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Joaquín Sabina, en la ceremonia de los premios Goya del 2022

Joaquín Sabina, en la ceremonia de los premios Goya del 2022 / EFE / Kai Fosterling

Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es tanto fan que piensa en el Gran Rex y llama "mina" a la muchacha que le amasa el pan. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es esa esposa que cree que el cantante, con la espina de una simple canción, transforma en rosa una vida con hijos e hipoteca, un marido mostrenco y con corbata, un discurrir los días de la ceca del mercado del barrio hasta la meca de un empapado sueño con la nata inundando pezones, y ella peca. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es el colega sabinero de pro que, en tu cocina, consabida tabarra te restriega entonando estribillos de quinina para curar los males y las fiebres de tanta 'pretty woman' que en la esquina siempre te servirá gatos por liebres. Nos persigue esta secta alucinógena, la de los que se saben de memoria toítas las canciones de su flaco, héroes de futbolín, tomar por saco, tíos vivos de burdel, burros de noria que se cuidan las manos con Neutrógena.

Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina son los pichis Portillo y Arganzuela: hada madrina buscan en los madriles, y hasta hay michis paneros o churreros cosa fina toreando de salón como Antoñete, como José Tomás, como si en Linares reapareciera Manolete para encender las luces de su traje. Canallitas de chotis y estatuario, chulaponas con tanga y tatuaje, macarras suburbiales de diario comprando en Cortefiel bragas de encaje, Torrente opositando 'pa’ notario. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es la leyenda de London, de la harina, de la venda puesta antes de la herida. Golosina de república roja y de menina, chistes de bodeguilla y de letizia que deleita al cantante y que le envicia en el arte de Onán que no termina con una copla de Mingo Revulgo sino con un posado en la portada de Interviú presumiendo de bombines y de vulgar minga. Lunfardo pulgo se empeñó en llamarte la manada de los que te tocaban los cojines.

Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina son los fuegos de campamento fatuo, y los juegos de salón con guitarra y pegatina. Lo malo de Sabina es la rutina del prado donde pasta algunas veces el talento. Los ripios se hacen heces, señal de poetín de cartulina que igual duerme en tienda de campaña que coloniza la tarima espesa de un infecto garito en Malasaña. El que copia su estilo, el que apresa metáforas gastadas y se extraña del fétido olor que hay en la mesa. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es que nos dieron las diez, las once, las doce, la Ina, tan fino como aquel que nos sirvieron en la última boda, donde hicieron que la orquesta tocara, Lexatina, la adaptación nupcial, y nos pusieron a marchar cual soldado en Salamina y desnudos al amanecer nos encontró a la luna de Valencia, tan panchos, tan varonas, tan de diegos, el maître, el encargao, mecagüenros bien jodidos quizás o viceversa, borrachos no, mas sí muy pedos.

Guiños a la ceja

Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina siempre han sido las chicas del visón, las elegantes cachorras del pepé, pelos de setas, cachondas cuarentonas, marionetas de Gucci y de Cartier, reinas picantes, solteras de alquiler, frisos parlantes del Partenón de El Viso, bicicletas estáticas en ático, con tetas rellenas de alcanfor: unas bacantes con mechas cospedal,  frente muy alta, biedmas esperanzas, tiovivo, muy deshechas de tienta y burladero. Pasión con mercromina, cruz de Malta, manola en procesión tras el cautivo la niña de papá, Jesús Quintero.

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Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina siempre han sido los guiños a la ceja y a la pana, la trupe cultureta, el rojerío militonto y tenaz como la cana del brujo de la tribu malherío a causa de contrato hiperblindado en empresa del IBEX 35. Los roqueros viejísimos de vado permanente y voy trinco que trinco una mordida aquí, allí un sueldito, más allá un maletín, allá una caja atestada de fajos de billetes. Y la revolución pendiente –mito de lo que queda por  hacer-, de naja, sin importar los dimes y diretes. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina es el hatajo –también sin hache puede hacerse el verso– de poetas-legión con vaselina tirándole al cantante del badajo. Poetas-cantautor de tos ferina, 'hackers' del corazón, salitre al catre del micrófono en vena y la estricnina en cápsulas compradas en Montma(r)tre. Intimissimi vates, nerudianos de juegos reunidos, vallejianos de gong y stratocaster. Trampantojos de web y del disaster, rabín de nata, gores, viscerales horteras, sí, y abono de hortelanos.

Allende Lavapiés

Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina son los bustos parlantes, las intensas, la colina, pueblo mío que estás buscando gustos. Las chochonas de chapa y de pintura que ven en la canción una ITV, los perritos pilotos, la cultura de preguntar a qué sabe una nube. Los ausentes palmeros melancólicos, los del registro del Hammond serrano  los de la triste, triste, triste vida. Sálveme dios de los vates hiperbólicos, del embutido rancio, del verano en que volví a tu bar y ya eras Aída. Lo malo de Sabina no es Sabina. Lo malo de Sabina son los años que se han echado encima de este modo tan cabrón, tan simpar, tan por cansarme, para ponerme gris, para robarme el mes de abril. Y así, codo con codo de la mano del tiempo y de la parca conducirme siguiendo al fiel Caronte allende Lavapiés, allende el monte de Venus. Ay, quién maneja mi barca. Los años, sí, las veces que he entonado las coplas y los bastos, las espadas también y hasta los oros. Purpurina para tapar arrugas, que ha dejado mi perfil para orla o para foto de empleado del mes en un McDonald’s®. Lo malo no es Sabina, ya se sabe.  Lo malo es querer encomendarse  al bálsamo falaz de la memoria, que decía el maestro Ángel González, echarle salfumán a las heridas, hacerle una vez más a contratiempo la señal de la cruz al sonsonete. La otra noche Sabina, compañeros. La otra noche al concierto, como siempre. ¿Para salvar el mundo?, ¿para pasar el rato? Por si no lo sabían, yo por Sabina, ¡mato!