Opinión

Rosalía y 'Motomami': ¿un concierto sin músicos es un concierto?

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Críticas al ’Motomami World Tour’ de Rosalía por su puesta en escena sin músicos. / ÓSCAR LAFOX / ACN / VÍDEO: ATLAS

Sergio Caballero, codirector de Sónar y responsable de sus alucinantes campañas de imagen, relataba hace un par de meses a este diario los problemas con que el festival se topó en los albores de los años 90 para conseguir patrocinadores: “Buscabas marcas y no entendían nada. La electrónica era el demonio. La gente, incluidos periodistas, esperaba de un artista que sudara en el escenario, no que pulsara botones en una máquina”. La rancia suspicacia no solo ponía en duda que una sesión de ‘disc-jockey’ fuera música, sino también un concierto de hip-hop, con sus bases rítmicas pregrabadas, o un supermontaje audiovisual de, pongamos, The Chemical Brothers o Daft Punk: ahí no había guitarras ni baterías ni teclados al uso, sino un par de tipos en la penumbra manipulando platos, botoneras y 'laptops'. Eso, se decía, no era una concierto: era un karaoke con máquinas.

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El paso del tiempo, por fortuna, acabó barriendo esa concepción vetusta de la música en directo en la que parecía obligada la presencia sobre el escenario de instrumentistas de carne y hueso, a poder ser en el tradicional formato de guitarra, bajo y batería. El debate ya podía causar cierta risa en los 90, pero hoy, en 2022 y en pleno tsunami reaccionario, regresa con toda su fuerza, como lo demuestran las críticas que, desde las redes sociales, se han dirigido estos días ya no tanto a la figura de Rosalía, sino a que en los conciertos de la gira ‘Motomami’ “no hay músicos sobre el escenario” (solo bailarines), vulnerando así un supuesto canon sobre lo que debe ser un ‘live’ al uso. La imparable eclosión de lo neorrancio ha llegado también hasta aquí y, sin ir más lejos, la delegada de Cultura del Ayuntamiento de Madrid, Andrea Levy, se sumó a la demonización del “no-concierto” con un tuit en el que calificaba el show de Rosalía de “bastante bluuff” [sic] y “todo apostado a la imagen videoclip, sin conectar con el público”.

Siempre dos pasos por delante del resto del mundo, avistando ya cómo será la segunda mitad de la década, Rosalía es una artista de imaginación y audacia infinitas y, por tanto, la puesta en escena de sus espectáculos no puede estar anclada a los referentes estéticos tradicionales de los macroconciertos de pop o r&b. Dado que 'Motomami' es un disco de marcado carácter experimental y futurista, la gira debe serlo también: la omnipresente cámara 'steadycam' que graba sobre el escenario imágenes que luego se proyectan a través de dos pantallas de vídeo verticales evocadoras del lenguaje audiovisual de TikTok o los 'stories'; la utilización sistemática del 'playback' y las pistas pregrabadas propia de los actuales sonidos urbanos; o el minimalismo consciente del 'stage', en contraposición al viejo sentido capitalista del espectáculo 'brilli-brilli' (grúas, plataformas, fuegos de artificio, cambios de escenario) de divas como Beyoncé, Jennifer Lopez o Dua Lipa. ¿Qué sentido tendría trasladar ‘Motomami’ y su condición de disco extraño, complejo y visionario a la concepción del directo de siempre? Poner eso en duda es poner en duda a Rosalía. Y eso no es ‘motomami’. Soliviantar a puristas y arcaicos, sí.