CRÍTICA DE LIBROS

'El monstre de Santa Helena' de Albert Sánchez Piñol: de monstruos y hombres

El escritor catalán suma a su trayectoria una ucronía sobre Napoleón que está a la altura de su inaugural 'La pell freda'

Albert Sánchez Piñol.

Albert Sánchez Piñol. / Ricard Cugat

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Valèria Gaillard

Después de publicar el ensayo ‘Les estructures elementals de la narrativa’ (2020), Albert Sánchez Piñol vuelve a la ficción con una novela que sin duda ocupará un lugar destacado de su bibliografía al lado de la inaugural ‘La piel fría’. Fascinado por Napoleón Bonaparte, de quien ha leído sus memorias, entre otros documentos, Sánchez Piñol ha construido una historia que pivota alrededor de esta figura que no ha dejado de generar polémica ni siquiera en la conmemoración, el año pasado, del bicentenario de su muerte: ¿Fue Napoleón un héroe o un déspota?

‘El monstre de Santa Helena’ (La Campana / Alfaguara

'El monstre de Santa Helena' / 'El monstruo de Santa Elena'

Autor Albert Sánchez Piñol

Traducción:  Ivette Antoni Fernández

 304 páginas. 19,90 euros

) es de entrada un título ambiguo: ¿Quién es el monstruo? ¿El emperador francés condenado al exilio, vigilado celosamente por los británicos o el Bigcripi, una especie de rape colosal que pone patas arriba la vida legañosa de la isla? La seductora Marquesa de Custine ignora por completo su existencia cuando se dispone a viajar a la isla arrastrando a su amante, François René de Chateaubriand, con el objetivo de ganarse su amor absoluto en un duelo simbólico con su, potencialmente, mayor rival: Napoleón.

La narración adopta la forma del diario íntimo que redacta la Marquesa que a la vez es introducido por un “Aquí comienza el Diario de la marquesa Delphine de Custine...” que cobra sentido al final. Sánchez Piñol construye así una especie de ucronía mezclada con la ciencia ficción, tomando personajes reales y trastocando la historia de los principales: Napoleón, la Marquesa de Custine, Chateaubriand, Hudson Lowe, el gobernador británico, y Basil Jackson, su asistente. La focalización interna aporta credibilidad a una historia que, al principio, parece de lo más inverosímil pero que, a medida que la voz de Custine va tomando fuerza (haciendo abstracción del tono histriónico), va encajando como trazada por el destino, tal como exige Aristóteles en su ‘Poética’. La marquesa pinta con mano ágil el universo cerrado que hallan en la isla (un manicomio) y el personaje central que lo imanta (el loco mayor). El objetivo de la marquesa rápidamente se ve superado con la llegada del Bigcripi, que pone en jaque la jerarquía de la isla.

Como excelente narrador, Sánchez Piñol despliega a buen ritmo un sinfín de peripecias con personajes estrafalarios marca de la casa, como la gallina Trofy, o la vieja bruja Umblé, que dan un aire caricaturesco y humorístico a la obra, en la línea de ‘Pandora al Congo’. Con una profusión de ingeniosas metáforas, la novela también incluye agudísimos diálogos entre la Marquesa y Chateaubriand, que recuerdan los duelos dialéctico-amorosos de ‘Las amistades peligrosas’. El amor y la guerra. El autor aborda aquí dos grandes temas literarios, una manera también de poner la lupa sobre la monstruosa e irrisoria condición humana siguiendo la estela del ensayo ‘Pallassos i monstres’ (2000).

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A fin de cuentas, ‘El monstre de Santa Helena’ es una alegoría que presenta una reflexión sobre el motor que impulsa a los hombres —la ambición, el poder, el miedo y la vanidad—, una reflexión que, si bien se ambienta en la novela a principios del siglo XIX, no ha perdido ni un ápice de actualidad.