Entrevista

Jean-Pierre y Luc Dardenne: “La extrema derecha se ha apropiado de símbolos que solían pertenecer al comunismo”

Luc y Jean-Pierre Dardenne, en el último festival de Cannes

Luc y Jean-Pierre Dardenne, en el último festival de Cannes / Sebastien Nogier / EFE

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Nando Salvà

A lo largo de las tres décadas que llevan fijando su mirada sobre aquellos que luchan por sobrevivir en los márgenes de la sociedad europea, los hermanos belgas no solo han alcanzado un lugar privilegiado entre los cineastas más aclamados del mundo -han ganado la Palma de Oro del Festival de Cannes en dos ocasiones, nada menos-, sino que también han convertido su apellido en sinónimo de un método creativo basado en la austeridad formal y argumental y el manejo preciso del ritmo narrativo. Con ‘Tori y Lokita’, su duodécimo largometraje, se sirven del desgarrador retrato de dos menores subsaharianos forzados a sobrevivir en el submundo criminal de Lieja para demostrar hasta qué punto el método sigue siendo efectivo.

 ¿Qué les impulsó a contar esta historia?

L.D.: Tuvimos la idea hace diez años, cuando leímos un artículo sobre una serie de preocupantes desapariciones de menores extranjeros no acompañados que habían tenido lugar y para las que nadie econtraba explicación. Ese tipo de sucesos no son admitibles en las sociedades democráticas, donde sobre el papel imperan el derecho y la protección de los niños. El problema es que la ley dicta que, al cumplir los 18 años, un inmigrante ilegal debe ser expulsado, y muchos de esos chavales tratan de esquivarla entrando en la clandestinidad criminal. Y son un blanco fácil porque, si mueren, nadie reclamará el cuerpo.

J-P.D.: En todo caso, hemos querido abordar el asunto centrándonos en la amistad entre dos menores subsaharianos. Hemos leído informes psiquiátricos que afirman que el sufrimiento de esos jóvenes se ve aumentado de forma exponencial por la soledad que experimentan en sus países de acogida, y que la amistad puede ser un mecanismo de supervivencia esencial.

‘Tori y Lokita’ es su cuarta película que de un modo u otro aborda el asunto de la inmigración. ¿Por qué insisten en él?

L.D.: Porque no aprendemos nada. Nuestros representantes siguen viendo la inmigración como un problema, como algo que debe prevenirse o detenerse a través de la ley. Pero las migraciones no van a parar, ni deben parar. La historia de la humanidad es una historia de emigración, y nadie podrá mencionarme a una sola cultura que que no sea el producto directo o indirecto de ese tipo de flujos humanos. Los emigrantes no solo no vienen para robarnos sino que, muy al contrario, nos enriquecen. Por eso las leyes deben garantizarles más hospitalidad, más integración y más educación.

En todo caso, el trato que Europa da a los inmigrantes que llegan de África es muy distinto al que han recibido recientemente los venidos de Ucrania. ¿Qué opinan al respecto?

J-P.D.: Vale, puede que la diferencia de trato revele cierto racismo, en base al que Europa solo se muestra solidaria con aquellos inmigrantes que son blancos y cristianos. Sin embargo, es innegable que la Unión Europea ha estado a la altura con el pueblo ucraniano, y eso es bueno. Creo que ha servido para que entre la ciudadanía europea se imponga de una vez por todas la idea de que lo único admisible es ponerse del lado de quienes sufren acoso y persecución por parte de los tiranos. Sería muy ingenuo pensar que hemos aprendido la lección, pero es un primer paso. El siguiente sería dejar de encogernos de hombros cuando nos enteremos de que 40 personas han muerto ahogadas en el mar.

Sin duda, el auge de la extrema derecha en el continente no facilitará las cosas en ese sentido...

L.D.: No quiero subirme a una atalaya moral desde la que dar lecciones, como suelen hacer los típicos intelectuales de izquierdas, pero soy ciudadano de Europa y como tal me siento alarmado por la creciente popularidad de los discursos de odio. ¿Cómo pueden ese tipo de eslóganes triunfar en sociedades modernas, prósperas y democráticas? Sin duda la explicación no es la misma para cada país. Pero me parece obvio que la extrema derecha se ha apropiado de símbolos y estrategias que solían pertenecer al comunismo; después de todo, trata de atraer masa electoral apelando al tipo de sentimiento de comunidad que antes definía al movimiento obrero. Lo terrible es que se intenta crear comunidad a través del odio compartido al extranjero.

 Una pregunta que estarán cansados de contestar: ¿puede el cine arreglar algo?

J-P.D.: Nuestra película está dedicada a un panadero francés que el año pasado empezó una huelga de hambre porque su aprendiz, un chaval guineano que acababa de cumplir 18 años, iba a ser deportado. Gracias al apoyo ciudadano que recibió, el muchacho finalmente pudo quedarse en Francia, y ahora es un panadero respetado y muy valorado. Dar a conocer este tipo de historias es importante; pars eso, el cíne sí sirve. Nuestras películas no son capaces de cambiar las leyes, pero sí pueden desmontar prejuicios.

 Varias de sus películas están protagonizadas por niños. ¿Es una casualidad?

L.D.: No lo es. Miramos el mundo a través de los ojos de un niño. Quizás porque los niños son los más débiles y a menudo se los olvida, se los excluye o se los explota. El dolor de un niño es inadmisible, desde cualquier punto de vista, en eso ni hay matices ni ideologías que valgan.

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 Su cine ha creado escuela, y mucho directores jóvenes hacen películas ‘dardennianas’. ¿Les halaga o les molesta?

J-P. D.: Es agradable, claro. Nosotros también estamos influenciados por cineastas a los que admiramos. Lo importante, eso sí, es usar esas influencias a modo de punto de partida, llevarlas a un terreno propio. Una película jamás puede ser realmente buena si se basa en la mera imitación, porque entonces no tiene alma.