Reencuentro fogoso

Franz Ferdinand, himnos generacionales y algo más

El grupo de Glasgow recreó con nervio su post-punk bailable en un concierto de repertorio antológico, apuntalado en la recopilación ‘Hits to the head’, tras ocho años de ausencia en Barcelona

Alex Kapranos, anoche en el concierto

Alex Kapranos, anoche en el concierto / ALVARO MONGE

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Con la antología ‘Hits to the head’, lanzada el pasado marzo, Franz Ferdinand gana tiempo y mantiene prietas las filas. Nunca ha sido capaz de superar aquel primer disco, publicado en el año de gracia de 2004, o el segundo, si apuramos, pero en escena, manejando un combinado de sus trofeos, es improbable que la máquina pierda gas. No falló en su reencuentro barcelonés, este martes, tras ocho años de ausencia en la ciudad, en un Sant Jordi Club que no acabó de llenarse y que acogió a 4.000 personas, según la promotora Live Nation.

Telón blanco, sombras expresionistas y el grupo (ahora un quinteto), atacando una de las viejas perlas, ‘The dark side of the matinée’. Bienvenida expeditiva, que Alex Kapranos amenizó con un curioso cruce de lenguas (“merci, bona nit, we’re Franz Ferdinand, from Glasgow, Scotland”) en un escenario que a partir de ahí tendió a la luminotecnia pos-punk, con líneas de ‘leds’ de club berlinés de la guerra fría. El funk de trazo limpio de ‘Curious’ (uno de los dos temas nuevos del recopilatorio), en esbelta fricción con la hondura emocional de ‘Walk away’, y de ahí al momento más ‘dark’, ‘Evil eye’, camino de un ‘Do you want to’ que prendió con la alocada ‘Do you want to’ y su “you’re so lucky, lucky, lucky”, canturreado y estirado cual consigna mágica por la concurrencia.

 

Kapranos, amo y señor      

 

De esta gira se desprende que Franz Ferdinand ya no es el ‘gang’ que se dio a conocer, sino una suerte de Karpranos Band: tras el último trueque (a las baquetas, ahora de titularidad femenina con Audrey Tait), solo el bajista, Bob Hardy, y él sobreviven respecto a los viejos tiempos. Pero su figura aguanta las miradas, y se crece incluso, luciendo voz de tenor en la estela de su admirado David Bowie (y de Scott Walker) y sojuzgando a las masas. Líder total respaldado por un combo que, disponiendo ahora de un guitarrista y un teclista a tiempo completo, reserva nuevos matices, apreciados, por ejemplo, en las insinuaciones ‘krautrock’ de ‘Ulysses’ y en la torturada ‘Outsiders’.

La sesión tuvo algo de ‘revival’ del ‘revival’, dado que ese punk-funk con ribetes vanguardistas ya desde sus inicios miraba al pasado de reojo, pero fue compacta y no se mostró desfasada. Hubo ahí una angustia nerviosa de fondo que no es ajena al mundo actual. Sus clásicos merecen trascender el estatus de himnos generacionales (‘Take me out’, ‘This fire’), y la banda entreabrió la puerta al futuro con ese simpático ‘Billy goodbye’, el otro tema nuevo, aunque fuera invocando a Bowie una vez más.

 

 

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