Entrevista

Jeremy Rifkin: "La idea de eficiencia nos ha llevado a la sexta extinción, es la hora de la resiliencia"

El pensador y economista Jeremy Rifkin. 

El pensador y economista Jeremy Rifkin.  / EPC

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Leticia Blanco
Leticia Blanco

Coordinadora de Cultura y Ocio

Especialista en Literatura, ensayo, moda y feminismos.

Escribe desde Barcelona

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‘La era de la resiliencia’ (Paidós) es el último y más asequible de los ensayos publicados por el sociólogo y economista Jeremy Rifkin, el influyente pensador y autor del bestseller ‘El fin del trabajo’ que lleva décadas asesorando a la Unión Europea y China en su camino a la Tercera Revolución Industrial. Un cambio que pasa por abandonar los combustibles fósiles y resilvestrar la tierra. Rifkin sostiene que si en los siglos XIX y XX el ser humano se dedicó a explotar los recursos de la tierra, en el XXI la economía se centrará en una gestión responsable de planeta, con millones de nuevos puestos en la ecogestión.

¿Qué es la Tercera Revolución Industrial?

Sabemos que la civilización industrial basada en combustibles fósiles nos está llevando a la muerte, a la sexta extinción. Hay que buscar nuevas maneras de movilidad y logística y ello conllevará una nueva economía y gobernanza. El principio del fin fue la Gran Recesión de 2008. Ya hemos completado la revolución en comunicación: el móvil que llevamos en el bolsillo tiene una tecnología más avanzada que la que fue la luna. Ahora es el turno de la energía solar y la eólica. 

¿Por qué?

Porque el sol y el viento no se pueden controlar y al contrario que el petróleo, están en todas partes. Lo importante es que muchos usuarios ya comparten el excedente de energía que les sobra. En 20 años la energía será como internet, viajará bajo los océanos de un continente a otro y se compartirá en distintas zonas horarias del mundo. No hay ningún país o empresa que los pueda monopolizar o iniciar guerras para hacerse con ellos. Ucrania será la última guerra por combustibles fósiles. 

En su libro critica el mantra de la eficiencia, ¿por qué?

Todo comenzó con el reloj de los monjes benedictinos, que dio paso a los relojes de bolsillo, así comenzamos a avanzar hacia el estilo de vida industrial. Teníamos a la gente y las fábricas cronometradas. Luego creamos zonas horarias en todo el mundo para poder organizarnos. Toda esta eficiencia se usaba para extraer mayores volúmenes de recursos de la tierra y la biosfera, cada vez en intervalos de tiempo más cortos. Es de sentido común ver que ese sistema no es sostenible. El alma gemela de la eficiencia es la productividad y la naturaleza tiene nada que ver con ello. Los ecosistemas no tienen que ver con el crecimiento, sino con el florecimiento.

¿De ahí viene la idea de resilvestrar la tierra?

Sí, estamos pasando del capital financiero al capital ecológico y de la productividad a la naturaleza regenerativa. Del hiperconsumo a la administración ecológica. De empresas gigantes a pymes. El planeta ha pasado por cinco extinciones masivas y los científicos nos han dicho que estamos en plena sexta: podríamos perder la mitad de las especies este mismo siglo. Es algo serio. Las pandemias van a continuar. Cuando mi padre nació en 1908, el 85% del planeta era salvaje. Hoy esa porción es del 25% y a finales de siglo podría ser 0. Los virus están migrando y se están acercando cada vez más a nuestra salud y a la población urbana. En realidad, todo comienza en la Biblia.

¿En la Biblia?

En el Génesis, el jardín del edén aparece como un regalo para el hombre. En eso, el judaísmo y el cristianismo tienen una visión de la naturaleza muy distinta a las religiones orientales. Dios le da a Adán el dominio sobre la vida en la tierra. Esa tradición nos llevó a la revolución agrícola y a la industrial, a la era del progreso, basada en extraer los recursos de la tierra. Y de ahí hemos pasado a la extinción. 

Al menos ahora se habla de ello, ¿no?

Sí, hemos comenzado a darnos cuenta de que el cambio climático nos afecta a cada uno de nosotros. Las nevadas masivas en el invierno, la primavera que inunda continentes enteros; las sequías, los incendios y las olas de calor en verano o la combinación de huracanes y tifones en otoño. De lo que nadie habla es de otro cambio: cada uno de nosotros, en nuestro propio pequeño mundo, estamos empezando a darnos cuenta de que el planeta es mucho más poderoso de lo que jamás pensamos. Y que nuestra especie es, en realidad, algo pequeño y sin importancia.

¿Eso explica por qué los jóvenes son los que más se preocupan por el medio ambiente?

El cambio real en la conciencia se ha producido en la generación Z, los niños de secundaria que se preguntan qué les sucederá a ellos y a sus hijos. Están protestando en todo el mundo. A los humanos nos encanta protestar, eso no es novedad, pero lo que es radicalmente diferente es que es la primera vez que toda una generación de distintas religiones e ideologías se ve a sí misma como una especie en peligro de extinción real. 

¿A las grandes empresas les interesa ese cambio?

Las 500 grandes empresas de la lista Forbes representan un tercio del PIB mundial, pero solo emplean a 65 millones de personas de los 3.500 millones de trabajadores del mundo. Las 8 personas más ricas del planeta acumulan la misma riqueza que la mitad de los seres humanos. Hasta Karl Marx estaba a favor de la productividad. No es capitalismo versus socialismo, es la infraestructura industrial la que ha posibilitado ese crecimiento. Pero la mayoría de esas grandes empresas no estarán aquí en 30 años. Algunas sobrevivirán, pero nos movemos a un patrón mucho más distribuido. Ya están surgiendo pymes de internet cooperativo que acabarán sustituyendo a gigantes como Google y Facebook. 

¿Qué opina de la Cumbre del Clima?

El secretario general de la ONU, António Guterres, ha reconocido que vamos a superar los 1,5 grados y que estamos ante un gran problema. Va a ser un infierno. Pero en su discurso habló de adaptabilidad. La gente ya no habla de eficiencia, sino de resiliencia. Ha costado, pero el concepto está empezando a calar. Necesitamos un relato, una nueva narrativa. Lo que nos distingue como la especie más adaptable es que tenemos historias que podemos contarnos a nosotros mismos sobre cómo vivimos en el mundo. 

¿Es demasiado lento el cambio?

Leí una cita hace 40 años de Hegel que decía que la felicidad son las páginas en blanco de la historia, los periodos de armonía. Son esos momentos de empatía en los que nos identificamos entre nosotros, cooperamos y avanzamos. La empatía evoluciona, a veces se derrumba y nace un tipo nuevo. Al principio, el ser humano tenía empatía por sus lazos de sangre, su tribu más cercana. A medida que construimos pueblos y ciudades conectados por carreteras, la empatía se fue ampliando.

¿Hacia dónde?

Las grandes religiones no se fundaron el mismo tiempo por casualidad: que miles de personas sin lazos familiares se consideraran unidas y se saludaran con un beso, como los cristianos, fue otro tipo de empatía. Luego llegó otro tipo de familia: todos se consideraban italianos o franceses. Sigue habiendo guerras tribales, pero hoy estamos evolucionando hacia otra empatía: una conciencia de biofilia. Los jóvenes de hoy sienten más que nunca que pertenecen a una especie cuya existencia está amenazada y eso les une. 

¿Cómo se puede avanzar en esa conciencia de biofilia?

Tengo esperanza en los niños pequeños, confío en que sean lo suficientemente fuertes. En el futuro mantendrán sus religiones y su nacionalidad, pero sentirán que son parte del planeta de un modo distinto a sus padres. No soy utópico, odio a los utópicos. Pero veo un futuro de gobiernos biorregionales: a una inundación o un huracán le dan igual las fronteras políticas. Es hora de extender los gobiernos a las biorregiones. En Estados Unidos ya hay dos: la Cascadia y la región de los grandes lagos que engloba también parte de Canadá. 

¿Qué le parecen los ataques a cuadros en museos de los activistas?

Me estrené como activista en 1973, en plena crisis del petróleo. Irrumpimos en la fiesta del 200 aniversario de la Boston Tea Party tirando barriles vacíos al mar, la prensa lo bautizó como la Boston Oil Party. Fue mi primera protesta contra los combustibles fósiles. Creo que todas las protestas tienen que ser pacíficas. Pero no basta con protestar, porque eso es pedirle a los que están en el poder que cambien las cosas y todos tenemos que cambiar. Cada uno de esos jóvenes tiene que elegir qué camino quiere tomar en la vida y cómo criar a sus hijos. Muchos ya están cambiando, se han hecho veganos, por ejemplo. Algo que es estupendo.  

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Asegura que su libro no es para cínicos. 

Sí, y muchos milenials lo son, le echan la culpa a los boomers del mundo que han dejado. Esa no es la manera correcta de abordar el problema. No hay nada que podamos hacer con el pasado. Nos equivocamos, la tierra se está calentando y estamos en un momento de aprendizaje como especie. Hemos de reaclimatarnos urgentemente a la tierra. 

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