Opinión | Periféricos y consumibles

Javier García Rodríguez

Javier García Rodríguez

Escritor y profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Oviedo

Baños y lecturas de verano

Cristalera de entrada a una lavandería de barrio

Cristalera de entrada a una lavandería de barrio / JGR

He visto las grandes lavadoras industriales, las descomunales secadoras, repletas de peluches expulsando virus envenenados por el detergente industrial, bacterias que se ahogan en el agua tóxica, ácaros achicharrados por la temperatura del aire. Ositos que giran descontrolados, pingüinos que golpean contra el inmenso ojo de buey, chimpancés en un break dance destartalado, dromedarios con los pulmones encharcados en agua turbia, jirafas que aparecen y desaparecen de la pantalla. Y en la sala común -hay máquinas de chuches y de café, hay fotomatones con cortina, yo lo he visto-, niñas y niños que esperan con sus camisetitas de la Marvel o de Peppa Pig y sus sandalias cangrejeras, que miran las imágenes sin pestañear en su laundry-tablet de doscientas pulgadas, que, terminadas las abluciones despeluchadas, abrazan aliviados a sus semejantes, sus hermanos, y comparten con ellos la nueva realidad químicamente impoluta e inmaculada.

La lavandería del barrio es un parque acuático para los peluches infectados con las tristuras otoñales, las miasmas invernales y los alérgenos primaverales. Y el verano es el prelavado, el lavado y el centrifugado de las lecturas que hacemos con programa pero sin programación. Lecturas porque sí y a la aventura. Lecturas de algodón, de tejidos mixtos, lecturas sintéticas, lecturas para ropa de cama, lecturas antialérgicas, lecturas infantiles con vapor, lecturas delicadas, lecturas oscuras, lecturas con colores fuertes, lecturas con manchas difíciles, lecturas rápidas, lecturas silenciosas, lecturas intensivas, lecturas con ahorro de tiempo, lecturas de aclarado antiarrugas. Lecturas de ciclo corto que no necesitan nada más que darles un agua porque apenas traen huellas de sudor. Ciclo corto para que no encojan, para que no destiñan, para que no se dañen, las pobres. Lecturas de alta temperatura con finalización diferida, en horario nocturno, en franjas de precio reducido. Lecturas con manchas que siempre dejan huella.

Las lecturas de verano son los peluches que se debaten entre dos enaguas. Hacemos la colada y no nos importa que nos la cuelen. No nos molesta conocer el paño. No sufrimos por que se estropee el género. Ponemos a remojo las dulces prendas por nuestro mar halladas. Y añadimos después el detergente, el insurgente, el divergente. Quedarán nuestras lecturas de verano, una vez lavadas -no necesitas frotar-, en las cuerdas de nuestros simbólicos tendales o tendederos estivales: en tumbonas piscineras, en sillas coloristas, en chiringuitos playeros, en cines de verano si los hubiera, en habitaciones de resorts isleños, en bungalós, en campings, en miradores. Y seguiremos todos -peluches, libros, nosotros- girando y girando, apenas a la espera del centrifugado final.

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