Crítica de concierto
Un Carreras pletórico emociona en su regreso a Peralada
El tenor barcelonés tuvo como acompañante sorpresa a Mariona Escoda, ganadora del ‘talent’ de TV-3 'Eufòria'

Carreras / Miquel González

Con el concierto ‘La nit de Josep Carreras’ el Festival Castell de Peralada rindió un merecido homenaje al tenor barcelonés, que en diciembre celebró su 75º cumpleaños, una figura estrechamente vinculada artística y personalmente al certamen ampurdanés. Fue toda una fiesta para los incondicionales del cantante y para los melómanos, que disfrutaron de la perfecta fusión de la música ‘culta’ con la popular tanto por el repertorio como por la artista invitada sorpresa: a petición del propio Carreras no se trató de ninguna estrella de la lírica, sino de la cantante Mariona Escoda, ganadora del programa de TV-3 'Eufòria', quien, junto al tenor, interpretó 'Un núvol blanc' de Lluís Llach cosechando una lluvia de aplausos.
El emotivo homenaje tuvo como colofón la entrega al cantante, al comienzo de la segunda parte y de manos de Isabel Suqué -presidenta de la fundación organizadora del certamen- la Medalla de Honor del Festival. En Peralada Carreras fue un inolvidable Samson junto a Marjana Lipovsek y Bryn Terfel, pero también interpretó ‘Medea’ de Cherubini junto a su amiga y mentora, la fundamental Montserrat Caballé, y al lado de la inolvidable Elena Obraztsova. Además de ofrecer varios conciertos y recitales, Carreras también escogió este escenario para regresar a la actividad profesional en 1988 después de ganarle la batalla a la leucemia.
En este concierto-homenaje, en el cual el artista contó con la complicidad de la Simfònica del Gran Teatre del Liceu y de su fiel maestro acompañante, su sobrino David Giménez -que dirigió todo sin partituras-, el tenor limitó sus intervenciones a un repertorio acorde a su actual estado vocal, canciones de tesitura central sin mayores exigencias y, claro, todo amplificado. Aun así regaló mucho más que destellos de lo que fue su mágico fraseo y su expresividad sin igual, ese canto con el alma que siempre le caracterizó teñido de un esmalte que le sigue convirtiendo en inconfundible.
Carreras llenó el auditorio Parc del Castell porque sigue enamorando. Pocos cantantes líricos han conseguido construir una carrera como la suya, que ha ido mucho más allá de las fronteras de la ópera en más de cinco décadas de arduo trabajo. Hijo del barrio de Sants, en plenitud de facultades fascinó al mundo por su timbre límpido, bellísimo, dando cuerpo a un fraseo de ensueño que le permitía moverse por un repertorio tan amplio como sus inquietudes artísticas. Ópera, cine, discos, grandes teatros internacionales, conciertos con los que llenó estadios... Por eso este concierto estuvo tan cargado de emociones. De eso se trataba, y el Festival de Peralada lo consiguió en plenitud.
Le acompañó con arias y en un par de dúos la soprano croata Martina Zadro -a quien la megafonía no le hizo ningún favor- y la Simfònica del Liceu y el maestro Giménez le cuidaron y le trataron con mimo en canciones italianas, catalanas y de musicales, mostrando poderío sobre todo en el generoso capítulo de propinas en las que Carreras, Zadro y Mariona Escoda se mostraron pletóricos.
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