Entrevista

Dave Eggers: "Es injusto que sea obligatorio tener un 'smartphone' para participar en sociedad"

  • El escritor estadounidense, fundador de ‘McSweeney’s’ y autor de ‘Zeitoun’ y ‘El Círculo’, publica en España ‘El Todo’, una distopía perturbadora y lúcida hija de nuestro presente: en ella, la humanidad vive bajo la égida de un monopolio que domina internet y el comercio electrónico mundial y prácticamente decide qué es la vida y cómo se ha de vivir.

Dave Eggers.

Dave Eggers. / Brecht van Maele

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Mauricio Bernal
Mauricio Bernal

Periodista

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-Leyendo ‘El Todo’ no pensaba: ¿por qué Dave Eggers está escribiendo sobre este tema?, sino: ¿por qué no todos los novelistas escriben sobre esto? Creo que se centra en la enfermedad de nuestro tiempo. Como ya hizo en ‘El Círculo’, por cierto. Así que mi primera pregunta es: ¿por qué es importante escribir sobre esto?

-Bueno, es algo en lo que pienso todo el día. Es una obsesión mía esta transformación de la raza humana. Creo que es probablemente uno de los dos momentos más radicales de transformación humana: primero fue la revolución industrial y ahora es esta revolución tecnológica, que en 20 años nos ha transformado en una especie distinta.

-Y quería escribir sobre eso.

-Quería reflexionar sobre eso, examinarlo, satirizarlo, y asustar al lector invitándolo a examinarse a sí mismo. Creo que hemos aceptado la cultura de la vigilancia a un nivel tal que resulta muy perturbador, y creo que nuestra decisión de entregar cada vez más y más nuestras vidas a los algoritmos es muy inquietante. Nos veo convirtiéndonos en una especie cada vez más pasiva y complaciente que no confía en sí misma para tomar decisiones sobre su vida. Estamos en medio de una transición, pasando de una especie que valora el libre albedrío y el control sobre el propio destino hacia una que necesita a una máquina que le diga cómo vivir.

-Creo que lo que más asusta cuando uno lee ‘El Todo’ es la familiaridad con lo que ya está sucediendo. Es una novela distópica, pero el futuro que describe es cercano. ¿Cree que si continuamos por este camino vamos a acabar como en el libro, tontos de remate?

-Creo que estamos en un punto en que el camino se bifurca ante nosotros. Si continuamos dando poder a monopolios como Amazon, Facebook o Google, si seguimos entregándoles nuestro libre albedrío, nuestro dinero y nuestros datos, estas y otras compañías abusarán de ese poder. Sin embargo, creo que aún tenemos tiempo para pensar en lo que hace especial a la humanidad y devolverle su valor. Lo interesante es que el consumidor tiene mucho poder.

Nos veo convirtiéndonos en una especie cada vez más pasiva y complaciente que no confía en sí misma para tomar decisiones sobre su vida

-¿Qué quiere decir?

-Quiero decir que si los consumidores le dieran la espalda a Facebook, a Amazon y a otros monopolios que le hacen daño a la sociedad, si la gente cancelara sus cuentas y utilizara otros medios de comunicación, estas compañías quebrarían en dos años. Facebook podría ser eliminada en cualquier momento si la gente tomara esa decisión. Todo el poder que tienen estas compañías es poder que les damos, y de la misma forma que se lo damos podemos quitárselo. Pero tenemos que tomar la decisión mientras tengamos margen para hacerlo.

-¿Cree que se agota ese margen? ¿Que estamos cerca de un punto de no retorno?

-Mire, ahora mismo hay un movimiento muy poderoso, especialmente aquí, en el área de San Francisco, para reemplazar por máquinas todo lo que hay de excecional en el ser humano. Están enseñando a las máquinas a escribir poesía, a pintar, a hacer los deberes escolares. Tienen este discurso de que lo que hace único al ser humano lo puede hacer mejor una máquina. Para mí, eso viene de un lugar muy extraño, un lugar oscuro, que da miedo.

-¿A qué se refiere?

-¿Por qué alguien estaría interesado en enseñarle a una máquina a escribir poesía? El origen de algo así solo puede ser nihilista y oscuro. Están intentando reemplazar todo lo que es salvaje, impredecible y bello del ser humano por el frío y automático mundo de los algoritmos. Cualquiera que intente hacer esto tiene una grave enfermedad, y desgraciadamente hay muchos de estos individuos enfermos que tienen mucho poder.

¿Por qué alguien estaría interesado en enseñarle a una máquina a escribir poesía? El origen de algo así solo puede ser nihilista y oscuro

-Pero, como usted dice: al final es decisión del consumidor.

-Le voy a contar algo. Una de las razones por las que escribí este libro fue porque un amigo una vez me dijo: “No confiaría en mí mismo para organizar mi día”. Y había decidido utilizar una serie de ‘apps’ que le ayudaban a planificar su día, sus citas, sus llamadas, sus ejercicios. ¿Por qué? Porque ya no confiaba en sí mismo para tomar las decisiones correctas. Veo esto todos los días: gente que cree que los algoritmos harán un mejor trabajo que ellos. Con su salud, con su agenda, con sus hijos. Ya no confían en sí mismos. Creo que los humanos siempre han tenido el deseo de ceder algunas responsabilidades, pero estamos en un punto donde cada vez más y más, y en todos los niveles, la gente no confía en sí misma o en otros seres humanos.

-Hay gente que no puede moverse de un lugar a otro sin el GPS.

-Exacto. Porque piensan que los humanos se equivocan la mayor parte del tiempo y que las máquinas aciertan la mayor parte del tiempo: que son más precisas, más eficientes, ¡más justas, incluso! Los algoritmos se están convirtiendo en el nuevo código moral, en la nueva religión, lo que nos dice cuál es la mejor manera de vivir la vida. Vamos en esa dirección, en la dirección de reemplazar cualquier opinión subjetiva con números. Y da mucho miedo.

-No deja de ser una forma de perder la humanidad. Como muchas cosas que leí en su libro me reí y me asusté a partes iguales con TrueVoice, esa aplicación qué te indica qué decir.

-Claro, porque la pobre gente que trabaja en El Todo ya no sabe qué decir: siempre están preocupados por pronunciar la palabra equivocada o la frase equivocada. Algo que, por cierto, ya está ocurriendo. La combinación de vigilancia permanente con el miedo ancestral del ser humano a ser juzgado por lo que dice desemboca en la creación de TrueVoice, que te dice lo que hay que decir en cada momento, o bien te señala si lo que has dicho es correcto o no. En este mundo en el que la gente está tan sumamente preocupada por hacerlo todo bien, comer la comida correcta, comprar el coche correcto, decir a cada momento lo que es correcto, etcétera, tenemos esta pseudo ciencia que a través de los datos te dice todo lo que tienes que hacer. El resultado es que cada vez vamos a estar más desprovistos de la capacidad de decidir.

Los algoritmos se están convirtiendo en el nuevo código moral, en la nueva religión, lo que nos dice cuál es la mejor manera de vivir la vida

- En el libro también se inventa una aplicación que le dice a la gente lo que es bello y lo que no lo es. ¿Cree que llegará el día en que la belleza de las cosas la decida un algoritmo?

-Estoy seguro, y creo que ocurrirá pronto. Lo pensé como una broma, pero unas semanas después de que el libro fuera publicado un amigo me contó que ese era el tema en una cena a la que acudió aquí, en San Francisco: gente que hablaba de crear una ‘app’ exactamente como esa. Lo que da miedo es que traté de ubicar estos libros en un futuro a cinco o diez años, pero con mucha frecuencia me encuentro con que las cosas que describo allí se materializan pocos meses después de su publicación. Creo que todas las malas ideas que se le ocurran a esta gente serán llevadas a la práctica, y la cuestión es si vamos a adoptarlas o a luchar contra ellas.

-En mi opinión, el personaje más divertido y aterrador del libro es Kiki. Aterrador, sobre todo, en la forma en que muestra cuán esclava puede llegar a ser una persona cuando se entrega al dominio de la tecnología. ¿La terrorífica ansiedad de Kiki es un espejo de qué, exactamente?

-Creo que la inseguridad de Kiki empieza con su hijo, que estudia en el colegio de El Todo. Mire, cuando yo era niño, mis padres venían al colegio un par de veces al año, algún evento, el día de la graduación y ya. Mis padres me sacaban, no sé: ¿20 fotos al año? Creo que hay tres fotos mías por año de cuando era niño. Bueno, pues ahora lo que se espera de los padres es que sepan lo que sus hijos hacen a cada minuto, y el profesor cree que tiene que mandarte 10 o 20 fotos al día, y un resumen de todo lo que ocurrió ese día, y cuando los niños llegan a casa tienes que sacar cien fotos de ellos y compartirlas con todo el mundo que conoces. Hay mil nuevas responsabilidades que hacen de la paternidad una locura. Es una mezcla de las expectativas que nos ponemos a nosotros mismos y que las redes sociales refuerzan.

-Pobre Kiki. Vive desquiciada.

-Porque a pesar de saber lo que hace su hijo a cada minuto, siente que no hace lo suficiente. Y si alguien no es lo bastante fuerte para resistirlo, el sistema simplemente lo escupe. Kiki representa a la persona abrumada por todas las expectativas depositadas en ella.

Hay mil nuevas responsabilidades que hacen de la paternidad una locura

-A mí me recuerda a esos adolescentes que no pueden vivir sin su teléfono.

-Sí, Kiki también representa eso. Conozco a muchos adolescentes que han terminado en lo que aquí llamamos ‘tech rehab’, rehabilitación tecnológica, tan abrumados por la tecnología que tienen que enviarlos a las montañas o a algún lugar remoto a descomprimir, a huir de las pantallas y los móviles. Creo que los adolescentes de nuestro tiempo están bajo más presión que ninguna otra generación de adolescentes de la historia. Tienen que vivir con todo eso, cientos de mensajes al día, toda la información que llega a sus teléfonos desde todas partes de mundo, toda la miseria del mundo, todo acontecimiento terrorífico. Y nunca, nunca descansan.

-Es demasiado para ellos.

-Es demasiado para una mente en desarrollo. Creo que no pensamos lo suficiente cuando les damos un teléfono o los dejamos en manos de monopolios como el de Facebook. Y luego nos preguntamos por qué están quemados. Simplemente es demasiado. Un móvil es un aparato muy poderoso para un adolescente de 14 años. Hay una escena en la que Kiki está con un pie en la escalera y no sabe qué hacer, cómo llegar a donde tiene que llegar porque nadie se lo dice, porque la máquina no se lo dice. Debemos asegurarnos de que esta nueva generación no sea tan dependiente de estos aparatos al punto de que no puedan funcionar sin ellos.

-En su libro, los ‘troglos’ son la resistencia. Pero es una resistencia pasiva, y a lo único que aspiran es a vivir al margen de todo eso. ¿Cómo sería un ‘troglo’ hoy en día?

-Hoy en día se puede ser ‘troglo’ porque aún tenemos la posibilidad de elegir, aunque es difícil. Yo mismo carezco de ‘smartphone’, y muchas veces es muy, muy difícil funcionar sin un ‘smartphone’. Para participar en la sociedad democrática que nos rodea muchas veces es obligatorio tener un teléfono, y creo que eso está mal. Me parece perturbador que se de por sentado que tienes 1.000 dólares en el bolsillo para comprar un aparato producido por una empresa privada, que enriquece a una empresa privada, para poder participar de la vida. Es antidemocrático, no es justo. Los 'troglos' se aferran a su independencia, a la libertad para elegir una vida analógica y no exponer su vida a través de los canales de estos monopolios.

Los 'troglos' se aferran a su independencia, a la libertad para elegir una vida analógica y no exponer su vida a través de los canales de estos monopolios

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-En cierto modo, hablamos de que los gobiernos dan más poder a esas empresas.

-Claro, porque cuando te obligan a tener un ‘smartphone’ para vivir le están dando poder a esos monopolios. Es muy extraño, no había pasado nunca antes en la historia de la humanidad que para acceder a la democracia, a la educación, a la salud, tengas que dar dinero a una empresa privada. Yo cada vez encuentro más difícil vivir con mi teléfono de primera generación, pero lucho por vivir la vida como la quiero vivir, y no a través de los canales de estos monopolios. No existe nada como un Pueblo Troglo, pero sí existimos muchos que nos resistimos a ceder nuestro libre albedrío a un puñado de compañías.