Quemar después de leer | Artículo de Laura Fernández

Lo mejor que le ha pasado a la literatura apocalíptica de este siglo, según George R. R. Martin

El año 2014, una escritora canadiense publicaba su cuarta novela, 'Station Eleven', y se convertía en un fenómeno mundial de altísimo calado literario. Seis años después en España se la ignora como se ignoró a Margaret Atwood en su momento, ¿por qué?

Emily St John Mandel

Emily St John Mandel / SARA MARTÍNEZ

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Laura Fernández
Laura Fernández

Escritora y periodista

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En un momento dado del tercer capítulo de la fiel y a la vez expansiva adaptación televisiva de 'Station Eleven', la novela de Emily St John Mandel que anticipó (en 2014) una versión aún más catastrófica del futuro en el que vivimos, Arthur Leander, el personaje que interpreta Gael García Bernal, un famoso y encantador actor, le cuenta a Miranda Carroll (Danielle Deadwyler), la dibujante que está creando el manifiesto, en forma de novela gráfica, de ese futuro en el que casi vivimos, que de niño pasó un año en una pequeña e idílica isla. Sus padres, poetas, creyeron que sería romántico, le dice. Algo así le ocurrió a la propia Emily, sólo que ella no pasó únicamente un año aislada del resto del mundo, sino un buen puñado de ellos, imaginando que el mundo había desaparecido.

'Station Eleven', publicada en nuestro país por Kailas como 'Estación Once' en 2016, la novela que colocó a Mandel en el mapa, y de qué manera, 31 traducciones, un Arthur C. Clarke, una nominación al National Book Award, otra al PEN/Faulkner y una más al Baileys Women's Prize for Fiction en 2015, fue inexplicablemente ignorada en su momento en España. Lo curioso no es lo que fuera en su momento, sino que, desde entonces, libro a libro —publicados todos, desde entonces, por Ático de los Libros aquí—, St John Mandel ha ido abriéndose camino en terreno vedado para el escritor de ficción especulativa ante lo brillante y complejísimo y en extremo Literario, con mayúsculas, de su propuesta ahí fuera, y aquí sigue sin importar lo más mínimo, como no importaba antes Margaret Atwood.

Ahí fuera, no sóolo George R. R. Martin considera a la canadiense lo mejor que le está pasando al género, y a lo literario apocalíptico en este siglo XXI —en sus novelas, el mundo está siempre acabándose, o ya lo ha hecho, o amenaza con hacerlo; aunque también se viaja en el tiempo, sobre todo, narrativamente, para recordarnos lo que perdimos—, sino que también lo hacen medios tan poco dados a alabar lo fantástico como 'The New Yorker', el 'Washington Post', o la 'New York Review of Books'. Aquí, ni siquiera la pandemia, rescató 'Estación Once' antes de que lo hicieran Patrick Somerville y HBO Max. Y eso que la novela relata un principio del fin similar al que vivimos a finales de 2019 y principios de 2020. Solo que allí la cosa se precipita, por supuesto.

“Escribí 'Station Eleven' como una carta de amor al mundo moderno. No lo pensamos a menudo pero vivimos en un mundo en el que puede cruzarse el Atlántico en seis horas, y llamar a alguien que vive en la otra punta apretando las teclas de un aparato que llevamos encima. Pensé que, considerando su ausencia, seríamos conscientes de hasta qué punto todo eso importa”, dice la propia St John Mandel en un vídeo que grabó en 2016 para sus futuros lectores españoles. En el vídeo lleva un pañuelo azul de lunares blancos anudado al cuello. No habla de esa infancia aislada en la que no hacía otra cosa que leer a Isaac Asimov y ver 'Star Trek', pero está ahí con ella. En el fondo, sus novelas tratan de cómo se ve el mundo desde lejos, como debía verlo ella de niña.

Un futuro absurdo como el presente

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Lo que ella dice es que le interesa ver de qué forma puede cambiar el mundo de un momento a otro. Cómo las cosas pueden acabar sin más. El fin del mundo es algo que ocurre a diario, dice. Su vida se acabó cuando publicó 'Station Eleven'. Dejó de ser lo que había sido hasta entonces para convertirse en otra cosa. Llegó a ser la autora favorita de Barack Obama cuando aún era presidente de Estados Unidos. De ello habla, desde un futuro tan absurdo como el presente —el año 2203— en 'El mar de la tranquilidad', su última novela, una historia en tantos tiempos como personajes protagonistas —cuatro— a los que une una melodía de violín, tocada en una terminal aeroespacial, y un arce milenario capaces de viajar en el tiempo y el espacio.

Después del éxito de 'Estación Once', St John Mandel pasó 14 meses de gira por todo el mundo. Algo parecido le ocurre a Olive Llewellyn en 'El mar de la tranquilidad'. Algunas de las escenas que vive —y las absurdas preguntas de los periodistas sobre sexo y todo tipo de cosas— están por completo basadas en su experiencia. Son a la vez una fascinante manera de decirse que todo eso pasó y de asistir a cómo el escritor lidia con las concepciones de sí mismo que tienen los demás a partir de todo aquello que nada tiene que ver con lo que hace: su literatura. Margaret Atwood también ganó el Arthur C. Clarke con 'El cuento de la criada' en 1987. Y aunque hubo edición española entonces, nadie se la tomó en serio hasta que fue ridículo no hacerlo, 30 años después. Parece que St John Mandel sigue sus ilustres pasos. No hemos aprendido nada en todo este tiempo.