el pánico generalizado. Tardaron horas en reemprender el trayecto mientras todos contenían el aliento.

Finalmente, la heroica misión ha tenido un final feliz y las obras de arte se encuentran a salvo. “Putin, al igual que ocurrió con Stalin, no solo quiere apropiarse de Ucrania, sino también de su narrativa y eso incluye la destrucción de su patrimonio”, ha continuado la baronesa, a lo que el embajador de Ucrania en España, Serhii Pohoreltev ha añadido lo importante que es esta muestra ya que Rusia siempre ha querido robar la identidad de su país. “En cierto modo, es un genocidio cultural, ahora que se cumplen 90 años del genocidio de Holomor, en el que murieron tantas personas. El cultural no mata, pero roba la identidad”.