Festival de cine

Claire Denis vuelve a Cannes con una de sus obras más convencionales

  • La directora francesa presenta 'Stars at noon', mezcla de historia de amor y tejemanejes políticos en Latinoamérica que no consigue generar tensión

Fotograma de ’Stars at noon’, de Claire Denis

Fotograma de ’Stars at noon’, de Claire Denis / EPC

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La francesa Claire Denis compitió por primera vez por la Palma de Oro con su ópera prima, ‘Chocolat’ (1988), y la trayectoria que ha seguido desde entonces la confirma como una de las figuras más fascinantes del cine actual. Por eso, es muy chocante que el certamen haya tardado 34 años en volver a invitarla a su competición oficial, pero aún lo es más que lo haya hecho con motivo de ‘Stars at noon’, una de sus obras más convencionales y menos logradas.

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Basada en ‘Las estrellas al mediodía’, novela publicada por Denis Johnson en 1986, la película combina elementos narrativos tanto de las historias de amantes a la fuga al estilo de ‘La huída’ (1972) como, por otro lado, de las intrigas políticas protagonizadas por extranjeros atrapados en un país latinoamericano al borde del colapso, como ‘Bajo el fuego’ (1983). Y, dado que Denis es una cineasta especialmente hábil dotando sus historias tanto de sensualidad como de un halo de misterio, resulta especialmente lamentable que aquí ninguno de esos ingredientes se detecte en dosis suficientes. Ni su forma de contemplar a la pareja protagonista ni los sudores que la humedad relativa les provoca logran dotar su romance de torridez alguna, y sus tejemanejes con autoridades corruptas y agentes de la CIA ni están explicados lo suficiente ni son capaces de generar tensión alguna.

Interminable culebrón iraní

La otra película candidata a la Palma de Oro presentada este miércoles, 'Leila’s brothers’, es el equivalente cinematográfico de un culebrón, tanto por su premisa -una abultada familia que atraviesa penurias económicas es sometida a una sucesión de perrerías- y la duración exagerada de su metraje, 165 minutos, como porque su método es similarmente tosco y manipulador. Dirigida por el iraní Saeed Roustayi, pone toda su carga dramática sobre una prole cuyos miembros se comunican casi siempre entre gritos y otras formas de histerismo, y que solo parecen capaces de tomar decisiones estúpidas -dotar cualquier ficción de intensidad dramática es más fácil si todos sus personajes son idiotas-; por eso, y pese a que su intención es demostrar que la sociedad iraní no levantará cabeza hasta que rompa con sus tradiciones más infames y deje de oprimir a la mujer, su mensaje acaba siendo mucho más cuestionable: que los pobres tienen lo que se merecen.