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'The Boys', superhéroes del trumpismo

Los verdaderos poderes de Patriota no son ni su capacidad de volar, ni la visión calorífica, es la postverdad y su invulnerabilidad a la cultura de la cancelación

'The Boys', superhéroes del trumpismo

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José Antonio Martínez Perallón

Terminada la tercera temporada de The Boys en Amazon Prime ha dejado de tener sentido darle vueltas a si Patriota (o Homelander para quiénes ven la serie en versión original) es una parodia de Superman o del Capitán América. Habíamos llegado a un punto de equilibrio al establecer que podría ser una mezcla de ambos. Pero al final el superhéroe interpretado por Anthony Starr ha resultado ser una metáfora de la era Trump y del controvertido ex inquilino de la Casa Blanca.

El hombre más poderoso del planeta es una bomba de relojería a punto de estallar y hay que hacer complicados ejercicios de funambulismo para mantenerlo centrado y evitar que le dé por arrasar todo el planeta. Sus superpoderes son el equivalente a las armas nucleares de destrucción masiva del hombre del tupé amarillo. El grupo de superhéroes conocido como Los Siete están al servicio de una gran corporación que hace negocio con sus hazañas. Como ocurre con las grandes estrellas, cada metedura de pata de alguno de sus componentes, es un quebradero de cabeza para los equipos de relaciones públicas que se desviven por mantener limpia e impoluta su imagen ante el gran público. Casi desde el inicio de la serie, el temor ante la posibilidad de que el gran público conociera la verdad sobre Patriota y cómo funciona su desequilibrada mente era lo único que lo mantenía a raya y, por lo menos tratara de guardar las apariencias.

A medida que han ido avanzando las temporadas, hemos visto cómo cada vez es más complicado mantenerlo bajo control y puede que ya ni siquiera la verdad pueda servir de mucho. El verdadero poder de Patriota no son ni su fuerza sobrehumana, ni su capacidad de volar, ni sus rayos caloríficos. Es el superhéroe de la Postverdad. Hemos llegado a tal grado de polarización en la sociedad que ni siquiera la verdad importa. Son los tiempos de los relatos alternativos construidos en torno al lema: "No dejes que la verdad te arruine un gran titular".

Cuando Anthony Starr, el actor que interpreta a Patriota en la serie, fue detenido este mismo año en Alicante por una pelea en un pub del centro de la ciudad, las comparaciones entre su personaje y la realidad fueron inevitables. Pero lo cierto, es que Starr abandonó los juzgados, ocultando su rostro bajo una capucha. La serie ha llegado a un punto en que la actitud de Patriota hubiera sido la de salir del Palacio de Justicia a pecho descubierto y orgulloso de lo que había hecho. Sus fanáticos seguidores seguirían apoyándole e insultando y menospreciando a todos aquellos que les intenten sacar del relato que ellos mismos se han construido. Patriota está descubriendo que cuando dice lo que realmente piensa sus apoyos en las redes se mantienen e incluso han llegado a subir. Está descubriendo su invulnerabilidad a la cultura de la cancelación. En las escenas finales de esta tercera temporada hemos visto manifestaciones de apoyo a Patriota en la que sus seguidores van vestidos con atuendos muy similares a los que tenían aquellos que asaltaron el Capitolio en el ocaso de la era de Trump. Algunos hasta iban cubiertos con una piel de bisonte.

A la espera de ver cómo responderá la audiencia al estreno en septiembre de El Señor de los Anillos, The Boys se ha convertido en uno de los grandes pelotazos de Amazon Prime. El éxito de la serie ya ha provocado que en la plataforma se estén preparando varios spin offs, series de animación y otros títulos derivados para subirse al tirón de la serie. Llama la atención que las dos series de superhéroes que mayor interés están despertando este verano vienen precisamente de editoriales independientes y no tienen nada que ver ni con Marvel ni con DC.

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A The Boys le ha tocado competir contra la tercera temporada de Umbrella Academy. Un choque en el que la serie de la gran N roja ha salido más o menos bien parada, pero no se puede decir que haya sido la ganadora. Los estudiantes de sir Reginald Hardgreeves han salvado un año más al mundo del apocalipsis, pero después de habernos enfrentado a tantos armaggedones casi preferimos quedarnos con la acidez y la crítica social de The Boys. El estreno de Marvel de este verano ha sido Ms Marvel, una serie que a mi no me ha entusiasmado, pero que llama la atención que antes de su estreno ya había críticas en determinadas plataformas de gente que, sin ni siquiera haberla visto, trataba de que tuviera una nota media muy baja, como los seguidores de Patriota y su postverdad. Una reacción que parece ser un modus operandi cada vez que se estrena una serie de superhéroes protagonizada por una mujer y que ,además se convierte, en el peor de los pecados si encima su personaje es de raza negra o, como en este caso, de religión musulmana. Ms Marvel no me ha gustado, pero tampoco ciertas reacciones que la serie ha suscitado. Por cierto que en The Boys, los únicos personajes que al final ponen un poco de cordura y son las verdaderos heroínas de la historia son los personajes femeninos, Luz Estelar y Reina Maeve. De DC poco podemos añadir ahora que su multiverso está en plena convulsión y plagado de incertidumbres como consecuencia de los cambios de propiedad de la Warner.

No hay nada como ser políticamente incorrecto para ser transgresor. Seguimos teniendo mucho humor bestia en The Boys, cabezas que explotan y chistes escatológicos. Incluso en esta tercera temporada se han atrevido con el Herosgam, la que pretendía ser la orgía definitiva de superhéroes. Luego no ha sido para tanto, solo una campaña de marketing. Mucho más interesante ha sido toda la crítica social. Ese metáfora de la América polarizada y en permanente crispación, que quizá nos recuerda a otros ejemplos más cercanos. También los guionistas de The Boys lanzan cargas de profundidad contra esa manera de funcionar a base de likes o dislikes en las redes sociales y todo se ha convertido en un gigantesco parque temático, donde no hay historia o acontecimiento que se resista a ser reducida a un musical de Broadway o a una serie de televisión.